Se cura corazón con música de marimba

marimba-cura-corazonesLos libros aún los tenía para sentarse o para alcanzar las revistas de la repisa en donde guarda la marimba que, sanando las penas, cura corazones, incluso de leones mosquitosos y desnutridos.

 

 

 

Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.

Ilustración: Samya Benítez.

EN LA CLÍNICA DE HEMODINAMIA CARDÍACA, el Dr. Josef Erwin Astrudd Vinsfk, tenía selecta clientela y prestigio desorbitante.

Además, apasionado del violín y la guitarra, pero su mayor entusiasmo era la música de marimba con el estrepitoso ritmo de tambores con bombo, platillos y contrabajo dándole un toque folclórico africano de circo pobre y ambulante.

Ubicada su clínica en “Villas De Alemania”, Centro América, en donde había nacido de padres europeos.

El día que regresó al caluroso trópico desde Edimburgo, por estudios de maestría Cardiopulmonar, fue recibido por sus amigotes de la infancia con música de marimba “La Chapinlandia”.

En cuanto llegó al pueblo montado en una yegua blanca y coqueta del cuartel de Caballería, comenzaron tocando el valse “Alejandra”, “Charanga”, “La Negra Tomasa” y la “Vaca Vieja”, cumbias como “Se va tu lagunero negra” y “¿Qué es lo que quiere el Negro?” para arrancar el ánimo.

La orquesta era acompañada de un circo miserable que tenía de principal atracción a un león africano mosquitoso, haragán y desnutrido cuyos rugidos de hambre despertaba a la población a una milla a la redonda; fue de bienvenida una borrachera de quince días.

Importaron cerveza de la Habana, Cuba, más mil botellas de ron, dicen que llevaron encubierto a don Fidel, un amigo suyo, disfrazado de sacerdote sin barba; fue quien bailó con la mujer más hermosa de la cumbiamba, se bebió cinco botellas de ron con Coca Cola y se comió cuarenta arepas con carne deshilada de cerdo, antes de iniciar el bailongo.

Descuartizaron treinta cerdos, los asaron y fueron servidos en hojas de banano con masa de yuca de entrada. Cuarenta vacas de Managua al carbón, con todo y pasto, acompañadas de frijoles negros en salsa inglesa.

Así continuó su rutina de excelente trabajo atendiendo a sus pacientes y todas las noches iba al malecón del puerto de La Libertad a escuchar los conciertos de marimba en vivo, pero comiendo modestamente un Club Sandwich con papas a la francesa y una cerveza tibia y oscura.

Tenía la nostalgia amarga de no haberse quedado en Edimburgo. Miraba con desdén un barco jadeante que se alejaba entre la espuma del mar. – “De seguro va para Alemania, que carajo!”-, decía, mientras se limpiaba el sudor del cuello.

Siempre que impartía las clases en la Facultad de medicina, recordaba la vez en que el Profesor en jefe del Servicio de Cardiología de Edimburgo, Her Doctor Von Frederick Ulm Understag Jungling, invitó a todos los médicos con estudios de especialización al cumpleaños de su hija mayor, un ejemplar de mujer bonita inteligente y hermosa, en una residencia de lujo en las afueras de Frankfurt y cerca de Maguncia.

Fueron recibidos por tres mayordomos, cuatro camareras muy bellas y veinte empleados vestidos con levita que llevaban bandejas con jarras con cerveza y trozos grandes de salchichones con pimienta negra, que hacían estornudar a todos los caballos percherones negros del establo.

Pasaron a la mesa para cincuenta invitados y comieron las exquisitas carnes embutidas de Alemania, pan de centeno y aceituno, queso suizo, vinos de las cavas alemanas, jugosas manzanas y duraznos de temporada.

Además de cortes de carne de cerdo horneados al carbón con jalea de piña, puré de papas y ensalada fresca. Hasta que llegó la hora de hacer el brindis por la joven hermosa, todos estaban medio borrachos de tanta cerveza y vino.

A la hora del postre después de cortar el monumental pastel de chocolate negro con almendras, cada quien llevó su taza con café y porción de pan hacia el lugar que eligiera, llegada la noche.

