Las noticias y los comerciales de antaño

El bando volvió al poblado y con ellos dos parejas de militares descalzos con fusiles de la Primera Guerra Mundial, la finalidad era encontrar el hombre misterioso que se llevaba a las jóvenes.

Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.

Foto: Ryan Holloway.

ESTÁBAMOS VENDIENDO EL MAÍZ CON EL FRIJOL POR MAYOR Y POR MENOR EN EL MERCADO DE SANTA MARÍA OSTUMA, CUANDO LLEGÓ UN HOMBRE CON UN PITO DE BAMBÚ Y OTRO CON TAMBOR. Todos dejamos tirados los puestos de los mercados, quedaron las tazas de café humeante con el pan a medio comer.

Nos dirigimos a ver a esos descalzos hombres curtidos por el sol de Agosto, eran los del bando municipal que habían llegado de pueblo en pueblo, detrás de ellos iba otro con zapatos y saco blanco, llevaba un pergamino enrollado y haciendo una señal al vernos con las caras de interrogante y en silencio.

Creímos que era el circo ambulante, o los “Húngaros” con las ventas de caballos alegres por los clavos en los cascos y teñidos de tintes negros, que se llenaban de mosquitos a los cinco días de comprados y se decoloraban con los primeros aguaceros tempestuosos.

El sujeto del saco blanco comenzó a leer el Bando, eran las noticias acerca de algunas anomalías en el poblado, las órdenes del municipio dictadas por el gobernador y el alcalde, el anuncio de las fiestas del patrono de San Salvador, tan lejano desde Santa María Ostuma, y después el desmadre de la ciudad de la yuca.

Y un pequeño comercial de las ventas de cerveza de barril a tres centavos de colón en la terminal del tren de CIRCA, muy cerca de las ventas de zapatos y botas, vestidos y pantalones a la medida, de la calle Celis con sus casas con barrotes artesanales con mujeres en pingos, además de las maromas del primer aviador de El Salvador en el Campo de Marte.

– Caramba niña Chomita -que novedad- hay que ir a la capital para ver eso del aviador, dicen que es un avión de la Primera Guerra Mundial .

– No crea niña Tomasita, son inventos, solo los gavilanes vuelan. Además dicen que también habrán carros sin caballos imagínese, ni que fueran trenes.

En esos días, ser un hombre de letras era alguien que había estudiado sexto grado, un estudiante de la universidad era un enciclopédico y un doctor que escribía páginas para una receta del boticario manufacturero, era una eminencia.

No existía la palabra antibiótico y muchas personas morían a causa de los males que ahora pueden curarse en casa con una tableta.

Como suele suceder el más fuerte o el más hambriento es el ganador en esas cosas de la vida. Y más en esos días.

Se fueron soplando el Madero y el tambor, y todos volvían a comprar o vender en el mercado, la sopa de mondongos, las fritadas con tortilla, chicharrones con olor a mierda.

Mientras en la cantina “El apagón” un hombre vestido de negro llegaba con un caballo color blanco que echaba chispas con los herrajes de los cascos, entraba montado y sacaba a tiros a los que estaban chupando licor de maíz, pedía seis botellas y se iba al trote.

Vivía en una cueva de su finca; algo le brincaba en el seso, pues mujer que le gustaba la vigilaba día y noche hasta que la subía a la fuerza al caballo y nunca volvía.

El bando volvió al poblado y con ellos dos parejas de militares descalzos con fusiles de la Primera Guerra Mundial, la finalidad era encontrar el hombre misterioso que se llevaba a las muchachas y hacia desmadres con el caballo y el revólver.

Fueron los días en que a orillas de un río no explorado, salían lagartos enormes que parecían cocodrilos, no se veían en el agua por el zacate que crecía en sus lomos, agarraban una res o dos para saciar el hambre, y más de una vez asustaron a alguno que iba con su jabón de tuétano, el huacal de morro para bañarse y a lavar la ropa.

Una mañana de abril llegó un niño al pueblo gritando que una enorme culebra estaba enrollada en un árbol de conacaste y se había tragado tres novillas. Entonces el bando convocó a una patrulla de fusileros entre los que iba un viejecito asmático con un fusil de los que usaron en la bastilla y otras armas utilizadas en la guerra de Guatemala.

Se reunieron veinte hombres, ahí iba Faustino Martínez, hermano de Gerónima Martínez; él con un machete de dos filos y al acercarse a la enorme boa constrictora que madia treinta metros tan gruesa como un árbol, Faustino se quedó paralizado por los electrizantes ojos de la culebra que hasta cachos tenía, según dijo la señora Choma.

Iba dando tumbos Faustino hacia la gran trompa abierta de la serpiente atraído por los, enormes ojos hipnóticos y gélidos de la culebra monstruosa. Los guardias y los que tenían fusiles le dispararon pero las balas o rebotaban o se quedaban en el cuero grueso del animal.

Entonces uno de los pescadores le dejó ir cuatro tacos de dinamita y cayó desplomada a tres metros y cuarenta centímetros de Faustino, que tardó cuatro días en reponerse de la mirada mágica de ese ejemplar irremplazable.

