Vieron el horizonte sobre los arbustos y una nube de hojas oscuras cubría toda la parte frontal del valle y se movilizaba como un remolino.
Por: Dr. Adán Figueroa
Ilustración: Gloria Figueroa
Fernan, Henry y Roxanita habían terminado una aventura en el tren de Guarnecia y ahora una vez más el tren aparecía para recoger a sus pasajeros que ya estaban dispuestos a escoger un nuevo destino.
El rótulo con las señales de lugares a visitar no se hizo esperar. Uno le llamó la atención a Fernan: “El Valle de los Huevos Dorados”. ¿Qué será? se preguntó en un segundo e indicó al maquinista su nuevo destino.
¿Qué creen ustedes que haya en el valle de los huevos dorados? ¡Quién sabe! Dijeron en coro. Pero la inquietud pronto pasaría. Pocos minutos tardó el tren en su vaivén, cuando su velocidad disminuyó paulatinamente, hasta detenerse frente a una entrada gigante.
Dos cadenas montañosas dejaron un espacio libre entre ellas. Penetraron sigilosamente sin mencionar palabra. Algo presentían y al parecer no era nada bueno.
Al poco caminar quedaron deslumbrados por el inmenso valle. Lucía quieto, inmóvil. Era un mar de pequeños arbustos verdes. Caminaron entre ellos y a medida que se internaban en el valle, los arbustos comenzaban a florecer.
Llegaron al sector de flores. Todos los arbustos tenían múltiples flores violáceas que en combinación con el verde daban a los ojos infantiles de los visitantes, una sensación de belleza pocas veces apreciada. Continuaron caminando y vieron que de las pequeñas florecitas violáceas brotaba un fruto blanquecino, pálido y a medida que seguían caminando se iban haciendo más grandes hasta tomar la forma de huevos.
Era enorme la cantidad de huevos blancos que pendía de los arbustos. Así también era enorme la cantidad de terreno cultivado, pues el camino recto que seguían en su recorrido se veía a lo lejos, terminar en un punto diminuto. Entre más penetraban en el valle, los huevecillos se iban tornando amarillentos y así con cada cambio de color se notaba y delimitaba claramente, un sector.
Hasta que por fin llegaron donde estaban los huevos dorados. Pero no encontraron nada en especial. Fernan exclamó: yo había oído hablar de la gallina de los huevos dorados o huevos de oro, pero de plantas jamás. Henry y Roxanita no hicieron comentario alguno.
Siguieron caminando un tanto desilusionados, hasta que por fin llegaron al sector donde los huevos eran café marrón, sin vida. De vez en cuando, una ráfaga de viento alborotaba el cabello de Roxanita. Los tres hermanos se detuvieron abruptamente.
Vieron el horizonte sobre los arbustos y una nube de hojas oscuras cubría toda la parte frontal del valle y se movilizaba como un remolino.
¿Qué dicen, nos regresamos o cruzamos a través del remolino? Vieron hacia adelante y atrás. Ya habían recorrido la mayoría del valle y Henry dijo: ¡Sigamos! Ya falta poco. Continuaron caminando con los ojos entre abiertos por la inmensa cantidad de polvo que flotaba a su alrededor.
Al avanzar en el remolino, múltiples hojas se adherían a los cuerpos de los visitantes y, segundos después, flotaban en el aire. Algunas de ellas permanecían pegadas por más tiempo hasta que con esfuerzo los pequeños exploradores se las quitaban.
Las hojas en lugar de caer, se dirigían en grupos al centro del remolino. Allí todo estaba quieto, tranquilo. De un viejo arbusto, el más alto de todos, colgaba un inmenso huevo marrón que era cubierto por estas hojas. Medía como un metro de alto.
Los tres hermanos se quedaron perplejos al observar el gigantesco huevo.
En ese instante, se abrió. Lentamente iba brotando el pequeño arbusto, de la misma forma que nace cualquier animal. Los niños se alejaron instintivamente, pues del tronco del nuevo árbol iban brotando una a una las retorcidas ramas con movimientos serpentiformes.
De pronto sus ramas se estiraron rápidamente y en un movimiento envolvente atraparon a Roxanita que se había distraído por estar observando otros huevecillos. La arrastraron hasta el tronco del árbol e inmediatamente su corteza se abrió y envolvió el cuerpo de la pequeña.
