La viuda de Adán Díaz

La viuda de Adan Diaz

En 1922, en la República de El Salvador aún con los vientos de la Primera Guerra Mundial, los brujos de Zacatecoluca todavía vivían en su mundo.

 

 

 

 

 

Por:  Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas/Médico, Escritor, Guitarrista y Filósofo.

Ilustración especial: Edgar Alfredo Pacheco.

Al siguiente día de la partida de Adán Díaz en el viaje sin retorno hacia el infierno, todos sentimos el temblor de tierra; dejamos de cortar el café de los cerros porque el Sol intensificó su luz y alumbró durante toda la noche. Fue otro día en la creación en que no cantaron los gallos, los perros de las haciendas se quedaron mudos durante cuatro horas continuas y los peces de los ríos saltaron hacia los matorrales de las veredas.

Una niña de ojos grises y alegres que tenía apenas cinco años de edad, de nombre Gerónima Rodas Martínez, nos dijo que en un camino rodeado de pinos en las cercanías del volcán apagado de San Vicente había un grupo de jinetes, entre los que iba un hombre sobre una yegua blanca. Cantaban canciones en Pipil.

De pronto una nube de polvo caliente como aliento de dragón, bruscamente envolvió al hombre con la yegua blanca de pura sangre árabe y lo arrastró brutalmente hacia un precipicio sin fondo. Sucedió en segundos .

Los otros jinetes que montaban pollinos grises continuaron su camino cantando como si nada hubiera ocurrido. Solamente quedaron tirados un sombrero de pelo y una americana a rayas color café . Y la tierra quedo sin vestigios del orificio infernal.

“Fue Adán», dijo Bonifacio Pérez. «Se lo llevó el diablo en cuerpo y alma”, agregó.

“Y con todo y yegua”, dijo Anacleto Bernal. “Pobre yegua…”

Anacleto Bernal y su mujer, Tomasa Martínez, habían ahorrado una descomunal fortuna debido a la venta ilegal de chicha, encubrieron la cantina con un rótulo viejo y sucio en que se leía: “se vende sopa de res”.

María Crescencia de la Bondad, hija de un boticario culto y médico a la fuerza del oficio, fue mujer de Adán Díaz. Escuchó la versión de la niña y también otras que la gente iba inventando, agregando o quitándoles detalles. Incluso llegaron a decir que oyeron carcajadas de un desaparecido caudillo de la revolución mexicana que se engomaba los bigotes y usaba cinturones para balas para fusil cruzados en el tórax.

Esa misma noche María no podía dormir porque veía los espectros de su marido junto al jefe brujo de los Pipiles que, sentados a la mesa, comían tomates con sal y bollos de maíz. Ella no se inmutó, estaba acostumbrada a las brujerías de su marido.

Se quedó con las manos debajo de la nuca, recordando las bondades de la miseria durante veinte años de matrimonio estéril. Recordó las cajas con mazos de billetes de banco y bambas de oro que guardaba Adán, después de asolearlas.

Pero Adán se fue con el secreto del sitio donde las escondía. María sintió un rumor intestinal que terminó por expulsarlo lentamente mientras sonreía por el ruido que hizo que le recordó cuando se rompe una lona.

Se quedó dormida y soñó con un borrachín escandaloso llamado Simón, veía que se empinaba la botella de guarapo hasta que la vaciaba con sed implacable. Le llamó la atención verlo sentado sobre el tabanco que colgaba del techo, pero lo que más le impresionó fue la luz blanca que brotaba entre los tiliches del tabanco.

Eran unos enormes brillantes de 14 kilates que había guardado Adán, los obtuvo de Pedro El Grande en forma indirecta por un general que se los cambio por obtener los favores de un mujer muy bella de la familia Rodas. En ese momento despertó y siguió viendo la misma luz, pero con mayor intensidad -ahí está- pensó y volvió a dormir.

La siguiente noche volvió a soñar con Simón, tenía otras botellas vacías y el rostro pálido, pero sonriente. Reía y señalaba con el dedo índice hacia la mesa en que aparecían los espectros. Ella supuso que los sueños continuaban su recorrido paralelo al mundo de la realidad.

Despertó y no se volvió a dormir, sino que agarró una pala y piocha y comenzó a escarbar debajo del sitio en que colgaba el tabanco de varas rústicas. Pasó tres días levantando tierra y piedras de carbón volcánico y azufre y caca de cerdos. No encontró lo que buscaba.

“A la puta -suspiró- en el próximo sueño le preguntaré a ese borracho adonde está el dinero”.

Se lavó la cara en el recipiente de barro en donde abrevaban las bestias. Fue a la cocina y encendió el fogón. Comió un pedazo de carne de cerdo con tomates fritos, frijoles enlatados y un tazón de café endulzado con pilón.

