La mancha de zanates

“Fíjese que la noche que desapareció, desde bien temprano de la tarde llegó un zanate a la casa; allí se quedó cantando en una rama de un palo de jocote”.

 

 

Por: Dr. Adán Figueroa/Ilustración: Mely

Siempre era la última en irse a dormir. Su cuarto estaba al final del patio y por eso disfrutaba de una calma y silencio fenomenales, en especial en sus horas de descanso; pero todo eso cambió desde el último día que fue a su pueblo natal.

Tenía dieciocho años, era morena, delgada y muy activa en sus quehaceres, pero su trabajo específico lo hacía en forma deficiente. No le gustaba cuidar de los niños.   ¡Jamás! decía, yo no nací para eso o eso no es para mí.

Cada día se la veía más ansiosa, inquieta, tanto, que su jefe le preguntó una noche que no quiso irse a dormir a su habitación; bueno Mirna, dime; ¿qué es lo que te está pasando? ¿Tienes algún problema? Dime lo que sea, yo trataré de ayudarte, si está dentro de mis posibilidades.

– No es nada don Beto. No me haga caso.

– ¿Segura?

– Bueno, la verdad es que a veces me da miedo estar sola en el cuarto.

– Pero ¿por qué? si aquí está todo seguro.

– Es que a veces, cuando veo por la ventana hacia el palo de sunza, veo un pájaro grande, como si fuera de esos que se bañan en los bebederos y que matan a las indefensas tortolitas y les comen los sesos.

– Te refieres a los zanates.

– Sí, a esos que todos los pájaros les tienen miedo

– Pero eso no es problema, el pajarraco no te hará daño.

– El problema es que una noche lo vi por la ventana, ahí estaba mirándome; entonces me armé de valor y salí para verlo de cerca. Al llegar bajo del palo, alumbré con una lamparita vieja que tengo, para estar segura lo que miraba y no había nada, cuando regresé al cuarto; ahí estaba de nuevo, viéndome. Sentía como si se riera de mí. ¡Bueno Mirna!, me dije, aunque cipota tenés los ovarios bien puestos, ¡esa cosa no te va producir ningún daño! Me acosté y me dormí.

– ¿No pasó nada Mirna?

– No, nada. Solo que en el cuarto amaneció un poco de pupú en el piso, como si un pájaro hubiera dormido adentro.

Pasaron los días y la Mirna siempre se quejaba de las noches, porque se le había hecho costumbre ya, el zanate siempre la visitaba y hasta llegó a picotearle a la ventana. Ella estaba consciente que los pájaros no ven de noche y por tanto no pueden volar, pero, nadie le sacaba esa idea de su cabecita.

Un día le dijo a su jefe: Don Beto, usted me disculpa, pero yo ya no puedo seguir trabajando con usted. Ese zanate me va a volver loca o me deja como a las tortolitas.

– Esta bien Mirna. Vete con tu familia y no te preocupes, no te pasará nada ¡Qué lástima!

El tiempo pasó y la familia de Beto siguió su vida normal. Seis meses después llegó la mamá de Mirna a la casa de Beto, quien la recibió con toda amabilidad como era su costumbre.

– Aja, dígame, ¿qué pasó con Mirna?

– Pues sí, por eso vengo. Mi hija se fue de la casa. ¡Desapareció! y no sabemos nada de ella. Por eso vengo a verlo, para preguntarle si usted sabe algo de ella. Venía con la esperanza que aquí estuviera.

– No, disculpe. Desde que se fue, yo no supe más de su hija.

– Ella me dijo que estaba bien aquí, se sentía contenta porque la trataban bien. Pero llegó diciendo cosas raras de unos grandes pájaros negros con un plumaje casi azulado que no la dejaban dormir. Fíjese que la noche que desapareció, desde bien temprano de la tarde llegó un zanate a la casa; allí se quedó cantando en una rama de un palo de jocote. Luego otro, otro y otro e hicieron una gran bulla con su cantar. Porque eso sí, son bien bulliciosos, aunque cantan “requete” bonito. Ya oscureciendo voló la bandada de zanates y cuando fui a buscar a mi hija a su cuarto, no estaba ahí y no la encontré por ningún lado.

– Una vecina me dijo que salió de la casa como sonámbula, en el preciso momento que una mancha de zanates volaba en una algarabía sin precedentes.

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