La puerta trasera

Ambos defensores se dispusieron a tomar un transporte que los esperaba en el parqueo y los llevaría a los tribunales. El Licenciado Argueta se sentó en la parte delantera y cerró la puerta.

Por: Dr. Adán Figueroa/Ilustración: Mely.

Había tenido una mañana difícil. La vista pública le hizo esforzarse mentalmente para poder obtener la libertad de su cliente.

A Leticia le molestaba en grande tener que defender a ese tipo de personas, pues los delitos eran en contra de la mujer y ella luchaba siempre por los derechos de las mujeres y todo eso de la teoría de género y ahora estuvo defendiendo ni más ni menos que a uno por violación sexual y lo peor, lo sacó libre.

Le dolía en el alma el saber que había defendido a un culpable de un acto contra una mujer, pero ese era su trabajo y lo hacía muy bien y por eso tenía el reconocimiento de todos sus compañeros y colaboradores.

El joven Alexis y sus padres estaban sumamente agradecidos y salieron de la sala de audiencias con una sonrisa mezclada con lágrimas de alegría y todo tipo de expresión.

Leticia lo vio al salir y le dijo de despedida: ¡Espero no volverte a ver nunca! Por supuesto que ella deseaba que Alexis anduviera en buenos pasos el resto de su vida, sin involucrarse en problemas legales y mucho menos en delitos contra la mujer; pero, no estaba en su casa donde sus deseos eran órdenes y como se dice, uno propone y Dios dispone.

Meses después le llega una notificación para defender a un cliente. Cuando vio el requerimiento cambió su rostro.

¿Será posible? dijo con el ceño fruncido. No, no puede ser, seguramente es otra persona, pero vamos a ver. Se le veía un tanto alterada, incómoda.

– ¿Qué le pasa Leticia? Le dijo un compañero.

– No, nada.

– ¿Algún familiar en problemas? insistió

– ¡Que no es nada, le digo!

Ambos defensores se dispusieron a tomar un transporte que los esperaba en el parqueo y los llevaría a los tribunales.

El licenciado Rodolfo Argueta se sentó en la parte delantera y cerró la puerta.

Leticia se puso bien ruborizada y con una expresión de enojo. No dijo nada, pero en su mente empezaron a volar pensamientos y expresiones nada agradables.

– Ahora ya no hay caballeros decía. ¡Qué barbaridad! ¡Cómo ha cambiado todo! El hombre ni siquiera pregunta ¿Quiere este asiento compañera? ¡Nada! Y el motorista clavado en su celular no se percata de lo que pasa y como es igual de bruto, le da lo mismo.

Pero todo es por su erotismo, esa enfermedad de los hombres. Hay se hace el mansito, solo para que yo pase rozándole el hombro con mis nalgas o a lo mejor, piensa que me meteré al carro de frente. ¡Huy! Lujurioso el hombre, pero no se va a salir con la suya.

El carro estaba muy bonito cómodo y era una de las nuevas adquisiciones de la institución y todo el mundo quería viajar en ese vehículo, en especial porque ir adelante les permitía oír y escoger su propia música, pero Leticia, estaba muy contrariada por la actitud que había tomado su compañero Rodolfo, hasta que por fin le dice:

– ¡Bueno Fito!, ¿Me va a dejar pasar o qué ha pensado?

– ¿Qué le pasa Leticia? ¿Por qué ese enfado? ¿Quiere que haga hacia adelante el asiento para que esté más cómoda?

– No es eso Fito, dice ella y se le queda viendo con una mirada penetrante que lo dice todo sin decir palabra alguna.

– Discúlpeme compañera, pero no le entiendo. ¿Quiere que le abra la puerta?

El licenciado Argueta extendió su brazo hacia atrás y con cierta dificultad le abrió la puerta trasera del carro a Leticia. Entonces sí, se le iban y venían los colores de la cara. Estaba muy avergonzada por su actitud.

¡Hay Dios mío! Dijo Leticia, ¿Qué va a pensar de mí el licenciado Fito? Menos mal que no le dije todo lo que pensaba.

Entró calladamente al auto, se sentó y el motorista inició el viaje a los tribunales. Entonces ella se aproximó a su cuello y le dijo quedamente sobre el oído derecho: discúlpeme Fito; es que no me había fijado que el carro era de los nuevos de cuatro puertas. Creí que era de los de antes, de dos.

– No hay problema Leticia, olvídese; pero ¿Verdad que es un caso de un familiar el que te tocó?

– No Fito, es de un joven reincidente de violación, eso es todo. Es que estos…, babosos no entienden. No se componen.

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