Esperó dos horas para hacer la digestión, se puso un camisón de manta muy remendado a cuadros con puntadas eternas. Se subió al catre de madera forrado con cuero de vacas; eran tiras de cuero muy largas aún con pelos y parásitos. Crujió con el peso de la mujer.

“Solo esto me faltaba, dormir en el suelo habiendo tanto oro por ahí tirado en algún lugar”.

Soñó la continuación del sueño anterior en el instante exacto de la conversación sin palabras. (“Llévale un tazón de café y pan de dulce a la cabeza del toro que está debajo de la cama”) dijo Simón sin hablar. Era una comunicación telepática, pero sólida como granito que impresionó tanto a María que nunca más volvió a soñar.

Se levantó inmediatamente y revisó debajo del catre. Efectivamente ahí estaba la cabeza viva de un toro negro que le pidió café con pan.

María le llevó el tazón con café y un trozo de pan. Ella también comió. No sintió temor sino algo de ternura. “Bueno -dijo ella- ¿adónde está el oro?”

“Una parte, es decir, un millón de bambas están enterradas y dentro de una caja de fierro, a un metro de profundidad y a dos pasos de la entrada de la letrina. El resto lo hallarás según instrucciones anotadas en un papiro que está enrollado en un racimo de plátanos. Muy cerca de la cocina en donde se echan los puercos.”

María hirvió más café y alimentó el fogón con carbones. Molió en piedra los frijoles negros y los puso a freír en una sartén de barro que tenía nata de manteca de puerco. Se sentó a comer chupándose los dedos, mientras recordaba los largos años de privaciones, señalamientos torturantes de los vecinos y principalmente del cura José María Valiente Primero. Tomó el café en sorbos pequeñitos y miraba el fogón alegre que esparcía las emanaciones del café.

Se levantó agarrándose de un racimo de plátanos maduros que colgaba de una viga, sintió el roce del papiro enrollado, lo sacó y observó un mapa perfectamente diseñado para esconder estratégicamente los mazos de billetes de banco y el resto del oro y piedras preciosas.

Al día siguiente María contrato tres mil albañiles y un arquitecto Florentino. Hizo que le construyeran la réplica del castillo Azyle Rideau. Y alrededor de la letrina y del ranchito cultivó un jardín similar al de Villandry.

“Los eligió con inspiración de condesa, señora”, dijo con falsete de voz el arquitecto amanerado.

En el castillo María escogió la habitación mejor iluminada y lujosa. Ahí llevó la cabeza del toro que hablaba en doce idiomas y trece dialectos. Único vestigio de las brujerías de Adán. Pues hizo muchas, incluso durante los días de guerra contra Guatemala. Y todos los días llegaba María a dejarle café con pan.

“Ya ves- le decía ella- esta casa es muy bonita y además fresca. Ahí tienes las ventanas abiertas para que sientas la fragancia de las rosas”, le decía y lo acariciaba mientras mojaba el pan en el café para después ponérselo sobre la lengua áspera, tibia y húmeda del toro.

Ella se erizó al contacto de sus dedos. Y recordó que ya habían pasado siete años de que no hacía el amor. Salió despacio. Cerró con llave la cerradura. Esa noche no durmió.

Al día siguiente después de tomar el desayuno en la cama que le llevó la sirvienta inglesa que contrató de por vida, le dijo:
”Hoy me daré un baño con agua Florida”.

“Sí, Señora.”

“Además me traes el baúl con la ropa francesa que compré en París el mes pasado.”

“Sí, Señora.”

Se vistió lentamente, después de tallarse cuarenta y dos vestidos y treinta pares de zapatos. Se peinó sola frente a un espejo de cuerpo entero, y sonrió.

“Ya está -dijo en voz alta- hoy es martes quince de noviembre”. Afuera la estaba esperando un cochero alemán . Era un exsargento germano, pero que desertó durante la Primera Guerra Mundial. María lo conoció cuando andaba huyendo de sus propios camaradas y trabajaba temporalmente en bergantines de carga y que casualmente estaba en el puerto de Acajutla. Lo contrató y le encargó los doce corceles árabes y el coche romano.

Él le abrió cortesmente la puerta de la berlina, le tomó del brazo perfumado para ayudarle a subir. Cerró con cuidado para no asustar los prietos caballos chúcaros .
Ajustó la calesera y trepó al sitio de comando con las correas que tiraban de los hocicos de los animales prietos.

“¿A dónde?”- preguntó Hans Fruling.

“¿A donde crees? a hacer el amor con todas las locuras que se te ocurran… – dijo ella sonriendo.

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