A pesar de la dolorosa experiencia del suicidio de su esposo, una joven mujer, se recupera día a día, con el apoyo de una organización dedica a la atención de personas con problemas generados por las circunstancias de la vida.
Por: Asociación Cuenta Conmigo.*
Mi nombre es Janet, y creo que mi historia puede ayudar a aquellas personas que experimenten una situación a la que no encuentren salida.
Nací el día seis de abril de 1983, en Matagalpa, en la región norte del bello país de Nicaragua.
Fui la hija mayor y crecí con todos los cuidados de mi familia, hasta que el divorcio se presentó en mi hogar y mis padres se separaron.
A partir de ese momento mi infancia tuvo períodos de tristeza, soledad, timidez y silencio. Mi adolescencia fue difícil, empecé a ser víctima de acoso escolar, lo que hoy en día se llama bullying.
Mis amigas me dejaron de hablar y pronto se unieron al grupo de chicas inmaduras que me hacía bromas crueles y se reían de mí a mis espaldas.
Las cosas llegaron a tal un punto que surgió el chisme -inventado- que me habían visto en una situación obscena con un chico en los baños de la escuela. Aunque eso fue algo que nunca hice, esa historia marcó mi juventud.
La directora de la escuela, sin investigar a fondo el asunto, sin la más mínima discreción, reunió a todos los estudiantes para expulsarme del centro de estudio en público, mientras daba los falsos detalles del chisme.
Primero me sentí avergonzada, humillada, dolida; luego sentí que algo despertó dentro de mí, algo estalló en mi mente y me llené de una rabia tan grande que corrí del lugar de la reunión, entré al aula y empecé a despedazar los asientos. Incluso rompí una puerta y golpeé a algunas personas, antes de irme a la calle.
Luego del abandono de la escuela, me volví rebelde en mi hogar. Mi familia se sorprendía de ver mis arranques de furia y mi abierto desafío a las reglas.
Huía de casa para ir con otras amigas a pasear fuera de la ciudad; empecé a beber, a fumar, incluso a probar algunos narcóticos. Me desenfrené totalmente. Además empecé a tener un interés cada vez más profundo en el ocultismo. Leía libros de magia negra, oía música con mensajes subliminales e incluso practiqué algunos rituales.
Mis cambios radicales de humor fueron tales, y mi conducta se volvió tan extraña, que mi madre me internó en una clínica privada de la ciudad y quedé bajo el cuidado de uno de los mejores psiquiatras del país.
Durante los siguientes días fui retenida y sedada con medicamentos, hasta que recuperé cierto control de mis emociones. Salí de la clínica dispuesta a vivir una vida nueva.
En esa época conocí a José Ángel, mi futuro esposo. Me sentí atraída hacia él porque compartíamos una historia de sufrimiento semejante y porque creí que él era la única persona capaz de comprenderme. Nos casamos a pesar de la oposición de las familias y pronto quedé embarazada de mi primera hija, pero los problemas comenzaron a darse porque no sabía que Ángel, mi esposo, era bipolar con síntomas psicóticos.
Él era capaz de pasar horas sin hacer nada, perdió el deseo de trabajar y se volvió difícil de tratar. Para cuando nació nuestro segundo hijo, Ángel había cambiado totalmente.
Sin atención especializada, ni medicamentos, sus síntomas llegaron al punto que en una ocasión trató de cortarse las venas frente a mí y nuestros hijos.
En ese momento decidí buscar ayuda. En Asociación “Cuenta Conmigo” conocí a dos personas que me brindaron la mano cuando más lo necesitaba.
Roberto Soza y Rosalba Guardián profesionales en salud mental de la Asociación Cuenta Conmigo, hicieron todo lo posible para ayudarme a internar a Ángel en el Hospital Psiquiátrico y luego me siguieron apoyando psicológicamente para poder seguir adelante.
Meses después de su salida del Hospital Psiquiátrico, mi esposo Ángel se suicidó. Se tomó un poderoso químico en las afueras de la casa, luego de que yo le pidiera la separación. Aunque llegó la ambulancia y lo internaron varios días, murió el 30 de diciembre de 2013.
Su muerte fue una dolorosa experiencia para mí y para nuestros hijos. Unido a eso estaban las personas de la familia de mi esposo que me responsabilizaban por su muerte, además del terrible sentimiento de culpa, que yo misma tenía.
Mi estado de ánimo se volvió a desequilibrar, me encontraba retraída y actuaba con agresividad con mi familia e hijos, además lloraba mucho y soñaba con Ángel.
El apoyo de Cuenta Conmigo fue invaluable y la ayuda de mi psiquiatra, quién nuevamente me atendió, hizo que poco a poco recuperara mi autocontrol. Hoy en día sigo luchando contra la depresión pero tengo una perspectiva positiva de la vida. Estoy estudiando de nuevo y he empezado una carrera universitaria.
Con ayuda psicológica mis hijos y yo tratamos de superar las secuelas del pasado y seguimos adelante.
* Historia de Janet, un testimonio tras el tratamiento en la organización asentada en Matagalpa, Nicaragua. Boletín informativo No. 1 REDES.
