El doctor tomó su estetoscopio, me colocó las olivas en los oídos y la campanita en el pecho, en el lugar donde está el corazón. Así fue como se estimuló la inquietud que yo tenía sobre ser médico.
Por: Dr. Adán Figueroa.
Ilustración: Mely.
El doctor Bonilla (David Alexander Bonilla) se disponía a iniciar su clase de cardiología con los estudiantes de medicina de la Universidad de El Salvador en el auditórium del edificio “anexo”, junto al moderno edificio construido para la consulta externa, que cuenta con muchas comodidades para los galenos. El tema de la clase era: “Los ruidos cardíacos”, de la materia Semiología.
Después de unas palabras introductorias, el doctor Bonilla llegó específicamente a los ruidos cardiacos, señalando que eran los escuchados al momento de la exploración cardiaca.
Normalmente, son dos ruidos separados entre sí por dos silencios, uno pequeño y un gran silencio. Al colocar su estetoscopio ustedes oirán: lub-dub, lub-dub, lub-dub. De pronto el doctor Bonilla perdió su mirada en el horizonte por unos segundos. Disculpen les dice a los estudiantes, pero para información de ustedes, esta es mi primera clase con la Universidad, y precisamente ahorita, se vino a mi mente la primera clase de medicina que yo recibí en la consulta del edificio junto al nuestro. Si me permiten unos minutos les voy a contar esta breve historia:
Yo tenía siete años y mi mamá me llevaba a consulta con un neumólogo de este hospital. Era un señor ya mayor, tenía la cabeza nevada, medio calva, con una gran experiencia acumulada con el correr de los años.
Era un buen médico y muy buena persona. Así comentaban muchos padres que llevaban a sus hijos con él y los míos eran de esa opinión, porque yo era uno de ellos. Yo vivía en aquel entonces, en la colonia California, que queda allá por la carretera a los Planes de Renderos y la autopista a Comalapa. Hoy gracias a Dios vivo en una colonia mejor y más segura que es lo importante.
Esas palabras captaron la atención de los estudiantes, en especial, de uno que estaba sentado casi al final del auditórium, Alejandro, el más inquieto de todos y quizá el más inteligente.
Pues como les decía, mi primera clase de medicina fue a mis siete años y fue de cardiología, específicamente sobre los ruidos cardíacos. Yo estaba pasando consulta porque padecía de asma, gracias a Dios, se me quitó. Todo comenzó esa mañana cuando le pregunté al neumólogo:
– Oiga doctor ¿Y eso para qué es?
– Esto es una almohadilla, me dijo.
– Yo quiero una, ¿Dónde las venden?
– En las librerías, pero ¿Para qué la quieres?
Entonces intervino mi mamá, es que dice que quiere ser médico y quiere tener su propio sello.
– ¡Ah! Le dice el neumólogo y por qué quieres ser doctor?
– Quiero curar a los niños como usted lo hace.
– Pero ser médico es muy difícil. Requiere de mucho estudio, nunca dejas de leer y cuando te gradúas, cuesta conseguir trabajo sobre todo en estos días. Bueno, pero ahorita acércate un poco te voy a examinar, le dice el neumólogo.
Le oye sus pulmones, el corazón y al final le ve la garganta.
– ¿Qué oyó? le pregunté. Me acuerdo porque mi madre me lo ha contado varias veces
– Tus pulmones están bien. Todo está bien, dijo. ¿Estás seguro que quieres ser médico?, volvió a preguntar.
– ¡Claro!.
– Entonces, acércate de nuevo.
El doctor tomó su estetoscopio, me colocó las olivas en los oídos y la campanita en el pecho, en el lugar donde está el corazón.
– ¿Qué oís?, me preguntó
– Pum, pum, pum,pum
– Fíjate bien, los ruidos del corazón se oyen así: lub-dub, lub-dub, lub-dub
– Óyelos otra vez.
– Me puso de nuevo el estetoscopio en los oídos. Mi mamá me miraba fijamente y de pronto un silencio se apoderó del ambiente. Sonriente mi neumólogo me dijo: sí te gusta la medicina. No sé qué cara tenía, pero yo estaba recontento.
– Así fue como se estimuló la inquietud que yo tenía sobre ser médico y aquí me tienen ustedes ahora en mi primera clase sobre los ruidos cardíacos.
El doctor Bonilla continuó su clase hasta el final. A la salida lo esperaba un joven estudiante, quien le dijo:
– Dr. Bonilla
– Dime, en que te puedo ayudar.
No, nada; solo quería decirle que el doctor, el neumólogo que le dio su primera clase, fue mi abuelo; el abuelo Adam.