Ilusión y magia de París

A las dos de la madrugada sentí que alguien me miraba y en la ventana de vidrio del séptimo piso, ahí estaba parada en el vidrio mirándome y moviendo las alas. Era entonces de color verde.

 

Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.

Ilustración: Ulises Palacios.

En un viaje por arte en Europa estábamos en el atrio de la iglesia de Nuestra Señora de París; había llegado el verano con calor agradable, era junio de 2005.

Recién habíamos salido de observar con cuidado milimétrico ese monumento histórico con sus gárgolas espectadoras, que ilustran las situaciones literarias de la religión del siglo antepasado por el gran Vítor Hugo, en El Jorobado de “Notre Dame”, que miran las expectantes caras de monstruos hacia las aguas tranquilas del Sena.

Había mucha gente de diferentes nacionalidades pero sobre todo asiáticos, entre ellos chinos, coreanos, camboyanos y otros de ojos oblicuos que ni entre ellos se entendían. Como la curiosidad es el hambre del espíritu, también mi esposa y yo corrimos a ver qué sucedía.

Fue cuando vimos a un asiático diminuto con cabello morado y parado, de pocas carnes, con camisa manga larga muy ajustada al igual que el pantalón, vestía de negro intenso.

Zapatos para caminante. Con sus dientes que no lograba guardar, demostraba aún más una sonrisa en moneda dura, en euros. Se movía con cuerpo de baletista, en expectativa de gran función en la calle.

Sacó de la nada un pañuelo pequeño cuadrado de papel muy fino como de mantequilla, lo extendió ante los curiosos que nos apiñamos más hacia el centro del círculo; lo movió hacia los cuatro cuadrantes.

Después, enfrente de todos comenzó a doblarlo y retorcerlo con mucha destreza hasta que posó sobre su mano derecha una libélula blanca que movía las alas, cada vez más rápido.

Subió la mano, le dijo algo en su idioma, sin impulso, muy despacio la libélula comenzó a volar muy cerca de nuestras narices, de nadie se dejaba tocar; después de varias vueltas completas, volvió a la palma de la mano de donde había despegado.

Entonces la desenvolvió, dejándola caer se incendió, esperábamos ver las cenizas pero no cayo al suelo, sino otra vez se levanto reconstruida la libélula y se fue volando sobre el río Sena.

El chino, contento contaba los billetes mientras sonreía por los aplausos nutridos. Alcancé a verle en la bolsa del pantalón más papelitos de mantequilla.

Muy intrigado por eso estaba, pero me despabiló el olor de los árboles del Champ Elisee.

Nos fuimos hacia una cafetería muy agradable, con meseras hermosas que hablaban hasta en Arameo y pedí un expreso que tardé dos horas en tomarlo; no pude dormir por el café y por la intriga de la magia de la libélula de papel.

A las dos de la madrugada sentí que alguien me miraba y en la ventana de vidrio del séptimo piso, ahí estaba parada en el vidrio mirándome y moviendo las alas. Era entonces de color verde.

Me detuve frente a ella, comenzó a aletear liberándose de la gravedad con rumbo al cementerio en donde yacen los grandes artistas en espera de las rosas o algunas velas de los admiradores, en especial James Douglas Morrisson, conocido por Jim Morrison, cantante de The Doors; también el gran pianista Chopin, autor de la Polonesa; el escritor Miguel Ángel Asturias, premio Nobel de literatura, guatemalteco.

Tomé el metro siguiendo mi instinto de escritor novato y llevando unos manuscritos de una novela para Radio France, me bajé en Pare du Chalesse. Compre un mapa del cementerio. Hacía calor y bebí de los grifos, en donde habían letreros: “cuidado porque el agua tiene cianuro”, pero la sed era más grande que el miedo la sentí tan fresca y sabrosa, que llene un recipiente de plástico para más tarde, acostumbrado a las aguas del trópico, hasta con larvas de mosquitos.

Pregunté en un francés que daba lástima; un joven me dijo en buen inglés: “siga las libélulas ellas lo llevan”.

Vi los monumentales jardines bien cuidados, que más parecía un parque de lujo. Me fui observando las fechas de algunas lápidas; había de personas de alcurnia de la época de Napoleón, nombres de señoras desconocidas, nombres bonitos de niños que murieron de poliomielitis, otros por tifoidea, así como de otras enfermedades que ahora se curarían fácilmente.

Mantuve el paso y a medida que subía la pendiente adornada de naturaleza viva se iban sumando los admiradores de Jim Morrison, de manera que cuando llegué alcancé a ver unos enormes barrotes de metal y la multitud que cantaba: “Come baby let my fire”.

Acompañados por guitarras, además de panderetas, por la muchedumbre se oía tan bien que me sumé al coro que terminó en un aplauso de estadio.

Un enorme policía de tez muy morena fue suficiente para mantener el orden con un garrote de ébano como su piel, pero todos éramos gente pacífica, cantando , diciendo hurrras por los buenos tiempos del rock and roll, el olor a marihuana era tan intenso, que con solo respirar me sentí en otro planeta de amor, de paz, de buen café con croisant.

Hasta que vi la hora, que era para ir a dejar mi novela, aún volaban cerca las libélulas de papel blancas y verdes; las sacudí con la mano, vi que estaba el chino desnutrido haciendo otros trucos. Me quedé mirando mientras el tiempo se detuvo otra vez, me dejé llevar por estar en el otro lado del mundo. Al fin y al cabo la literatura se añeja como el mejor vino castaño o tinto.

Al asiático le hicieron una enorme rueda cuando sacó un frasco de perfume Chanel, dejó caer su contenido en su cabeza, lo vimos que se fue disminuyendo de tamaño hasta que quedó más pequeño que el frasco y se metió en este. Otro chino lo tapó cerrando la rosca.

Llegaron varias libélulas de papel agarrando con sus patas al frasco, subieron haciéndolo volar cerca de las cabezas curiosas; vi al chinito riéndose dentro del frasco con su traje negro. Quise agarrarlo pero regresó a la mano del que lo había enroscado dentro; esa fue mi sorpresa, era el mismo chino del frasco sonriente que lo sostenía, reía recogiendo billetes en abundancia.

– “Caramba -dije- esa marihuana es de la buena.” Pero no. El bueno era el chino.

Fui a dejar mis escritos a Radio France, después visité el museo del Hombre. Salí a comer una Crepé de jamón con un refresco, enfrente estaba el museo de Louvre .

Salí con los pies hinchados porque estuve ocho horas observando sin haber completado el recorrido.

Me llamó la atención ver muchos asiáticos en grupos de hasta veinte por guía. Algunos tomándose fotografías frente a la pintura de “La coronación de Napoleón”, muchos otros haciendo cola para navegar en las lanchas puntuales en el remanso del río; todos llevaban un maletín blanco de lona o una cámara, era un ejército clonado con dientes grandotes.

Los botes en el río Sena iban con buena luz de sol a las siete de la noche, desde luego me subí. Escogí un asiento estratégico para ver y oír al guía, al regresar a las 10:30 p. m., comenzó a iluminarse la Torre en orden ascendente haciendo un juego de mágicas luces de espectáculo, que solo viéndolo puede imaginarse lo impresionante de su arquitectura centenaria. Con un faro enorme que alumbra Francia en un círculo de 360 grados.

Llegué agotado al hotel, me bañé, tomé una exquisita taza de café que con solo el aroma me sentí en el Olimpo. Al reanimarme salimos (con mi esposa) a comer al Chatou D’alessia.

Sabrosa comida del Mont Martre, carne con verduras en salsa de hongos, una copa de vino con pan bastante añejo. La noche era bellísima, me fui a dormir para levantarme temprano. En la mañana cuando abrí la puerta ahí estaba otra vez la libélula de papel. Pero la dejé pasar apartándola de un manotazo, porque recordé que tenía que ir a conocer la buhardilla donde durmió García Márquez, además el cafetín donde Pablo Neruda escribió su discurso del Nobel. Después al paseo a Capri. Así lo hicimos.

En la tarde libre nos fuimos con mi esposa que se detenía en cada perfumería a querer comprar una dotación para diez años. Yo me probé de todo lo que me ofrecían las francesitas; salí tan perfumado pero solo compre un frasco de Black Noir. Así tenía el pretexto de regresar por otro al siguiente año.

Llegó el día de salir para Caláis, nos entrevistó un inglés ya mayorcito de casi tres metros de altura, muy amable, sonriente, vestido todo de verde olivo y con pistola inglesa, quizá luchó en la Segunda Guerra Mundial cuando era niño.

Subimos al Ferri, nos acomodamos en una sala que parecía de cine, asientos mullidos color ocre, sacamos unos panes con jamón, además jugo de melocotón, me comí hasta las migajas. Subimos a la plataforma superior, vimos las olas molidas por las potentes hélices del barco con rumbo a Dover, pasamos la niebla espesa pero aún así nos quemó el sol de la costa.

