El poder de una decisión

Ella decidió envolver figuras de chocolate con pequeños mensajes dentro, poner en ellos una actividad que cada niño debía hacer para el bien de otro.

 

 

 

Por: Licda. Elsy Ch.

Ella miraba hacia el frente el viejo reloj colgado en la pared, estaba recostada en un sillón y pensaba dormir un rato pero no podía hacerlo, pues a sus oídos solo llegaba el ruido de aquel viejo reloj: tic-tac, tic-tac.

Llevaba cinco minutos así, sin lograr dormir, había llegado de un arduo día de trabajo, queriendo ser presa del sueño y del silencio; era maestra y la mayor parte del tiempo se la pasaba queriendo controlar un salón de treinta niños en plena edad de la pubertad, que es cuando gozan de más energía y todo tipo de control pareciera imposible.

Aquel reloj no paraba, los segundos se hacían minutos y los minutos se hacían horas y si ella permanecía inerte en aquel sillón, nada podría cambiar después cuando el ahora se convirtiera en pasado.

-“si me quedo quieta y dejo que el tiempo pase sin modificar nada, así se quedará y no podré regresar al hoy que será pasado para remediarlo”, pensaba.

Estaba un poco triste porque su carrera no iba como ella quería y se sentía sumamente fatigada, no sabía cómo hablar a sus alumnos, ni como tenerles paciencia, no sabía cómo instruirlos de una mejor manera y con las redes sociales nadie estaba interesado en interactuar con ella; pero podía hacer dos cosas, quedarse frustrada recostada en aquel sillón o intentar algo diferente.

Ella decidió envolver figuras de chocolate con pequeños mensajes dentro, poner en ellos una actividad que cada niño debía hacer para el bien de otro, todos los nombres de los niños del salón debían estar ahí, tardó toda la tarde en envolver aquello que para los alumnos sería una sorpresa.

Luego de tener listo todo, fue a dormir muy satisfecha y a la mañana siguiente al dar clases en la escuela, repartió a cada alumno uno de aquellos chocolates, con sencillos mensajes, a unos les tocó turnarse para contar una historia diariamente a todo el grupo, a otros ayudar a alguien en la materia que más se le dificultaba, a otros entablar amistad con aquel que se aislaba del grupo y otras actividades similares.

Cada niño debía hacer su asignación durante todo el año y aquellos que permanecían aislados lograron hacer amigos, los que recibieron ayuda en las materias mejoraron sus calificaciones y el que cumplió debidamente su cometido recibía cierto puntaje en la asignatura que más lo necesitara, de manera que en el salón de clases todo iba cada vez mejor y el grupo logró fortalecer su confianza, unidad y enriquecerse en valores.

Y la maestra reflexionó: jamás habría ocurrido esto si me hubiera dormido aquella tarde en el sillón y simplemente hubiera permanecido viendo las agujas del reloj, aún estaría oyendo: tic-tac, tic-tac y el hoy que era mañana, no habría cambiado.

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