Opinión: Bisturí urbanístico: vivienda de interés social (2/2)

Por el momento, para no hacer un arroz con anona, cebolla, guayaba y panela, me quedaré solo con la reflexión de tomarnos en serio la necesidad actual de las VIS, para enfrentar futuras pandemias y fenómenos de vulnerabilidad climática de quienes por larga data duermen con el riesgo y en las “cajas de zapatos”.

Por: Alma Sánchez.

Desde el lente socio espacial, son muchas las lecciones que ha dejado el coronavirus, Amanda y Cristóbal. Así, cuando se analiza la relación entre las aglomeraciones de persona en las zonas donde se concentran los mercados, principalmente de áreas metropolitanas del país, en plena cuarentena, y sus lugares de habitación, resulta obvio comprender las reacciones de NO QUEDARSE EN CASA.

Según diversos estudios hechos por la OIT allá por el 2012-2013, y algunos más recientes de la UCA (2016) el 66% de la Población Económicamente Activa de El Salvador (PEA) pertenece al sector informal.

Esto concuerda con lo reportado en el Plan Estratégico Institucional del Consejo de Alcaldes y Oficina de Planificación del Área Metropolitana de San Salvador (2016-2020), donde se comenta que a nivel nacional el 34.5% de los hogares se encuentra viviendo en pobreza, del cual, el 8.9% vive en pobreza extrema y el 25.6% en pobreza relativa; mientras que en el AMSS, la cantidad de población viviendo en pobreza se reduce al 23%, de este, el 3.7% se encuentra en pobreza extrema y el 19.3% en pobreza relativa.

Tales condiciones colocan a este segmento de la población que se mueve en los mercados y en las calles (antes de la pandemia se subía a los buses de transporte público) en condiciones de desventaja y exclusión de cualquier adaptación a los efectos de la pandemia; sobre todo si a este impacto se le suman los fenómenos naturales que se han pronosticado para la época de huracanes 2020, para todo el istmo centroamericano y que lo vimos reflejado con Amanda y Cristóbal.

Una de las grandes características de la vivienda de los sectores informales, es decir en la que vive en gran medida ese 66% de la economía (informal) son su marginalidad, falta de condiciones adecuadas de espacialidad que impliquen consideraciones de: aireación, frescura, iluminación, espacio abierto o zona verde, acogimiento y posibilidades de comunicación al exterior, sin necesidad de tener contacto físico con vecinos o visitantes (sana distancia según OMS).

Ha sido normal considerar que, este tipo de vivienda para estos sectores es una mercancía, de tal forma que sus productores las diseñan como “CAJAS DE ZAPATOS”.

Muchas preguntas surgen al analizar las lecciones aprendidas entre los meses de marzo a junio de 2020, no cabe duda que, al menos, para El Salvador, COVID-19, ha resultado ser un laboratorio de estudio para la resiliencia urbana.

De acá surgen algunas preguntas, después que lo más crítico de la pandemia haya pasado (si es que pasa): ¿considerando la importancia de la calidad espacial de la vivienda, volveremos a taparnos los ojos, frente a la vulnerabilidad del sector que representa el 66% de la PEA? ¿No merece este sector tan dinámico y tan importante, contar con mejores condiciones de habitabilidad y seguridad habitacional? ¿No reafirmamos la necesidad de revisar políticas públicas de vivienda de interés social, en este momento histórico de nuevas herramientas sanitarias, ambientales y urbanas, para continuar con la vida? ¿Dónde se pudiera rescatar un escenario o caso que pueda orientar sobre qué hacer ante los hechos planteados en este documento?

Veamos. Al revisar las historias epidemiológicas del mundo occidental y cómo el urbanismo respondió ante estas, para ayudar a las poblaciones a superar los efectos de largo plazo (físicos y psicológicos) que quedan después de esos embates, existen dos estudios de caso que vale la pena rescatar, para cualquier gobierno, servidor o funcionario público que desee contribuir genuinamente a las soluciones, por sobre acciones que cada vez endeudan más al país y que son solamente reparaciones cosméticas, populistas:

Primero, en 1832, la epidemia de cólera en París, Francia, reabrió el debate higienista, dado que la situación post epidemia, necesitaba respuestas, medida y procedimientos rápidos, para dar mejores condiciones de vida a los parisinos, cuyas casas se caracterizaban por falta de aireación y ventilación, suciedad o insalubridad en la misma vivienda, formación de suburbios fuera de los recintos amurallados que presionaban a la ciudad antigua y problemas de distribución de agua  y alcantarillado, lo que hacía que París oliera mal.

Segundo, en 1860 en España, Barcelona enfrentaba problemas sanitarios y habitacionales muy importantes, del urbanismo decimonónico, que en la actualidad siguen siendo vigentes: una legislación de Casas Baratas inoperante; la necesidad de construir alojamientos de alquiler para estratos pobres, que evitaran el hacinamiento y condiciones insalubre; además, la visión de crear una nueva ciudad, partiendo de una realidad urbana existente, sin necesidad de destruir todo, para reconstruir.

Si observamos ambas situaciones, bastante parecidas a las que se viven en El Salvador en estos momentos, diré que lo que nos falta son personajes valientes con ganas de utilizar las herramientas normativas existentes, o identificar los vacíos legislativos para proceder a ejecutar transformaciones que nos permitan mayores resliencias desde la agenda gris.

Necesitamos un parisino Barón de Haussman, o un barcelonés Idelfonso Cerdá, pero a lo salvadoreño, aunque yo me siento más a gusto con este último.

Ildefonso Cerdá consideraba que para enfrentar estos problemas que vivimos  los salvadoreños, donde a los antes dichos podemos sumar la de falta de equipamiento de salud para no improvisar el tratamiento de los positivos COVID en estado grave, y la falta de equipo de protección de nuestros hermanos de primera línea sanitaria, debería primarse el interés general,  al que definía como el interés de trascendencia inmensa, el cual era alcanzado por todas las clases sociales, desde las más elevadas como las más humildes, así de claro lo dejó en su texto “Cuatro Palabras sobre el Ensanche, dirigidas al Público de Barcelona”.

Por el momento, para no hacer un arroz con anona, cebolla, guayaba y panela, me quedaré solo con la reflexión de tomarnos en serio la necesidad actual de las VIS, para enfrentar futuras pandemias y fenómenos de vulnerabilidad climática de quienes por larga data duermen con el riesgo y en las “cajas de zapatos”.

Las preguntas que quedan para la 3ª parte de esta serie es, entonces, ¿cómo ubicar y financiar vivienda de interés social sin endeudar por endeudar al país?; ¿dónde está la habilitación jurídica que permita a los servidores públicos retomar las VIS, desde una política seria y comprometida, tal como lo hizo el IVU, antes de su “asesinato”? ¿LEGISLATIVAMENTE, qué nos hace falta para retomar los retos climáticos y ahora epidemiológicos, de tal forma que leyes como la Constitución, con su derecho a la vivienda digna y la salud, la Ley de Ordenamiento Territorial y el Código Municipal, puedan producir efectos materialmente positivos?

Todo esto lo hablaremos en la siguiente y última parte de este espacio de reflexión.

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