Eran las tierras en donde habitaba el jinete de negro, que no se dio a ver, se metió en una cueva a esperar que se fueran los tiradores, dejó suelto al caballo blanco en la pradera libre entre los árboles ancestrales.

En el mercado no se hablaba de otra cosa que no fuera de quién iba a ser la piel de la culebra y de a cómo iban a dar la libra de la suculenta carne de la boa tan antigua que era de los tiempos de los nativos Pipiles.

– Deben de haber otras dijo Faustino Martínez.

En efecto, habían otras muy camufladas y que eran las que hacían desaparecer algunas reses todas las semanas. Bonitos ejemplares de serpientes bien alimentadas.

Sin embargo el bando con el pito y el tambor llegó a anunciar la extinción de esos monstruos pagando un peso en plata de bamba por día, a todos los que participaran en las cacerías.

Se anotaron casi todos los hombres que vivían de sembrar el maíz y el frijol, o aserrar la madera de los árboles que entonces abundaban como el zacate.

Al mes habían cazado veinte boas enormes, cincuenta lagartos de siete metros, uno de ellos se había tragado a un mastín con todo y dueño, pero lograron recuperar la escopeta que aún disparaba.

El alcalde hizo una fiesta en el parque con una filarmónica y bailaron desde “Adelita, María de los guardias y el valse de Alejandra”. Hubo chicha de maíz para todo el poblado y derivados de elotes con chanfaina.

La promesa de ver las novedades de San Salvador y las fiestas patronales hizo que medio pueblo subiera al tren y muchos con intención de no regresar, después de pasar por la calle Celis, beber cerveza alemana que vendían a diez centavos el vaso espumante en la salida de la terminal del tren jadeante y sediento.

La señora Choma llegó a conocer las casas de los criollos y de los ricos en la primera calle poniente, muy cerca de los cafetales enormes que llegaban hasta nueva San Salvador o Santa Tecla.

El parque Centenario estaba recién inaugurado y todos los domingos llegaban a la glorieta a tocar las filarmónicas. En el Campo de Marte tenía los sonidos de acetatos de música clásica, los almendros y la pista para los primeros carros Ford, Chevrolet, algunos Cabriolet, y Tudor de puertas suicidas.

Los sábados era espectáculo del primer aviador salvadoreño en un avión con alas de lona, despedía un tufo a aceite de Caldera y un zumbido que ensordecía a los reporteros con cámaras de fogonazo.

Muchas señoras de alcurnia llegaban para retratarse con el aviador sucio de humo y aceite quemado, ellas con el peinado de la época, los vestidos con enormes fustanes y zapatos al estilo Luis XV y comiendo helados en barquillos o semillas de marañones.

Los periódicos del domingo tenían la portada con un hombre sonriente con una banda de los colores de la bandera fumando un puro y sonriendo, debajo de un poste con una candela de a peso.

Las calles aún empedradas y los tranvías llegaban frente al Palacio Nacional y algunos camiones Ford iniciaban la bulla trasportando repollos y tomates y todas las mercaderías de las verduleras “del chiquero” o el primer mercado central muy sucio y peligroso por las ratas y rateros como siempre, y muy cerca del Palacio Legislativo y la antigua Catedral gótica de maderos, que se incendió en 1950 por el descuido de una beata ancianita que puso la candela en el piso de madera y no en las gradas de fierro como era la costumbre y todo por estornudar y sonarse en la mantilla.

Fue un fogonazo de maderos, pero lograron salvar los santos de yeso, otros de madera y las limosnas. De tal manera que la siguiente misa la iban a dar en un circo, pero lo consideraron una herejía , se fueron a la iglesia del Calvario con misas en latín , y el padre daba la espalda a los paganos.

Estando cerca “del Chiquero”, realmente entre los más pobres, vendedores de repollos y hojas para curar hasta la peste, candelas de santeros y entre los ladrones de diferente estirpe.

Pero en el pueblo aún seguían buscando al caballero asesino, llevaron perros para rastrearlo, lo lograron ubicar por el aparejo del caballo.

De manera que para agarrarlo tuvieron que desplazar medio batallón de fusileros porque era más peligroso que cinco lagartos, se defendió como si fueran cuarenta, terminaron tirándole tres tacos de dinamita y no se supo si en realidad lo eliminaron, porque encontraron las botas aún con caca de vaca, un par de pistolas con cachas de marfil y un sombrero negro con una cincha de plata.

Pero el bando volvió a salir con la noticia tranquilizadora para las doncellas del pueblo; la amenaza había sido exterminada, como si hubiera sido culebra.

De manera que celebraron la otra victoria en contra de las adversidades, pero las festividades se mezclaron con el proselitismo y las bullas de un hombre llamado Sandino, como un Guerrero carismático que era más peligroso que las anacondas del Amazonas junto a un coronel que montaba una yegua blanca.

Así surgieron los cantadores de noticias con una flauta de bambú y un tamborcito redoblante, como los que llevaban el ritmo de los soldados a la guerra en época de Napoleón y otras guerras entre los mismos humanos, hasta las noticiones de pueblo.

Y cada vez que una vecina lleva un chisme a otra, dice la niña Choma: allá va la “guangocha” con el pito y el tambor, en remembranza de los bandos publicitarios de 1932.

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