The Rock and Roll music and orégano.

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No se le veía salida a ese conflicto de 12 o más años. Buses quemados, negocios cerrados. Casas en abandono. Cerros bombar-deados muchas veces.

 

 

Por: Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.

Ilustración: Samya Benítez.

GANDUL NOS DIJO: ”en el cine Apolo proyectarán la película WHOLE LOTTA LOVE de Led Zeppelin. Desde luego, lleven monte…”

Fuimos, por qué no, no pasábamos de los 23 años de edad; esa música icónica era un himno a la paz, olvidar las penas de los jóvenes y sentido de libertad entre esos músicos que salieron como extraterrestres, con el imán de sus canciones.

El cine Apolo era un edificio para ese fin, ubicado en las afueras de San Salvador, muy sucio, con olor a colillas de cigarrillos y ratas, aire viciado por años, pero no importaba. Se llenó, como era de esperar; en esa esquina habían ventas de panes con mortadela, refrescos de horchata y cebada artesanal en un carrito de madera con dos botellones de vidrio, una señora muy gorda con moño agarrado con una cinta verde y delantal picaba hielo.

Un vendedor de minutas fue a orinar y después siguió vendiendo las minutas apelmazándolas con ambas manos, sin lavarse previamente, pero la cola de muchachos ahí se esperó durante la orinada bárbara.

También un niño descalzo estaba vendiendo y cambiando paquines de Tarzan, Bugs Bunny y de El Pato Donald. En fin una vendimia incluyendo panes con pollo con verdolaga y gaseosas, pero también hubo algunos que llegaban a intercambiar bolsitas con un monte parecido al orégano a costo de tres pesos por bolsa, eran los que más vendieron esa tarde. No sabía para qué, aunque después ese producto era la neblina dentro del cine al comenzar la función.

Gandul compró dos bolsas y se perdió de vista. Cuando apagaron las luces, en el preludio de la película, hubo una gritería y chifladera de alegría contagiosa, hasta yo grité sin saber porque lo hacía.

Apareció Jimy Pech con la guitarra eléctrica de dos mástiles, muy cerca de Robert Plant con su cabello rubio largo y ondulado, estaba sin camisa, con unos pantalones pegados.

Comenzó el sonido de la guitarra estridente de Pech, entre la humazón con olor a ruda quemada. A la media hora fumadores pasivos y activos de ese orégano, veíamos hasta las escalas de la guitarra.

No supe, hasta ahora, que ese humo con olor tan agradable nos hacía oír, ver la música y el ritmo de los tambores tan contagiosos. Todos levantamos los brazos, la gritería y las risas por oír nos llevó dentro del telón.

Viajamos en los carros clásicos de los músicos, paseamos en los jardines de las afueras de Londres. Estuvimos en las mansiones principescas de ellos. Disfrutamos los paseos en lanchas y nos sumergimos en esa magia.

Nos olvidamos del hambre y de la guerra civil. Ahí no habían penas solo olor a monte quemado y música.

Cuando arrancaron con “Rock and roll”, fue el limite de el éxtasis, todo colindaba entre la razón y la sinrazón de Cervantes. Éramos felices con el orégano en puros envueltos en papelillos.

No tuve necesidad de comprar o llevar, ahí todos muy contentos y con apetito, nos daba risa hasta de las minutas con orines.

El olor a marihuana nos llenó de paz, tranquilidad y euforia.

Pudimos escuchar las cuerdas frotadas con la pez. La batería era el ritmo casi ordenado entre los platos sonoros. La voz de Plant se elevaba con los altos de la guitarra en reto permanente. El bajo iba al compás de los tambores.

Nos concentramos en la película para disfrutar como nunca, ahí comprobamos que la combinación del incienso en ese evento hacía de la música un sexto sentido el sentido de estar vivos en época de guerra.

Fue época de paz y amor, aunque nosotros estábamos en plena guerra civil. La Universidad Nacional era el arca que dirigía la nave según los enunciados de AGEUS con parlantes con música de protesta, Los Guaraguao, Inti-Illimani y Víctor Jara entre otros.

Contradicción del mundo joven. La guerra y La Paz, pero más la guerra, y ser joven era ser Comunista. Ser estudiante Universitario un pecado.

Nuestra bandera si la tuvimos era la de La Paz, mientras ondeaban banderas rojas y rojas con negro en las calles metropolitanas.

Las protestas eran encabezadas por adolescentes, mujeres y campesinos en enormes manifestaciones con meta a la Catedral metropolitana, aunque muchos no alcanzaban a llegar, se extraviaban en su trayecto.

Sin embargo, la vida de las ventas callejeras trataba de ser normal a su manera; de salir corriendo con los canastos durante las escaramuzas, después de unos minutos volvía a ser como si nada hubiera pasado.

Después de aquella experiencia de orégano quemado, de alegría y paz, teníamos la música de la metralla, con los aullidos nocturnos de los perros en la lejanía, delatando la tropa de cualquier bando; un nudo era la tortilla con frijoles en nuestras faringes. La sensación de no tener otro día por el encierro de toque de queda y los helicópteros oscuros de la noche emancipando sus turnos de vuelo en Viet Nam. Que fue la guerra que inspiró a estos músicos estridentes, muy lejos de los tiros.

