La navidad de Don Cerón o coronel campana

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Fue la más feliz de mis navidades. Porque la felicidad de gente como nosotros no está en las extravagan-cias, sino en lo simple, sin ataduras, sin un reloj, me basta tu compañía y la del perro.

 

 

Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.

Ilustración: Samya Benítez.

NUNCA SE IMAGINÓ ESTAR SENTADO CERCA DE UN FOGÓN CON UN CHORIZO. Pero así fue su primer Navidad en la pobreza de don Campana allá por 1982, cerca de un basurero de la ciudad de Nejapa, en El Salvador.

Le quitaron su terrenito con el rancho en San Roque, que tanto le costó pagar a una fraudulenta corporación de lotificadoras embaucadoras, no le dieron su pensión, además cansado y viejo con la piel curtida por el sol de treinta y cinco años de colar arena y hacer tubos de cemento.

Eran 35 años de comer panes con frijoles y una botella con agua del grifo. Aguantar la caminata de siete kilómetros ida y vuelta al trabajo, lluvia y sol era su bendición a falta de paraguas.

Un perro sin dueño, de pelaje con manchas, enorme, desnutrido y enfermo lo siguió hasta su champa desde el basurero de la iglesia, en donde siempre encontraba materia prima en su desgracia, con la compañía del perro se hicieron amigos, ambos tenían en común él hambre y la injusticia.

En sus esfuerzos por la jubilación perdida se refugiaba con los estudiantes de la universidad para que le hicieran escritos muy bien dirigidos a su estimada persona: Señor ministro de trabajo, ministro de Hacienda, al señor Procurador de Pobres, con la misma respuesta: “que nos envíe en triplicado de papel sellado de diez centavos de colón, y se le dará la debida atención, o que vuelva el próximo año para saber si sale algo estimado señor”.

Fueron los días de correteos de la gente debido a los bombazos y tiros de fusilería de civiles bien armados contra militares. Desbarataron de un cañonazo la torre de la iglesia, los niños del coro que cantaban “Blanca Navidad” salieron en desbandada por el pánico. Era el comienzo de la guerra.

Se quemaron llantas, incendiaron buses, las manifestaciones contra el hambre y el desempleo, por tener a los mismos en la “guayaba”. Metralla y estruendosos dinamiteros sorprendían las noches; muchos no regresaban a sus casas, estaban desaparecidos o se habían ido a las montañas, unidos por la peste de la revolución y los emblemas rojos de la guerra.

Pero el tiempo de pobrezas y guerra llegó con los aires de Adviento, los villancicos tan bonitos: incluso “el porro El Año Viejo”, con el aroma a pavo, a pizza, a talco para nalga de niño, y olor a pastel porque así olía el basurero del Gran Hotel para ricos, en donde don Campana iba a esperar que botaran las sobras del jolgorio.

Recogía trozos de pastel de melocotón, botellas con residuos de Oporto, trozos de pavos que los ricos dejaban para la basura, arroz a la Valenciana aún con cucharas descartables con color de carmín, las aceitunas de Egipto, los pastelillos de piña, los plátanos en almíbar, los arenques en salmuera, trozos de queso Chedar, huevos de codorniz y otras exquisiteces que recogía con metódica paciencia entre tanta basura de otros, que ni los empleados del hotel querían, para él una despensa en su miseria.

Los ordenaba en una caja de madera que también había recogido en un basurero, le puso rodos de baleros y se las ingeniaba para ir a vender dulces con ella, sentado cerca de un motel desgraciado para los urgentes de amor de tres pesos en el motelito “Bogle”, muy cerca de una quebrada hedionda y con mosquitos, en el puente de la segunda avenida norte rumbo a la ciudad de Mejicanos.

Ahí se asoleaba el pobre esperando que una negociadora del sexo, muy fea por cierto, que parecía chorizo amarrado muy mal, y con un ojo que tiraba la puntería hacia el lado contrario del otro, iba a comprarle un bon-bon de fresa. Un bonachón mecánico le regalaba el almuerzo del cual comía poco para llevarle a su mujer.

Acostumbrado a ser visto como animal raro y su sombrero de fieltro sucio y un trapo, hacía que más parecía un soldado de la Legión extranjera; había perdido toda esperanza en la justicia.

Pero siempre daba gracias a Dios cuando podía comer algo y llevarle otro tanto a su vieja y al perro flaco que siempre lo recibían muy contentos, esa era la alegría del viejo don Campana.

Hasta que lo revolcaron los hombres uniformados de verde y lo curaron otros muchachos de vestimenta negra con fusiles para la revolución, ubicados en los vericuetos del volcán. Hasta ahí supo que había otra forma de hacerse oír. A tiros y bombazos.

Se fue con ellos una caminata en que perdió los zapatos apretados y se le rompió el único pantalón de vestir que era de la época de Gardel, se lo regalaron después del funeral de un abogado obeso y diabético; y su vieja se lo agarró a puntadas de zapatero de manera que vino a ser el pantalón de los domingos.

Los muchachos lo vistieron con ropa camuflada, aprendió a disparar y le regalaron un fusil con mira telescópica, lo llevaban a las incursiones más encarnizadas y era el más entusiasta que para sacarlo de los enfrentamientos había que irlo a traer con cinco hombres energúmenos, dos cinturones de tiros le cruzaban el tórax, un sombrero negro de alas anchas amarradas con un lazo verde le cubría el cabello peinado al centro.

Fue entonces cuando su mirada se volvió mesiánica y guerrera. Se volvió un hombre peligroso, aguerrido con ascenso a comandante de la regional norte. Su lema era “hasta allá, más del tope”.