Considerando las numerosas y amplias habitaciones con diferentes salas de estar: una dedicada a los deportes, otra a las colecciones de pintura Austriaca, la majestuosa sala de estar entre armaduras del siglo XVI con mullidos muebles de paño ocre en donde lloraba buscando a una de sus amantes el fantasma del Emperador William Tercero, llamado “el germano de mazo de acero”, ahí se alojó la mayoría haciendo comentarios de lo bien que puede llegar a vivir un médico de éxito en la especialidad de cardiología intervencionista e investigación, con un fantasma de alcurnia y enamorado como adorno.

Pero el Dr. Astrud Vinsfk siguió caminando con su taza de café aspirando el aroma; llegó a una sala amplia con pinturas al óleo en la curvatura del domo en donde destacaba un águila negra con los ojos rojos y con la mirada hacia occidente; habían escasos muebles pero muchos instrumentos musicales, un enorme piano de cola negro, un violín Stradivarius, dos Guarnierius, uno Amati, otros tres que pertenecieron a Boccherinii y una guitarra marca “José Ramírez” de l917.

Dejó a un lado el café y comenzó a admirar la belleza y el olor de la guitarra, se sentó en un banco, puso el pie sobre el escabel, afinando en LA mayor a puro oído hasta que consideró estaba en 4:40. Empezó a recordar las lecciones de su maestro, exalumno de Nitsuga Mangore (El gran guitarrista clásico paraguayo, nacido en el pueblo de San Juan) cuya tumba se encuentra aún en el Cementerio de Los Ilustres en El Salvador, en cuyos alrededores venden refrescos de horchata, tamarindo, plátanos fritos y las mercancías recién robadas a descarado precio de “cachada”.

Aún entre las casas enormes casi cayendo por viejas y sin mantenimiento, de estampa española que utilizan de dormitorio los ladrones y de bodega para los vendedores de verduras, frijoles y maíz del mercado central.

Calculó la altura del techo, que las ventanas estuvieran medio cerradas, midió con el dedo que la brisa no fuera muy fuerte, confirmó la acústica e hizo escalas ascendentes, descendentes, arpegios y algunos armónicos.

Por el exquisito sonido de la guitarra inició de memoria las obras de las clases en su país con la disciplina Mangoreana. Ejecutando primero “Romanza”, anónima; “Marcha Turca”, de Mozart; “Asturias”, del español Isaac Albeniz; “Farruca”, de Carlos Montoya en género flamenco; “Malagueña”, de Lecuona; “Recuerdos de la Alahambra”, de Tarrega; “Fandango en mi menor”, de Fernando Sor; y concluyó con “Viajerita”, de Atahualpa Yupanqui, argentino, andino y zurdo.

Cuando levantó la mirada aún vibraban las notas en el hueco del silencio, observó a todos los compañeros al frente con la cumpleañera hermosa que inició el enorme y largo aplauso.

Desde ese día lo ubicó muy cerca el profesor de sus prácticas y le rogó muchas veces se quedara en Alemania, que bien tendría una carrera y familia con éxito y mantener esa virtuosidad en la guitarra; hasta le dio a escoger entre las tres hijas de su matrimonio; es más, se las ofreció a todas para tener nietos virtuosos en la música.

No aceptó y regresar a su país del trópico en medio de los puertos sucios, los mercados con toldos de plásticos y velas para barco, con olor a sudor de muchedumbre y entre el apretado trajín de vendedores de mariscos, verduras y carnes oreadas de burro con nubes de moscas, en carretas de mano bajo el calor calcinante de noviembre.

Era la historia que narraba con nostalgia y fumando una pipa, se iba con los brazos cruzados a mirar el horizonte. Una vez dijo: “No hay mas diamantes que las oportunidades buenas y la desgracia de dejarlas por la puta nostalgia de donde dejamos la placenta”.

Siempre incentivaba uso de la música clásica en las salas de espera y en los quirófanos.

En cierta ocasión llego un médico amigo suyo a consultarle de quejas del corazón en arritmia. Le hizo prueba de esfuerzo, Monitoreo Holter, estudio de arterias coronarias por medicina nuclear, estudio por tomografía axial por contraste, no encontrando más que algunas rachas de taquicardia paroxística.

Comenzó a tratarlo con Propranolol, atorvastatina, Carvedilol, con escasa mejoría, con rachas súbitas. Le dejó sedantes, modificó a Propafenona de una a dos por día. No mejoraba sino ocasionalmente.

