Santi y el celular

Un día llegó a la casa de su hermana muy afligida, ansiosa. Abrió la puerta como si entrara a su casa, medio saludó y se dirigió a ver lo que estaba comiendo su sobrino Santi.

 

 

Por: Dr. Adán Figueroa.

Ilustración: Mely.

Ya bien se lo había dicho su tía Miriam y se lo gritó también a su mamá.

– Mira Betty, ese tu Santi va a terminar ciego. Solo pasa prendido de tu celular. ¡Apenas tiene cinco años, hombre!, y hay pasa con los juegos y videos. ¡Cómo hace lo que mira!, y ustedes también pasan clavados en los celulares, el cipote hace lo mismo.

– No hagas caso Miriam, no te sulfures. Si Santi es muy fregón y solo así lo mantengo quieto.

– Sí, pero sabes perfectamente lo malo que son las ondas que emiten los celulares. Por algo no se deben de usar en las gasolineras, ni dormir con ellos muy cerca. Algo de razón ha de haber en todo lo que dice la gente en las redes sociales.

Miriam se preocupaba por toda la información que le pasaban en mensajes o en el facebook.

Era tanto que hasta el micro ondas quería dejar de usar, ella lo comparaba con el celular porque decía que el micro ondas destruía la estructura interna de los alimentos por la radiación que generaba y estos ya dejaban de ser muy saludables y el celular también afectaba la estructura interna de la familia; porque todos, todos, hasta el más pequeño, pasaba viendo su celular ya fueran videos o mensajeando.

La comunicación interna prácticamente se había perdido aunque estuvieran en la misma mesa almorzando o en la sala; ya no conversaban, solo pasaban con su celular en la mano y se reían como locos, ensimismados; cada quien en su mundo.

Pero Miriam era muy perspicaz, sensible y estaba pendiente de todo. Ella leía y reenviaba todos los mensajes religiosos que le decían y las veces sugeridos, fueran diez, veinte o más, no importaba; lo hacía porque siempre creía que el milagro o beneficio que le ofrecían le acontecería.

No había escuchado las palabras del Papa Francisco que explicaba a la gente que Dios no tiene face book, Whats App o Twitter.

Un día llegó a la casa de su hermana muy afligida, ansiosa. Abrió la puerta como si entrara a su casa, medio saludó y se dirigió a ver lo que estaba comiendo su sobrino Santi.

Él era su mayor preocupación, pues Miriam nunca había podido tener un hijo propio y eso hacía que su sobrino fuera sus dos ojos.

Al llegar al comedor estaban los tres y casualmente o no tan casualmente estaban viendo su celular mientras sus alimentos esperaban pacientes para ser degustados.

– ¡Qué barbaridad! les dijo, ya ustedes ni comen por estar con su vicio, mientras con sus ojos recorría uno a uno los alimentos dispersos en la mesa.

– ¿Qué se te ha perdido? Le preguntó la hermana un tanto disgustada al verla hurgar todos los rincones de la mesa.

– Nada le dijo, solo veía el aguacate que se van a comer. ¡Se ve delicioso! Se los dio la abuela Lety?

– No, no fue ella. Nosotros lo compramos en el súper.

– Ven, con razón es un aguacate de revista. La carnosidad verde amarillenta y uniforme que cubre la semilla lo vuelve apetecible.

– Miriam, le dice Betty un poco molesta, ¿Qué pasa con el aguacate?

– Ha de ser transgénico, por eso son grandes con buena apariencia; pero por estar modificados genéticamente, nadie sabe los efectos que le puede producir al que se lo coma.

– Ya está bien Miriam, le dijo su cuñado que había permanecido callado y con mucha paciencia. Nosotros vamos a comer y luego hablamos. El aguacate es saludable Miriam y más estos que están bien sanitos.

En medio de esa pequeña discusión estaban cuando Santi se levantó y se fue para la sala. Era evidente, no podía escuchar su video favorito y prefirió separarse.

Miriam reaccionó.

– Disculpen, les dijo, es que yo me preocupo mucho por su salud y la de Santi por supuesto. Es que no quisiera que le pasara nada a esos ojitos tiernos y preciosos, al verlo todos los días y a cada rato con su celular, la tableta o viendo televisión.

En esa conversación estaban cuando de pronto escuchan brotar de la sala un grito de desesperación, ansiedad y mucha frustración.

– ¡Mamá, no veo nada!

– ¡Ya ven, yo se los dije! Yo sabía que algo así podía ocurrir, les insinuaba Miriam. Mi Santi seguramente se quedó ciego.

– ¡Miriam, basta! Dijeron los padres de Santi.

Se levantaron apresurados a ver lo que le pasaba a su hijo, Miriam iba detrás. Al ver al pequeño muy inquieto golpeando a su celular en el sofá, Miriam le preguntó.

– Que fue lo último que viste mi’jo.

– Hay tía. El video ya iba a terminar y de repente vi una lucecita en forma de estrella que se iba alejando en una oscuridad sin fin y apareció un mensajito que decía: batería agotada.

Comparte:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *