Me fui a caminar al parque de los Ilustres, comiéndome una paleta de almendra y leche. Pero fue peor, porque a la par del parque está el antiguo cementerio con criptas sencillas y otras de alcurnia con domos.
Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.
Ilustración: Kuzucocreative.
Estaba tratando de dormir, pensando en la muerte inminente de tantas personas por el código uno del Hospital de Caridad.
Después de ejercer la medicina y saber que nadie se cura de la muerte a menos que resucite, me hizo reflexionar en cómo se va el tiempo en esta profesión de estudios, para seguir aprendiendo y experimentando hasta con salamandras y sapos, cobayos y caballos y vacunas por derivarse del ganado vacuno.
Hoy en estos primitivos días de América Latina en el año 2016, martes 7 de Junio a las dos treinta y cinco de la tarde, todo mundo se está vacunando contra la gripe H1N1, un virus mutante o fabricado o traído por los alienígenas.
La vacuna es para prevenir el ingreso de alienígenas diminutos y la humanidad se beneficia de esas sustancias cultivadas en las vacas, de ahí su nombre.
Así como para prevenir la poliomielitis, ya están haciendo la vacuna para prevenir la depresión; dentro de poco toda la humanidad andará sonriente y contenta, y será la mejor vacuna para no enfermarse.
A mí se me ocurre hacer una vacuna para que dure el dinero, pero esa aún está en experimentación y a quien se le ha aplicado presenta reacciones muy diferentes; algunos se vuelven tacaños porque eran elaboradas en ratones blancos y otros muy botarates en los Carnavales de San Miguel. Así que buscaremos vacas de tiempos de los siete años gordos, las de los siete años flacos se pondrán en frío seco, para tenerlas a buen resguardo.
Porque los cachos pueden servir para hacer navajas o para aros de lentes.
Pero bien, estaba tratando de dormir diez minutos mientras llegaba la hora de salir al otro trabajo, de pelar perros en una veterinaria, cuando sonó el teléfono móvil con un número desconocido de ocho fatídicos dígitos.
“Buenas tardes.”
Y una voz de una mujer, que de inmediato la relacioné con la muerte, contestó. Era una mujer soltera perniciosa por el malicioso tono de vendedora de coronas fúnebres.
– “Es usted don Salcedo Quijada y del Castellón?
“Sí. En que le puedo servir”, dije, pensando que era una cliente con varios perros muy peludos.
-“Soy Marina de la Contemplación y le hablo de Capillas Luctuosas de la Eternidad, para ofrecerle servicios fúnebres completos… Caballero.
“¿Y este número quién se lo dio?”, pregunté un poco dormido y molesto.
– “La base de datos”.
Es decir que la base de datos es como la Lotería de la Muerte, con un control apocalíptico y ese número de teléfono identifica a cualquiera al azar, en este caso el que conteste o ya lo tienen seleccionado como un espermatozoide en climaterio, para que lo asusten con ese fatídico paquete de último envoltorio de madera y rodeado de pan de dulce barato y café del peor; en una sala solemne como una biblioteca sin libros, en donde el difunto queda relegado a un sitio con aversión a su estado de lástima, entre cojines y flores del mercado San Miguelito.
Con rótulos con una frase que no sirve de consuelo para el que está ahí con su traje viejo y sin zapatos; con cuatro veladoras de a peso y alrededor pululando las parlanchinas de vestidos negros con adornos de encaje, de los enamorados de la familia de los dolientes si en caso les duele y que ni conocían al olvidado en ese estado de quien en vida fue.
Hablando de que el carro último modelo ya está a la venta ahorita en Marzo, que el teléfono último modelo está por venir a un costo mucho mayor que el velorio con todo y sepelio, con todo y cajón marrón con barniz del bonito, para que no digan que se fue en uno madera prensada de la alcaldía para enterrar un borrachín desconocido, por el qué dirá la gente.
-“Ja,Ja,Ja, niña… y tu marido cómo está? Y que bonitos los niños de tu sobrina que está en Canadá; a propósito ¿a quién le quedarán las propiedades del chato?; lo mejor es que regalen la ropa al asilo Sara. Es por el ‘hijillo’”.
“Gracias ya tengo mi lotecito con otra empresa”, le dije un poco molesto y recordando todos los códigos previos a la mortandad que había oído en el hospital como buen embalsamador de piezas y órganos que los cirujanos tiraban al frasco con formalina.
Me hizo recordar al patólogo más alto del departamento de dos metros y veinte centímetros, delgado y que en las mañanas muy temprano al entrar a ese lugar y cerrar la puerta, que es un museo espectacular de especímenes de terror.
Siempre lo veía salir con un enorme botellón con líquido ambarino y daba la impresión de que dormía dentro del formol, porque desde hace casi tres décadas que lo conozco y no cambia en nada su aspecto.
Siempre sonriente con el pelo parado y su cuerpo que se come una galleta y un botellón de agua, y parece que ese lugar le ha dado la tan buscada fuente de la preservación.
Sonríe con frases que dan risa; hasta de los semáforos para personas ciegas hace chistes.
-“Ahora pasaré la calle con los ojos cerrados ¡ja,ja,ja!”
El tecolote electrónico sonando a través de un artefacto eléctrico sincronizado, cerca del Hospital Rosales.
Me fui a pelar doce perros agresivos que me esperaban y después de cinco orinadas en los zapatos y de casi dieciséis mordidas de un Pitbull y dos Doberman.