En otra cita, el Dr. Astrudd le entrevistó después de espera de tres horas por los pacientes anteriores, lo encontró con ritmo cardiaco muy regular y tranquilo hasta sonriente, sin la cara de angustia de su primer consulta, en que creía estar agarrándose de la mortaja.

– “Creo que hemos dado con la dosis indicada de antiarrítmico y sedante adecuado”.

“Fíjese doctor que, cada vez que vengo, entre más tiempo paso en ese sofá de cuero de vaca pinta y cierro los ojos escuchando las melodías en marimba, el corazón se me regocija y pasa tranquilo.

– “Bueno, todo es posible; ya lo mencionaban los árabes en sus escritos del siglo XII…

Le recomiendo, dijo con la voz reposada, desde ahora haga ejercicio moderado todos los días, escuche música clásica y desde luego música en marimba. Veremos como sigue ese corazón. Ahhh y tarde en llegar a su casa que ya sé que está casado y tiene dos hijas, una hermana, dos cuñadas y una suegra matriarcal. Evite que lo asedien con preguntas y preocúpese por usted más y menos por problemas de los otros, incluso del matriarcado, de la suegra con sus cuñadas que parecen comadrejas en busca de nueces. Solo Dios podrá resolver el misterio de las mujeres si no ponen de su parte o no siguen consejo; valga aclarar que ellas fueron creadas de una costilla y no del material bruto. No sea demasiado buena gente!!”, le gritó con las manos frente a la boca para que escuchara.

Le hizo caso y llegó tres meses después de haber regresado de un viaje a Francia, río Sena, visitar el museo de Louvre, la Torre Eifel, la Riviera francesa así como la campiña de Orange. Llegó hasta Caláis, luego Dover, Londres y la Catedral de Kentburry.

Eso es lo que necesitaba su cuerpo, salud mental, distraerse y vivir en paz.

Desde ese día viaja con música de marimba en el carro y su corazón se mantiene como reloj suizo.

Cada vez que se siente acosado por el trabajo o problemas de otros recuerda la melodía Romanza, su corazón vuelve al redil. Va todas las tardes a caminar con su perro fiel Aquiles, después pasa a la cafetería a aspirar el aroma del buen café con pan Chiabata integral con queso y lorocos.

Comenzó a descubrir que la felicidad está en cada instante, incluso en los momentos de soledad y preocupaciones, en las alegres risas de las comedias o del llanto cuando se pierde algo o alguien.

La vida es simple dejándose llevar como una canción en marimba con sonidos de bombos y platillos, contrabajo y los toques de la percusión en las teclas de madera en sus armónicos y melódicos tonos con el ritmo africano. Aunque un león este siempre al acecho con un rugido.

Desde ese día todos los pacientes del Dr Astrudd llegaban a escuchar la música para curar el corazón, bajo de un árbol de amate, el buen médico los dejaba deleitarse como si escucharan “Radio El Mundo” y colocaba una canasta de mimbre, para recoger lo de la consulta y pagarle a los payasos pobres y borrachos que tocaban la batería y el contrabajo y a tres niños morenitos que le llevaban los billetes a una señora que vendía sorbetes artesanales en el mercado mayorista “La Tiendona”, que descalzos y chorreados, subidos en piedras, le pegaban con ganas a las teclas de la marimba.

Después de cerrar el circo de lonas de colores desteñidos, colocaba un hueso con algo de carne de vaca para alimentar al hambriento león con un collar de cuero y de acero agarrado por una cruel cadena oxidada; después el Dr. Astrudd se iba fumando su pipa, recordando la noche que fue famoso y estuvo a punto de quedarse a vivir en Alemania, por tocar virtuosamente la guitarra clásica y regresó a su país para vivir de los músicos borrachos.

Iba dando saltitos en la grama y, tarareando la cumbia de “La garrapata”, miraba al león que se rascaba y le aumentaba el ritmo como en las últimas melodías de esa tarde; los libros aún los tenía para sentarse o para alcanzar las revistas de la repisa en donde guarda la marimba que, sanando las penas, cura corazones, incluso de leones mosquitosos y desnutridos. – “¡Qué carajo!”.

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