“La bebida que todos tomamos anoche. Ella fue la causante de que yo, no anclara bien mi isla. Por eso el viento y las olas que generó en el agua, nos arrastró tan lejos.»
Por: Dr. Adán Figueroa.
Ilustración: Mely.
Había sido un día agitado y Jonathan, a pesar de su energía debida a su juventud, se sentía cansado. La fiesta fue un éxito para el Presidente de la isla y los parientes que durmieron en esta estaban exhaustos.
Fue una noche realmente inolvidable para el grupo, tanto que cuando empezó la tormenta ya no tenían fuerzas y se fueron a dormir. El viento sopló fuerte, fue más viento que lluvia y en esta época era algo raro, pero con eso del cambio climático pasan muchas cosas, como el desbordamiento del río que recién había ocurrido en Lima.
Eran las seis de la mañana y los gritos resonaban en la playa: ¡Despierten, levántense holgazanes! Decía una voz femenina con uniforme azul. Denme sus papeles increpaba en forma insistente. Jonathan se tocó los bolsillos del pantalón y no encontró nada, al momento se hizo presente el presidente de la isla que no presentaba muy buena apariencia y comenzó a platicar en lengua extraña con la amiga policía.
– ¿Qué pasa amiga? Le dijo el presidente, ¿Hay algún problema?
¡Pues claro! Evidentemente ustedes no tienen visa ni pasaporte. Están en suelo Boliviano y no pueden continuar su viaje. Quedarán detenidos.
– ¿En suelo Boliviano? Expresó el presidente asombrado. Pero, no puede ser, esto es un error.
Jonathan no entendía lo que estaba sucediendo y observaba la conversación de la mujer policía con el representante de la isla. No entendía ni una palabra de lo que hablaban.
Por fin la mujer policía accedió a dejarlos en libertad al escuchar la justificación del Presidente. Este procedió a contratar una pequeña embarcación para que remolcara su isla hasta las aguas peruanas a donde pertenecía. Mientras tanto Jonathan permanecía pensativo y sin entender lo sucedido.
Recordaba los momentos desde cuando faltaba un día para hacer el viaje, y lo inquieto y contento que se sentía, pues era la primera vez que salía del país y viajar al Perú, le emocionaba mucho, por todas las historias que le había contado su abuelo Francisco; en especial lo de conocer el lago más alto del mundo: el Titicaca, sí el propio Titicaca, ese que está entre Perú y Bolivia en donde precisamente se encontraba en esos momentos.
Jonathan era un joven intrépido, de muchos retos y este era uno más al que se estaba enfrentando. Después del largo viaje, ya en territorio peruano, llegaron a la bahía de Puno, en cuyo puerto había mucho movimiento de visitantes, puros turistas.
La primera impresión no fue muy agradable, pues el tan esperado Titicaca se veía contaminado, sucio con mucha vegetación en su superficie. Ahí abordaron con un grupo de personas una pequeña embarcación que los conduciría a las famosas islas flotantes de los Uros. Después de una hora de viaje entre canales bordeados por una planta acuática llamada Totora, por fin arribaron a una de las tantas islas.
El guía preparó previamente a sus pasajeros para que tuvieran un mejor entendimiento con los nativos, quienes los recibieron con un kamisaraki y los miembros del grupo iban contestando uno a uno al abordar la isla: waliki. Era aimara la lengua que hablaban y les daban un hola de bienvenida y la respuesta era un, gracias.
Muchos recuerdos habían desfilado por la mente del joven Jonathan, hasta el paseo por la isla capital de los Uros, el largo año que se tardaban los nativos para construir su isla con la totora y sus raíces y los veinte años que duraba en buen estado.
Por fin regresaron a su lugar de origen en aguas peruanas del Titicaca y la isla de Wiñay Uta, atracó. El Presidente se le acercó y le preguntó: joven Jonathan, ¿sabes por qué amanecimos en las playas de nuestros hermanos bolivianos?
– Ni idea señor.
Fue por el Pisco, hijo le dice
– La bebida que todos tomamos anoche. Ella fue la causante de que yo, no anclara bien mi isla. Por eso el viento y las olas que generó en el agua, nos arrastró tan lejos. Afortunadamente todo salió bien.
Nadie de los otros visitantes se manifestó en reclamo con el Presidente, pues ellos también durmieron profundamente. Horas más tarde se acercaba el pequeño bote que los trasladaría a una nueva aventura.
