La solución habitacional en la zona rural no se limita a la construcción, trasciende a la educación para dar manteni-miento y generar una trans-formación in-cluso en la gente.
Foto: Periódico Equilibrium.
En el país, dentro de la poca atención de la vivienda social que está enfocada sobre todo en el área urbana, pocos son los esfuerzos por cubrir esa necesidad en las zonas rurales.
Esa razón motivó desde hace algunos años a la Fundación salvadoreña de vivienda mínima (Fundasal) a promover modelos que toma en cuenta a la población e impulsa el uso de los recursos rurales, además de conservar el paisaje de cada zona.
Fundasal con los pocos recursos disponibles ha sacado el mayor provecho de recursos locales para transformar el hábitat rural; no se desarrollan proyectos, sino procesos educativos en las áreas social y técnica lo que motiva a las personas a interesarse en la iniciativa, comprometiendo su participación. Esta transformación alcanza incluso a las personas según testimonios de la comunidad intervenida.

La vivienda rural como la de San Pablo Tacachico, dice Delmy Núñez, Jefe del Departamento de Construcción de Fundasal, es bastante deteriorada y precaria, pues estructura de allí donde habitan seres humanos, no se pueden llamar viviendas sino ranchos hechos de varas y tierra.
Entonces, el reto que se plantea Fundasal es enseñarle a la gente cómo usando la tierra se puede construir de forma segura, agradable, con estética y ambientalmente sostenible, explica la profesional.
Hay casas que se pueden rehabilitar como un reconocimiento al hecho que la familia ha ido edificando su patrimonio, lo cual es una inversión importante, siempre que estructuralmente esté apta para ser habitada, con ambiente interno adecuado, iluminado naturalmente.
En estos casos, se les enseñan técnicas para que las familias las mejoren, pero no se puede hacer eso con las casas de varitas.
La gente ha aceptado construir con tierra, pero de manera diferente, no con el sistema tradicional sino con el “sistema de adobe reforzado”, mismo que ha sido investigado y reglamentado, gracias a la cooperación de Japón que trabaja en conjunto con la UCA y la UES, además del Viceministerio de Vivienda (VMV).
Es un proceso que se acompaña con la educación que indique que no solo se trata de una buena infraestructura, sino libre de vectores que implique enfermedades, el repello es importante y el mantenimiento también, pues eso asegura el bienestar familiar.
Se construye sobre base de piedra para evitar que la pared de adobe quede directa sobre el terreno y se deteriore.
En el terreno
Carmen Rivera, Arquitecta de Fundasal, guió a un grupo e periodistas que constataron la forma de organizar a la comunidad y de impulsar el trabajo de mejoramiento de las viviendas o de la reconstrucción de las mismas con el recurso adobe.

La casa de don Catalino Salazar es una que se intervendrá a nivel de protección de las paredes con un recubrimiento adecuado para evitar la ocultación de chinches que, a su vez, evite el mal de chagas; se verán si tiene fallas estructurales para corregir y se harán huecos para ventanas, más una capa final de cal y arena para protegerla de la lluvia.
Al repararlas se espera que la vivienda funcione mejor estructuralmente y lograr un repello que aleje las enfermedades y la suciedad, además de dar un seguimiento al avance y mantenimiento por medio de un equipo de trabajo social.
Esta casa tiene grietas en las esquinas y hay que reforzarla; tiene pared deteriorada por el humo y el calor del fuego de la cocina, lo que incide en el deterioro de la salud.
Doña Ana Gloria López es la esposa de don Catalino y se congratula de la mejoría que le espera a la familia al intervenir la casa. “Hemos matado varias chinches, pero a la vez no sabemos si nos han picado a las tres personas que vivimos acá, no nos hemos hecho exámenes y no sabemos sin estamos afectados”, dice, al referirse al beneficio que la mejora de su vivienda traerá a su salud familiar.
Otra casa más, propiedad de Ana Arelí Salar, hija de don Catalino no se puede reestructurar por su endeble construcción; su base solo es vara y un recubrimiento inadecuado, por tanto esta tendrá que ser reconstruida en otro lugar, para hacerla lo más estable posible,.
La construcción durará un meses debido a que el proceso interno educativo lo demanda; durante un mes se producirán adobes, preparará el terreno y se harán las fundaciones, el refuerzo vertical, para luego armar la vivienda partir del próximo mes.
Ella ve bien la intervención porque sabe que no está segura con las paredes improvisadas donde vive con su esposo y dos hijos, está dispuesta a trabajar duro para colaborar con su propio bienestar.
Un equipo amplio
Jaime Mejía, promotor social de Fundasal es un acto clave en este esfuerzo por llevar a cabo el proceso de mejoramiento del hábitat rural en San Pablo Tacachico; junto a él una decena de estudiantes del último año de la carrera de Trabajo Social de la Universidad de El Salvador, trabajan de sol a sol recogiendo datos de la comunidad para iniciar la noble labor de reparación o reconstrucción.

Este proyecto pretende trabajar con las familias con precariedad en la vivienda, especialmente las que son de adobe y tienen piso de tierra. También se atiene a familias que habitan en deformes estructuras a las que sus inquilinas las llaman casa pero que en realidad parecen refugios improvisados de plásticos, desechos y lámina. “Acá hemos encontrado de todo, bambú, plástico, a veces nos parece espelúznate pero esa es la realidad de muchas viviendas”, ilustra el promotor social.
Este equipo también participará en el proceso educativo para informarle a la gente que el mal de chagas le acecha y que la responsable es la chinche y no el zancudo, como algunas creen.
“En el término educativo ya hemos desarrollado varios proyectos como en Santa Ana, acá es algo nuevo que vamos a desarrollar; vamos a trabajar en la organización de la comunidad con la directiva. Vamos a trabajar con la comunidad estudiantil enfocados en el mal de chagas”, complementa.
En el sector intervenido habitan unas 230 familias y se espera que al menos el 80 por ciento de la población se una a las actividades como festivales y los procesos educativos.