Organizó la toma del palacio Legislativo con una meticulosa y certera estrategia que sorprendió al ejército y a los parlamentarios vestidos de cuervos, asustados al ver a un anciano de 80 años disfrazado de Santa Claus y un ejército de quinceañeros con armas de alto calibre y dinamita como para volar cinco cuarteles, sostuvo conversaciones con el Secretario de las Naciones Unidas, el Señor Vladislav Ilich Do Pereira, a quien no solo le explicó las causas de la revolución por las innumerables injusticias de los países latinoamericanos, las atrocidades en los campesinos, los detalles de la corrupción desde la época de la colonización y los bergantines cargados de guacamayas y barriles de polvo de oro para la Europa y de lo cual nunca se había regresado más que algunos sacos de maíz con gorgojo y aceites vencidos; y de las cuentas en los bancos de las Islas Caimán, de los bombardeos en los cerros, la metralla nocturna y otros detalles que comenzaron con las acciones de Sandino; terminaron bebiendo de la misma botella y jugando dominó entre el café y repostería de las tres de la tarde, el día de el anunciado bombardeo a Guazapa, salieron tan limpiamente como entraron sin disparar un tiro.

Esa noche recordaba que un año antes, después de recoger las sobras del hotel, llegó a un ranchito muy cerca del basurero de Nejapa, pues ahí vivía con su mujer y el perro entre unas láminas y plásticos. Esperaron la Navidad y lo único que tenía para comer era un chorizo y tres tortillas de maíz, esa noche puso agua y café en el perol, sobre el fogón y con una vara de bambú atravesó el fiambre para calentarlo, tostó las tortillas y con la misma vara corto en tres el chorizo, eran las once de la noche de Navidad. Disfrutó del ruido de la cohetería lejana, las luces artificiales, imaginó comer pavo en salsa y dormir sin mosquitos al menos esa noche.

Así fue la cena y muy a gusto tomaron el café alumbrándose con el fuego que chisporroteaba a manera de fuegos artificiales. Era feliz, sabiendo que hasta el perro comió con él y su vieja. Se abrazaron con el animal y lloraron de alegría, de estar vivos en la miseria.

El año siguiente estaba pensativo mirándose las botas de comandante de guerrilla, agarrando su fusil Dragonov, vio a su mujer palmeando las tortillas para la tropa, el perro flaco moviendo la cola, mientras el enorme perol de los frijoles que casi estaban a punto; las quince gallinas eran removidas asándose sobre las brasas candentes y el aroma del café le llegaba con los villancicos navideños que se escuchaban en un radio de pilas de un muchacho correo de la guerrilla, apodado “Araña Canizález” que siempre andaba comiendo naranjas y riéndose de cualquier cosa, incluso de los bombardeos ocasionales; o deslizarse entre las barrancas, cortar guineos majonchos y hurtar gallinas del mercado, a veces llevaba la cabeza de un chancho cocinado con yuca, pedazos de queso y panes duros para aumentar los pertrechos de la insurrección.

Ese día pasó en medio de la guardia militar con un maletín con armas sin que lo detuvieran, pues brincaba como conejo entre los barriles para la basura y se perdía entre los vericuetos de las barrancas muy conocidas por él desde los tres años de edad.

Don Campana siempre lo recibía con un abrazo y un café de maíz con semita de afrecho. En esos días, Don Campana tenía en uso unos lentes con aros circulares de oro macizo que fueron del General Sandino en los años veinte.

Se había anunciado tregua entre ambos bandos, para que la población civil tuviera un respiro navideño, para seguir la angustiante guerra civil durante los otros 337 días del año. Lo cual era tiempo para mover piezas de artillería y pertrechos entre los canastos y camiones con los juegos mecánicos de las festividades, así como los militares hacían lo suyo.

En el campamento de don Campana organizaron una fiesta de fin de año amenizada por las canciones de los Guaraguao, Víctor Jara y después de establecer la guardia estratégica, repartieron chicha fuerte con cerdo asado y tortillas de maíz, el grupo musical los “Papagayos del norte”, tocaron “Navidad vais alegre cantando”, “Aquellos diciembres”, y desde luego la cumbia “Se va tu lagunero negra”, “La cumbia barulera”, don Campana no soltó su fusil y bailó con su vieja y también con el perro flaco.

Puso una hamaca y se acostó mientras fumaba el chinchorro, y garrapateaba en un papel las rutas a seguir de la guerra. Su vieja le llevó un tazón de café y un trozo de semita mieluda. Se sentaron juntos para beber del mismo café mojando el pan en el tazón, se agarraron de las ásperas manos con olor a pólvora y cebolla.

– Te acuerdas de la Navidad con un chorizo, dijo él.

Sí…

– Fue la más feliz de mis navidades. Porque la felicidad de gente como nosotros no está en las extravagancias, sino en lo simple, sin ataduras, sin un reloj, me basta tu compañía y la del perro. Y sé que hay ricos que no disfrutan como nosotros.

– Entonces, por qué luchamos esta guerra?, dijo ella.

– Lucho por mi pensión y tener mi rancho, quizá si me dan la pensión, comprare chorizos y longanizas para la próxima Navidad y chocolate con canela; diré que el año viejo me dejó más que una yegua blanca y un rancho, me dejo amigos de pobrezas y si hay pensión seguro habrá un chorizo asado y compartido en familia. Porque de un chorizo comen tres pobres siendo felices en la Navidad y año nuevo.

Ella le dio un abrazo y el perro se acercó, el fogón del perol de los frijoles les dio calor, bajo una noche constelada.

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