Ahí quedó Roxanita, atrapada en el tronco del árbol. La imagen de un rostro rudo y tosco se dejaba ver en la superficie de la corteza del árbol. Fernan y Henry, lograron escaparse al movimiento envolvente del árbol.
Sus corazoncitos latían angustiados por el desaparecimiento de su hermana y no encontraban la forma de rescatarla. Miraban para todos lados y no encontraban algo que les fuera útil.
De pronto, Henry observó en un cacto gigante que se erguía imponente a unos cinco metros de distancia, una flor de pétalos amarillos, brillantes que expelía un aroma suave, dulce. Se le acercó y entonces pudo observar que de la flor salía un líquido lechoso un tanto pegajoso.
Cuando Henry estaba frente a la flor, ésta cayó espontáneamente. De su base emergió una gruesa espina, pero lo puntiagudo de ella, quedaba incrustado en el cacto. Era grande, filosa, mortal.
Henry la tomó con cierto temor. Sus manos temblaban sin parar. No sabía por qué estaba haciendo eso, pero continuó. De un tirón, extrajo la espina gigante que escurría el mismo líquido lechoso. La sacó completamente y, ya con ella en sus manos, instintivamente corrió hacia el árbol que había atrapado a su hermana.
Este se retorcía y sus ramas se movían para todos lados en actitud defensiva. Henry no podía acercarse, por más que lo intentaba, las ramas del árbol le pasaban rozando la cabeza.
Su agilidad le permitía esquivar las maniobras envolventes del recién nacido árbol. Fernan, al ver que Henry no se podía acercar mucho para atacarlo, se acercó por otro lado del árbol con forma de animal. Era imposible determinar a qué se parecía, pero definitivamente, no era una planta como todas los demás. Así, éste se distrajo brevemente. Fue cuando Henry aprovecho y con toda su fuerza incrustó la espina que llevaba en sus manos en la base del tronco del árbol. Asegurándose de no lastimar a su hermana.
El árbol se retorció más y emitía sonidos de sufrimiento. Sus ramas se movían locamente y trataban de botar la espina que estaba bien firme.
El líquido lechoso la había fijado fuertemente. Siguió retorciéndose el árbol y minutos después su corteza se abrió lentamente y liberó el cuerpo adormecido de Roxanita.
Fernan la tomó en sus brazos con la ayuda de Henry y se alejaron lo más rápido que pudieron. La planta animaloide seguía retorciéndose, agónica, hasta quedar completamente inmóvil, sin vida. Roxanita ya estaba a salvo y cuando llegaron cerca del cacto salvador, vieron que otra flor había brotado en el mismo sitio de la flor amarilla que dejó salir el arma para liberar a Roxanita.
La dejaron y siguieron su marcha. Ojalá no sea necesaria para otros niños, pensó Henry.
Ella, poco a poco, iba recuperando sus fuerzas y preguntó asustada: ¿Qué me pasó Fernan? ¿Qué me pasó? ¡Ay hermana! Después lo platicamos. Ahorita vámonos de aquí.
Caminaron por un sendero y al poco rato se encontraron con unos árboles antiguos, en cuyos troncos sobresalían dibujados una especie de rostros humanos, toscos, deformados por el tiempo. Al verlos exclamó Fernan, ¿Serán imágenes de niños que atrapó el árbol y no pudieron escapar?
– Por eso es bueno andar acompañados, dijo Henry.
– Esa pude haber sido yo entonces, atrapada para siempre en el árbol. ¡Hay Dios mío, gracias por ayudarnos!
– Un suspiro de alivio dejó escapar en aquel paraje tan hermoso, pero demasiado peligroso. Siguieron caminando y al poco rato divisaron al gusano metálico que los estaba esperando. Abordaron el tren y el maquinista se les quedó mirando, mientras en sus labios una pequeña sonrisa de alegría y satisfacción se dejaba ver por tenerlos nuevamente.
Fernan le dijo:
– Después de esta aventura, quisiéramos descansar un poco. ¿Hay algún lugar ideal para eso? El maquinista no contesto.
Aceleró su inseparable tren hasta obtener una velocidad moderada, con la que permaneció un buen rato, flotando en una suavidad relajadora, silenciosa.
Fernan y sus hermanos poco a poco fueron cerrando sus ojos hasta caer en sueño profundo. Se durmieron brevemente, pero para ellos fue un descanso altamente reconfortante, hasta que el silbato los despertó una vez más, ya llegando de nuevo a la Estación de Guarnecia.
Continuará…
