Un caballo en el tejado

caballo tejadoCuando miró el reloj eran las once de la noche. Acostó al niño en la cuna sobre las hojas y las semillas y recogió la tombía de la ropa sucia, sin discreción abrió la llave del grifo, cerró con estrépito la puerta y encendió las lámparas de toda la casa y hacia el escándalo de toda una tropa.

Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.

Ilustración: Edgar Pacheco.

Era la época de reconstrucción, después del terremoto del 10 de octubre de 1986 que tiró de una sacudida el edificio “Rubén Darío”, en el centro de San Salvador.

Cuando ya habían hecho las misas de “cabo de año” de los difuntos por el sismo, que tuvieron un sepelio fuera de lo común, pues iban entre los escombros en camiones de volteo para tirarlos desde el galpón del puerto de Acajutla, un cura les echó agua bendita.

– “Vayan con El Señor”, dijo muy serio y estornudó por el incienso.

Nos preguntamos qué hubiera dicho el poeta Félix Sarmiento acerca de su nombre de poeta despedazado en el pavimento.

Pero don Moncho Novales recordó una anécdota de cuando en 1906 en el cementerio de la ciudad de Matagalpa (en Nicaragua), iba el poeta con otro borrachito y tropezaron con una calavera cuya calota sobresalía parcialmente de la tierra blanca y caliente, con una pequeña flor alegre con sus pétalos hacia el sol, arraigándose de su raíz muy sedienta.

– “Mira Rubén -dijo el acompañante- a ver ¿qué opinas?”.

Rubén Darío bebió un sorbo de licor clandestino y dijo:-”Oh flor que mal naciste, que al primer paso que diste, te encontraste con la muerte.

Arrancarte es triste suerte… Y dejarte con la vida, es dejarte con la muerte.”

Un niño de nombre Wilfredo Contreras Pío, llegó al galpón viejo, a cantar un aria triste y los familiares, curiosos, vendedoras de pescado salado y los mismos borrachitos de siempre vieron el ramo de rosas que tiró el alcalde, Don Ciro Augusto y Salcedo, después de un discurso escueto y leído.

Las flores se fueron alejando despacio sobre las aguas turbias del Océano Pacífico, hasta que fueron una misma cosa con la espuma del mar.

Una mujer típica de cada pueblo comenzó a cantar una vieja canción de Massiel :”Rosas en el mar, la,la,la,la… La, la,la,la, laaaa…”.

Después se fue con su casa a cuestas. Un saco con latas aplastadas y pajillas para refrescos y todas las cosas que pudo recoger en la basura, y su andar despacio con su vestido de abuela, pero de aparente menor edad. Era feliz cantando. Y lo hizo tan bien, que todos aplaudimos.

Fue en esos días de Octubre que los vientos alegres eran puntuales, con olor a cosas buenas, con olor a jocote y chocolate y ver los árboles reverdecidos con sus flores de San Andrés que llevaban en ese mundo joven todas las hojas de los árboles de marañón junto con las semillas, y por los espacios más reducidos se introducían a la casa recién reconstruida, que Anatola Antonieva las barría hasta cuatro veces al día, y al guardar las escobas ya se habían acumulado hasta en los sillones y en la cuna de su hijo.

La casa tenía otra arquitectura y la alegría de la renovación iba con pie derecho. El mismo pie en que Anatola Antonieva se estaba recortando las uñas y quitándose la tierra entre los dedos, haciendo tiempo a la digestión de la cena y dilatando los minutos para ir a lavar la ropa acumulada de un mes.

Cuando miró el reloj eran las once de la noche. Acostó al niño en la cuna sobre las hojas y las semillas y recogió la tombía de la ropa sucia, sin discreción abrió la llave del grifo, cerró con estrépito la puerta y encendió las lámparas de toda la casa y hacia el escándalo de toda una tropa.

El corredor en donde se tendía la ropa estaba al fondo de la casa, más allá del enorme lavadero; y al otro lado del muro en donde aún dicen que está una barranca, emergían las ramas de árboles de mangos mechudos y otros de guarumo, como espiando a Anatola.

Ella muy supersticiosa miraba con recelo y las insultaba de buen calibre como le aconsejó la señora gorda y negrita, vendedora de pan de canasta, quien siempre andaba un puro en la boca para repeler los espantos.

Después de una hora se le agotó el diccionario de la panadera y escuchó ruidos en el tejado. Agarro una enorme cubeta de plástico verde, y se asomó para ver mejor las sombras a luz de luna.

Entonces tiró la puerta de fierro y corrió gritando. Fue el colmo de la tolerancia. Nos levantamos, incluso llegaron los vecinos con garrotes y trancas para puertas, preguntando adónde estaban los ladrones. Ella nos dijo que había visto a un caballo que trotaba sobre el techo.

Nos asomamos bien armados y vimos a un inocente gato barcino con un ratón en la trompita. Sin embargo para que ella no siguiera haciendo ruidos a esas horas, le dijimos que si había un percherón de patas peludas marchando en el tejado.

– “Hijo de puta!”, le gritó ella al caballo. Y agarró la cubeta verde, sacando valor del miedo y lo llenó de agua jabonosa aún con los calcetines del niño y la tiró al gato iluminado por la luna, pero el agua nunca hubiera alcanzado al techo ni al gato y se fue a través de una ventana abierta para vencer el calor y cayó sobre la señora Gerónima Pavlova (madre de Anatola) que dormía y no se levantó con el relajo.

Cuando entramos, encontramos a la madre de Anatola, en la sala; estaba de pie, muy mojada, y con una sábana empapada.

– “¿Quién tira agua a las dos de la madrugada? -dijo muy molesta- y sos vos hija de puta, anatola antonieva”. Y le dio un tortazo en la cara.

Tuvimos que secarla cambiarle las ropas y los zapatos, darle vuelta al colchón y sacar el agua con las hojas y semillas a la calle con ayuda de los vecinos.

Anatola se curaba temporalmente de hacer sus travesuras por la superstición de canastera de pan y del puro, que tan arraigada la traía. Pero a los quince días volvía a quedarse a esperar las noches consteladas para insultar a los fantasmas y duendes del tejado y con la esperanza de no encontrarse con el caballo trotador.

Pero al menos dormíamos bien unos días, con la conciencia culpable de crear potreros en el tejado.

Y hasta la noche de hoy, cuando veo un gato con su ratoncito me recuerdan los días del caballo nocturno de Anatola Antonieva.

Y lo cuento para expiar uno de mis pecados veniales y recordando algunos poemas de Rubén Darío Sarmiento, que ahora y por siempre tiene su nombre una calle de vendimias y borrachos en San Salvador, incluso de un antiguo cine-teatro pornográfico con su nombre, pero como sucede con las creencias, ahora es un templo en donde cantan salmos y alabanzas al ritmo de un guitarrón sin armonía.

Pero ha quedado parte de su poema escrito en una pared: “La Princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?”.

A veces me digo: ¿estará viendo al caballo?, ¡Je!

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