Me fui a caminar al parque de los Ilustres, comiéndome una paleta de almendra y leche. Pero fue peor, porque a la par del parque está el antiguo cementerio con criptas sencillas y otras de alcurnia con domos, con ángeles alados traídos en barco desde las canteras de los Alpes Italianos.
Mirando hacia adentro del cierre de hierro con candado, las flores de papel encerado que venden junto a los elotes con queso el 2 de noviembre, de cada año, que más parece fiesta por los difuntos; con juegos mecánicos, papas con queso, estrellas de pan frito y panes con gallinas y verdolaga sin lavar, es decir un enorme sitio para divertirse y después llegar con diarrea a la casa si es que se llega sin embarrarse.
Además ventas de cocteles de conchas y cervezas bien frías para llorar y para reír acerca de cómo fueron en vida los difuntitos.
Pero en el parque me distraje con un perro gris muy amigo de mi alma, con los ojos bonitos como los de mi madre, “Aquiles” un perrito muy lambiscón y amoroso.
Vi las mujeres gordas de décadas queriendo rebajar en una semana todos los tamales con pan y pupusas de chicharrón que se comieron para toda la vida los domingos.
Pero ahí en el teléfono estaba el número fatídico de la suerte, sin borrarlo para no contestarlo nunca.
Mi depresión de nacimiento, por pensar “de qué sirve nacer y vivir para morir en un mundo con muchas cosas bonitas” me llenaba de pensamientos desagradables aunque sea en este país salvaje. Y sentía alguna amargura en el paladar.
Caminé en círculos hasta que anocheció y encontré un árbol con muchos pericos haciendo algazara y se cobijaban con hojas, después de robar maíz y llegar a dormir y todo de gratis, hasta su plumaje.
– “Es que así es la naturaleza”, me dijo don César, un hombre obeso, fanfarrón, jubilado, alto y panzón y de postre enamorado en la primera lanzada.
“Sí, pero a estos no les cobran panteón y les vale hacer lo que quieran.”
-“Al contrario, ellos si viven de acuerdo con las épocas de la vida. Sí. Así es la naturaleza. Mire, a mi edad, me salen cipotas de diecisiete años.
“Cuídese la pinga y la cartera”, pensé.
“Al fin y al cabo siempre los pericos serán recordados, por este relato, con sus plumas verdes y el bullicio de señoras del mercado. Y no recuerdo que los mencione la Biblia. Ni que les llamen por teléfono dándoles un aventón al cementerio. O que les tomen valores de glucosa por hartarse tanto. Y mire como tienen el suelo, con más abono y del ácido.
– “Si es un misterio, eso… Los difuntos”, -dijo viendo las lápidas silentes.
“O finados, como dicen en el campo. Y allá los acuestan en petates, los velorios son celebraciones con desayunos de tamales, quesadillas, café, chocolate y almuerzos de sopa de gallina india, de las que comen lagartijas y las cenas abundantes, con juegos de naipes y borrachos que cantan parabienes de mierda y critican a los que tienen dinero de la familia porque no hicieron nada; porque solo eso les queda, envalentonarse con licor para pobre y con enfermedades de pobre, desahuciados por la medicina actual.
Sí y es porque estamos en la base de datos, controlados por una entidad desconocida pero que conoce hasta lo que cagamos cada día. Y hay quienes le echan la culpa a los supuestos dioses de la tierra.
En realidad ya están colocando chips de localización por GPS y controlan con sus lupas voladoras al que quieran. La paranoia está también en esa base de datos y ellos, los que la tienen también están en el ojo del huracán, con su lotería del Diablo.
Él teléfono timbró de nuevo, pero era mi esposa que quería unos repollos del mercado, además tomates para cocina y unas flores de izote, un mandado completo.
Pero ya teniendo el teléfono en mano busqué el mismo número de la mujer de La Contemplación. Timbró tres largas veces. Hasta que contestó la misma voz melódica:
– “Capillas Luctosas de La Eternidad, a sus órdenes…”
“Sí ¿con Marina de la contemplación?
– “Sí -respondió- ¿con quién hablo?”
“Con Luzbell señora” -dije con tono macabro.
– “No bromee caballero!…”
“No bromeo, porque su numero ya salió en lista y le llamo para ofrecerle un lugar en el Infierno, según el precio de su vida, puede ser: El Purgatorio, el río con la Barca y el remero que cobra dos pesos por pasarla y el Cancerbero que la recibe como buen mayordomo, le ofrecemos cómodos uno de los peroles del Infierno. Hay uno que tiene un enorme lago de lava hirviendo y con bonita vista a un abismo en donde las gárgolas vuelan todo el tiempo y pasan gritándole entre grandes pilares de piedra ahumada. Un enano brujo con una taza de espeso chocolate hirviendo a las tres de la madrugada, o sea la hora del Anticristo.
Y tenemos una suite con cama de brasas, con Judas Ahorcado y una enorme ventana panorámica viendo las llamas de lo más profundo de la tierra.
– “Usted es un bromista” -dijo con la voz temblorosa- un espanto… Dios mío ¿pero en dónde le dieron mi número de teléfono?
“En la base de datos del Averno”, colgué.
Hasta ahora ni tarjetas de crédito o préstamos me ofrecen, mi número salió de la base de datos, porque busqué uno que tenía tres seis seguidos uno tras otro.