Los de tropa usaban impermeables verdes y fusiles según su regimiento; un hombre detrás de los postes de alumbrado, le cantaba el pájaro de la noche y los arrullaba la lluvia. Los otros de negro con fusiles según podían se subían a los techos del Rastro municipal. Sobre los enlaminados del mercado, entre las cocinas ahumadas. Y ahí se había refugiado don Campana con su vieja y un perro flaco, él era un anciano que vendía dulces en un carretón de madera y rodos de baleros.

Era el producto de la injusticia: le quitaron su casita con el terreno, no le dieron su pensión y vivía de la caridad de algún conocido, pues su cuerpo ya no daba para más entre las dolamas, la incipiente sordera, visión cansada y la desnutrición por la pobreza.

Pero en determinado momento tuvo que salir al amanecer porque iba huyendo de los bombazos, salió sucio de tile y carbones en la ropa. Encontró un fusil Ak47 y una mochila negra a un lado de un basurero. Recogió el fusil para utilizarlo de bastón y la mochila para ver si eran alimentos lo que contenía.

Eran granadas hechizas de fósforo, cuatro latas de sardinas y cinco tortillas de maíz.

Cuando lo divisaron desde una avioneta artillada le dispararon creyendo era guerrillero. El con su inocencia les hizo señales que era civil, pero lo hizo con el fusil que se disparo en ráfaga y lo derribó.

Los muchachos que vieron lo que hizo, lo llevaron al volcán a un campamento y lo nombraron jefe estratega, considerando que don Campana conocía todos los vericuetos de Mejicanos, Cuscatancingo y San Roque.

Así fue como se cambió a vestir verde olivo incluyendo a su mujer. Al perro le colocaron un chaleco antibalas; y les dieron de comer.

En 1989 don Campana dirigió la ofensiva impenetrable en toda la zona, fue colocado en la posición estratégica desde donde a sus 87años desbarató un batallón con un fusil, volcó cuatro tanquetas con la ayuda de un comando de siete muchachos de quince años.

Escuchábamos el ulular de las ambulancias cerca y después en la distancia.

Algunos disparos de fusil A-k47, después ruidos de sigilo y el chasqueo de fusiles. Descargas de la metralla.

Los helicópteros se unían al concierto. Los sapos en su charcas hacían ruidos para aparearse, un quejido detrás de los muros de la iglesia o entre los enormes basureros, las campanas sonaban por las esquirlas.

Hombres de negro corriendo en los techos ubicando su posición de tiro. Luego estallaban petardos mortíferos durante tres o cuatro horas, insultos y lamentos en los montes. Recordábamos a Plant con su canción : “All of my love”, tan lejos de Inglaterra.

Al amanecer salíamos a nuestras labores, encontrando carros ametrallados, vainas de tiros y cartuchos de morteros disparados, ningún herido o muerto. Como si una pesadilla hubiera cruzado la noche en todas las casas, en todas las mentes, quizá la marihuana hizo eso, decía un adicto. Quizá era el licor de la cantina decían los borrachitos.

En el rastro seguían las carretillas tiradas por los mozos llevando los cerdos sonrientes y pelados al mercado. La gritería de las vendedoras de tomates, pan de dulce, camotes en miel, yuca con fritadas… Ese era el mar de la mañana con el calor y la pestilencia de las ventas de pescado seco y de los resumideros de aguas lluvias.

No se le veía salida a ese conflicto de 12 o más años. Buses quemados, negocios cerrados. Casas en abandono. Cerros bombardeados muchas veces. La Universidad saqueada y en abandono. Aviones casi silentes con luces de bengala surcaron el cielo de las lechuzas tirando metralla de color rojo fuego a todo lo que se moviera, fueran zarigüeyas, perros o los malditos humanos.

Los cuatro corceles eran precedidos por el de la muerte, la peste y la hambruna. Quizá fueron cinco o seis corceles pues dejamos a un lado los bíblicos y agregamos los reales.

El olor era a humo de cañón y de carnaza. Pero ni buitres hubo esos días.

Treinta años más tarde, Gandul andaba basureando y fumando mientras cantaba Pain in Black of Rolling Stones. El cine Apolo se convirtió en Templo de salvación. Y afuera aún estaba el vendedor de minutas orinando en un rincón, la vendedora de refrescos en vez de moño tenía una mantelina blanca, el niño que vendía paquines era un hombre muy gordo que vendía periódicos y dulces. Los vendedores de bolsitas con orégano ahí estaban sin haber envejecido por las propiedades de la marihuana.

Los conciertos de Led Zeppelin, los escuchamos en YOUTUBE, con Gandul y otros afines a la música clasica recordando los años felices de la guerra, pues fueron los años del mundo joven. Siempre se dieron las fumarolas del orégano para que el recuerdo fuera más intenso como la letra de WHOLE LOTTA LOVE.

Paradoja de lo que vivimos sin ir a enflorar a tantos hermanos que lucharon en cualquier bando y que también estuvieron riéndose en la proyección de las películas de Amor y Paz, con Robert Plant y sus estridentes canciones.

Pero la historia no calla. Aunque en apariencia nunca pasó nada, solo el tiempo de la desgracia.

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