Riqueza interior

No valemos tanto por lo que hacemos sino por lo que somos. Cuando alguien está convencido de su valía personal, no necesita luego buscar la aprobación ajena.

Foto: Wikipedia.

En una ocasión Alejandro Magno (356-323 a. C.) recibía a los embajadores del rey de Persia, Darío. Alejandro les preguntaba cosas de su país y ellos le hablaban de las riquezas que Darío atesoraba.

Al fin, Alejandro les dijo: —Vuestro rey es rico, pero su riqueza se la puedo arrebatar. Yo no soy rico, pero soy grande; y mi grandeza no me la puede quitar nadie.

Alejandro era consciente de su valía personal, de su riqueza interior. Una riqueza muy superior a los bienes materiales que poseía. Conocer la propia identidad es fundamental para vivir la virtud de la autenticidad.

Solamente el que es consciente de su propia naturaleza, puede luego actuar conforme a ella. Conocer y valorar la propia identidad es fundamental para acrecentar la riqueza interior.

No valemos tanto por lo que hacemos sino por lo que somos. Cuando alguien está convencido de su valía personal, no necesita luego buscar la aprobación ajena.

Alguien que está orgulloso de su linaje familiar se comportará de manera que sus actos no desdigan de la herencia espiritual y moral recibida de sus padres. Así como en un árbol primero son las raíces, luego el tronco y después los frutos así en una persona primero es la identidad y como consecuencia vendrán luego los hábitos y por último sus actos.

Existen personas tan pobres que lo único que poseen son bienes materiales. En cambio, existen otros que se interesan en cultivar su propio ser y por último están los más grandes que buscan enriquecer a los demás mediante acciones desprendidas y generosas.

Puede parecer paradójico pero al final, una persona vale más por las cosas que no posee y de las cuales se desprendió para enriquecer a los demás.

Es interesante el planteamiento de James Clair en su libro de hábitos atómicos cuando habla del procedimiento para conseguir alcanzar un buen hábito o desprenderse de un vicio. En su obra habla de tres círculos concéntricos: el más interno corresponde a la identidad, alrededor de este está el círculo de los procesos y el más externo es el círculo de las metas o los resultados.

A veces existen personas que quieren obtener un determinado resultado, después en los procesos para conseguirlo y posiblemente piensen luego en los valores y en las creencias que sostendrán el proceso de mejora. Dice el mencionado autor que es mejor proceder a la inversa.

En primer lugar pensamos y definimos cuáles son los valores y creencias que deberíamos tener para alcanzar una meta, pasamos luego a los procesos y por último, la meta saldrá como consecuencia de esos procesos.

Alguien obsesionado por los resultados se parece a quien juega un partido de baseball con la mirada fija en el tablero del marcador. Es imposible jugar de esta forma seguramente no conseguirá anotar una tan sola carrera.

Recuerdo cuando el año pasado participé en un curso de escritura. Me plantearon que viviera el reto de escribir tres páginas diarias durante cien días seguidos. No puedo negar que hubo ocasiones en las que se me hizo extremadamente difícil vivir mi compromiso.

A veces lo recordaba hasta en la noche después de un día lleno de trabajo. En varias ocasiones estuve tentado a renunciar debido al cansancio, sin embargo, gracias a Dios pude sobreponerme y conseguí alcanzar la meta junto con mis compañeros el veintiocho de diciembre.

El proceso fue interesante. Primero se trataba de trabajar la propia identidad; en ese caso el de ser escritor amateur. Luego se trataba de repetir un día y otro el proceso de sentarme durante aproximadamente veinte minutos para escribir tres páginas y como consecuencia de esa rutina conseguir después la meta propuesta. Para los que somos cristianos, somos conscientes de que nuestra identidad más profunda es la de ser hijos de Dios.

Un regalo inmerecido que marca luego la línea de nuestra autenticidad y valía personal. Si soy consciente de esa riqueza interior, luego solo se tratará de esforzarse, con la ayuda de Dios, para que los actos cotidianos confirmen lo que somos actuando de forma coherente.

Comparte:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *