Al poco rato todo volvió al completo silencio. Padre e hijo se levantaron a ver la jaula y estaba vacía, todo igual como ellos la habían dejado.
Por: Dr. Adán Figueroa.
Ilustración: Mely.
No era la primera vez que la familia de Gabito había sufrido por culpa de la zarigüeya, ese animal feo que llamamos tacuazín. Óscar se había comprometido con sus padres a cuidar la casa mientras ellos andaban de viaje.
Vivían en una zona rural, aunque muy próxima a la capital, pero la casa era bonita con un patio trasero amplio, lo que permitía que algunos animales domésticos disfrutaran de la estancia al igual que muchas aves como palomas, tortolitas, tordos, clarineros y muchos más, hasta algunas ardillas se colaban de vez en cuando.
No era casualidad lo de esa noche, pues en dos ocasiones previas les había ocurrido que un tacuazín hambriento o más bien sediento, pero de esa sed que se calma con sangre, el no muy bien visto tacuazín, le había cortado de una mordisqueada la cabeza a una gallina miniatura.
La pobre gallinita Josefina, nombre que se le dio por el recuerdo de una canción antigua, no tuvo tiempo de suspirar, su pequeño cuerpo quedó decapitado en el suelo y fue visto hasta un día después.
El gallito jaspeado de blanco y negro seguramente solo se limitó a hacer mucha bulla pues era impotente para enfrentarse al astuto tacuazín. La amabilidad y caballerosidad que mostraba con su pareja a la hora de las comidas no le sirvió de nada.
Siempre se había caracterizado por cuidar de que a la gallinita no le faltara alimento. Si encontraba entre la verde grama un insecto apetitoso, lo inmovilizaba de un picotazo e inmediatamente llamaba a su compañera para que se lo comiera y así era siempre cuando les tiraban algún alimento cuando andaban libres en el patio.
El gallito siempre le facilitaba lo mejor e incluso se quedaba sin comer porque ella lo hiciera, le danzaba maliciosamente y le susurraba alguna cancioncita. Al final, se veía a la gallinita Josefina sacudir felizmente su emplumado cuerpo y seguían en su rutina.
Pero una noche fue el acabose. El malvado tacuazín le quitó la vida a dos diminutos pericos australianos, eran salvadoreños por nacimiento y vivían en completa calma, sin el más mínimo temor de ser deportados a las tierras de sus ancestros.
Elsy, la dueña de estos animalitos, no se explicaba cómo había sucedido y no olvidaba lo de los pericos. Era casi imposible el acceso a ellos, pues su jaula tenía una maya de alambre muy tupida, pero no lo fue para el tacuazín. Este con su lengua filiforme le arrancó una pata a cada periquito y de dolor o sangramiento murieron durante la noche.
Eso hizo que el vaso de la paciencia de Elsy rebalsara y con su esposo se dispusieron a tenderle una trampa al non grato tacuazín, lamentablemente el viaje estaba próximo y no tuvieron el tiempo para llevarlo a feliz término. Por eso fue la fuerte insistencia con Óscar ¡Cuídame las gallinitas! A mi regreso quiero verlas completas.
La primera noche Óscar no durmió esperando a que llegara el tacuazín. Gabito se durmió como a las diez de la noche y el famoso animal no se apareció.
Mira hijo, le dijo Óscar a Gabito, le vamos a poner una trampa como lo hacía tu abuelo cuando cazaba palomas en su pueblo. La tarde de ese día le dieron vuelta a la bodega en busca de algo que les fuera útil.
Por fin encontraron una pequeña jaula para pericos y Óscar la adecuó meticulosamente para atrapar al tacuazín sin causarle daño. Le puso un trozo de carne atado con una pita al interior de la jaula y amarrado a la pequeña puerta de esta, de tal forma que cuando el tacuazín se comiera el trozo de carne soltara la pita y la puerta se iba a cerrar automáticamente.
Todo este proceso había sido supervisado por Gabito, quien estaba ansioso por ver los resultados el próximo día.
Esa noche nadie dormía. A eso de las diez, dice Gabito: papá, papá ya vino el tacuazín.
– No hagas bulla, se puede escapar.
Al poco rato todo volvió al completo silencio. Padre e hijo se levantaron a ver la jaula y estaba vacía, todo igual como ellos la habían dejado. Siguieron en vigilia hasta como a las doce de la noche y no percibieron ruido alguno, hasta que el sueño se apoderó de los dos.
Al día siguiente muy temprano de la mañana, entra Gabito a despertar a su Padre.
– Papá, papá, el tacuazín está en la jaula.
Óscar se levantó de un brinco y salió a ver si era cierto. Efectivamente, en la parte lateral y en una esquina de la jaula estaba el feo animal que los amenazaba enseñándolos sus filudos dientes y haciendo un crujido atemorizador para niño o grande y eso lo repetía cada vez que intentaban acercarse a él.
– Oye Gabito, este tacuazín está bien pequeño. Este no es el que mató a la gallinita Josefina.
Entonces es el hijo papá, dijo Gabito. ¿Y qué vas a hacer con él papá?
– Ni modo hijo, hay que quitarle la vida para que no moleste más.
Pero está chiquito papá. Mira como tiembla de miedo el pobrecito.
– Si hijo, pero cuando crezca se comerá otras gallinas.
Pero papá, mírale los ojitos de angustia y aflicción que tiene.
– Bueno Gabito, ¿Entonces, qué hacemos con él?
– Papá, ¿Y si lo vamos a dejar lejos de aquí, donde no hayan gallinas, ni pericos, ni otro animalito de los que ellos se comen?
Óscar se quedó meditando unos momentos y le dijo: Tienes razón hijo. Subamos la jaula al carro y vamos a buscar un lugar para liberarlo.
Dieron varias vueltas y recorrieron muchos lugares sin encontrar el sitio apropiado, hasta que por fin gritó Gabito.
– Aquí papá, aquí y señalo un pequeño terreno que está cerca de la colonia California sobre la carretera a Comalapa.
Óscar bajó la jaula y el temible animal ahora tembloroso de miedo no salía. No salió, hasta que Óscar y su hijo se alejaron un poco. Sus ojitos le brillaban, pero ya no se veía angustia en ellos, se dibujaba esperanza y cierto grado de agradecimiento.
Por fin salió y rápidamente subió a un árbol de laurel que estaba a la vera del camino. Óscar y Gabito recogieron su jaula y regresaron a su casa, mientras el pequeño animal seguiría luchando por su vida con gallinas o sin ellas, después de todo es un tacuazín.