No dormí durante el viaje en autobús, vi las enormes extensiones de grama recién cortada con rebaños de ovejas negras, caballos pura sangre con sus capas numeradas con gorros, con lentes, briosos, listos para oír el disparo de salida.

Vimos la catedral de Kentburry asombrosa, los ríos limpios con ingleses pescando mientras hacían la siesta o comían manzanas. Pasamos por el meridiano de “Greenwich”, hasta que llegamos al Hotel de Londres muy cerca del museo británico, hasta el monumento a Mahatma Gandhi. A Gandhiji le habían llevado ofrendas en incienso, candelillas, metal en granos que parecían de oro. Fue cuando volví a ver otras libélulas de papel en los árboles, las aparté para tomar la foto de la estatua en posición de loto. Súbitamente llovió tenue. “ Se van a deshacer las libélulas”, pensé .

Cenamos en The Food Pampadou, comida hindú sabrosa. Hasta después supe que era carne de cobra con trozos de mangosta en curry.

Caminamos en las calles bulliciosas de muchachos alegres, preguntándoles con señas de mano, la ubicación del Soho, el barrio chino, nos señalaron con ademanes de: sigan las libélulas de papel.

– “Estos van borrachos”, pensé. Pero llegamos con o sin libélulas.

Después fuimos a Picadilli Station en los pasillos bajo la luz de los focos estaba un aborigen australiano, soplando muy armónicamente un tronco retorcido, además de hueco; cantaba con la acústica de la estación.

Yo Había tomado dos cervezas tibias según la costumbre, pero bien recuerdo que con aquella música danzaban alrededor tres libélulas de papelillo. – Aquí anda el chino de lo trucos-dije- pero no lo encontré. Subí las gradas ahí me topé con dos enormes caballos de mármol oscuro, una fuente les bañaba las crines, solo les faltaba salir galopando, eran hermosos ejemplares.

Bajé a buscar al nativo con su tronco armónico, pero ya se había retirado, encontré una Madonna cantando “La Isla Bonita”, aún volaba una libélula extraviada por el chino. Me quedé a bailar con la mujer bonita, después de colocar varios euros en un estuche de viajero hasta que se le terminó su turno.

Salí en busca del chino en el Soho, pero solo habían mujeres que conducían carritos tirados por bicicletas. De eso vivían, de nosotros. Me acerqué, les pregunté por el chino, de dónde actuaría.

– “Venga -me dijo una inglesa enorme- súbase”. Corrió pedaleando sobre las calles de las cervecerías calientes, hasta llegar al estacionamiento cerca de la catedral , me subieron cargado al tren subterráneo hacia Francia, llegamos a la misma iglesia y atrio, de la forma que lo miré la primera vez, ahí estaba el chinito con su traje apretado, negro, en medio de un gentío con billetes en la mano.

Me acerqué entre codazos, con patadas que me dieron, otras que devolví al azar hasta que llegué al frente; ahí estaba, hizo ademanes dignos de Houdini, y comenzó a trepar como chango por la pared central de la iglesia de maderos, llegando hasta el campanario, se paseó por los bordes y dejó caer una enorme gárgola que se hizo añicos en la plaza. Nos quedamos con la boca abierta mientras otro chino idéntico comenzó a pedir el dinero para el final de la función, “la Morte d’le Gargolet”, decía medio mudo.

Entonces, después que nos despojaron hasta del desayuno, nos quedamos esperando, mirando hacia donde se movía el chinito. Llegó al sitio despejado del monstruo de argamasa destruida; quitándose la camisa y el pantalón, los tiro desde la altura, nos llovieron libélulas de papel, él se sentó en el sitio, se nos quedó mirando mientras se transformó en la misma gárgola que había tirado antes.

Cuando revisamos en dónde estaban los añicos solo vimos sus pantalones con la camisa que recogió el otro chino en calzoncillos poniéndoselos se alejó con una maleta de dinero dejándonos con la interrogante.

El sabor de la madrugada en París, lugar en donde nacen los artistas, poetas, escritores, pintores, músicos y genios de la ilusión, la magia del buen café que en verdad sabe a bebida para dioses.

(Este relato es basado en una verdad que vi, aún tengo presente el truco de la libélula aun guardo el papel en un mapa, como la ilusión más grande que he visto y narrado de ese sitio que me inspiró Víctor Hugo, La Catedral de Nuestra Señora de París.)

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