Elito, el dragón

Mientras tanto, en San Marcos la gente se había quedado impactada, quieta, inmóvil. Todos veían como del cielo descendían innumerables luces cargadas de felicidad para todos.

 

Por: Dr. Adán Figueroa/Ilustración: Mely.

Tenía tan solo siete años y había pasado por tantos y prolongados momentos de sufrimiento que, su rostro infantil, reflejaba una tristeza encarnada.

Cuando vivía en los alrededores de Bosques de Santorini, una colonia muy bonita incrustada en la montaña de Los Planes de Renderos, respiraba un ambiente tranquilo, de mucha paz y con clima fresco, en especial; en los amaneceres y atardeceres.

Víctor solía sentarse en las gruesas ramas de un árbol de amate y permanecía en silencio, contemplando la belleza de la naturaleza que se reflejaba en los celajes vespertinos, dibujados al fondo del paisaje. Disfrutaba la cordillera que bordea las cercanías de Santiago Texacuangos, en los momentos precisos que una blanca y sedosa nube, descendía lentamente cubriendo todo el paraje hasta llegar a las proximidades del cerro San Jacinto.

A veces la nube abrazaba el cerro dejando únicamente visible su cima, descendía sobre el pequeño poblado de San Marcos y Víctor tenía que bajarse rápidamente, porque en unos instantes, era seguro, que la tormenta lo podría alcanzar.

Corría a refugiarse a su casita que era sacudida con cada ráfaga de viento atemorizante. En otras ocasiones divisaba en lo espeso del bosque del cerro San Jacinto, una luz amarillenta que resplandecía en forma intermitente, cual lucero que se asomaba justo encima del cerro. Víctor simplemente sonreía.

– Allá está mi amiguito esperando a que la nube cubra por completo al pueblo de San Marcos.

Para Víctor, los momentos más felices, por no decir los únicos, eran cuando su amiguito al que había llamado Elito, volaba silencioso sobre San Marcos, en las mañanitas, cuando la nube cubría completamente todo el poblado. No se veía absolutamente nada, hasta el cerro desaparecía. Todo era una sedosa e inmensa blancura. Entonces Elito se paseaba por todo el espacio sin ningún temor, daba vueltas y hacía piruetas en el aire hasta llegar muy cerca de su amigo Víctor y éste, lo saludaba con su mano levantada y sonriente, le gritaba:

– ¡Hola Elito, hola Elito!

Después volaba hacia el oriente. Pasaba entre el Cerro San Jacinto y la cordillera de donde bajaba la nube, hasta perderse allá a lo lejos, en el volcán Chichontepec de San Vicente, que se divisaba lejano.

Un día Víctor le contó a su mamá lo de su amiguito y ella le dijo:

– ¿Y a qué horas lo ves hijo?,

– Tempranito de la mañana, cuando todo está en silencio y la mayoría duerme.

– ¿Y por qué lo llamás Elito hijo?

– Como él está chiquito, le digo Elito. Dicen que cuando crecen los dragones llegan a ser muy, pero muy grandes.

– Fijate Víctor, que cuentan que los vecinos de las tierras de allá de Verapaz, cerca del Chichontepec, han visto a un animal que llega a beber agua a los infiernillos y come múltiples piedrecillas azufradas.

– Ya ves mamá, Elito va allá a comer y beber agua. Yo lo he visto que vuela hasta desaparecer allá donde se ve el volcán.

– Tal vez tengás razón hijo. ¡Tal vez!

Pero un día, una tormenta arrasadora destruyó la mísera casa de Víctor y el pueblo de Verapaz y sepultó los infiernillos o al menos, parte de ellos, que, eran la fuente de vida para Elito.

Desde entonces no se le vio más.

Víctor tuvo que irse para un albergue donde permaneció muy triste. Gracias a Dios y a la ayuda de algunos vecinos se les reconstruyó y mejoró su casita; entonces la alegría volvió a Víctor y su madre, pero siempre, él extrañaba a su amigo Elito.

La tarde del veinticuatro de diciembre, ya oscureciendo, Víctor y su mamá se sentaron a contemplar el paisaje. Las luces de San Marcos empezaron a brillar y de repente se vio sobre el cerro San Jacinto, otra luz que tenía un brillo especial.

– ¡Mamá, mamá!

– ¿Qué pasa hijo?

– Mirá mamá, allá arriba en el cerro. Esa luz que brilla, es de Elito. Él nos está viendo desde allá.

– ¿Creés que sea él, Víctor?

– Él es mamá, te lo aseguro. Él es.

– Sabes hijo. Ahorita que veo este paisaje, me imagino, que así, pudo haber sido allá en Belén, pienso yo nada más: el ojo de Elito que parece un lucero, podría ser la estrella que guiaba a los reyes magos en busca del niño Jesús. El pueblecito de San Marcos sería Belén y en algún lugar de ese poblado hoy en Navidad, nacerá la esperanza de mucha gente. Porque eso se celebra en la Navidad: el nacimiento del niño Dios, la esperanza y consuelo en especial para nosotros los pobres.

– Y ¿Ya va ser navidad, verdad mamá?

– Si hijo, ya falta poco, mejor vámonos para la casa, ya es tarde.

– Esperate mamá, acompáñame mejor. A nosotros nadie nos visita. Quiero que el abrazo de esta navidad sea el más grande que me hayas dado. Si es con todo tu cariño y en mi refugio, lo tengo todo mamá.

Delmy, la madre de Víctor entristeció y sus ojos se humedecieron mientras el frío comenzaba a sentirse. Extendió su brazo derecho y abrazó a su ilusionado y pequeño hijo.                                                                                                                                                                  – Está bien Víctor, si así lo querés, aquí estaremos hasta la hora del nacimiento del niño Jesús, después de todo ya falta poco.

Permanecieron abrazados en silencio, simplemente observando desde lejos en lo alto de la montaña, la belleza que reflejaba San Marcos durante la noche.

Horas después el frío los hacía temblar, pero allí permanecían compartiendo su amor y eso, eso era su mayor riqueza y era suficiente para su felicidad; ¡Era todo!

De repente y ya cuando iban a ser las doce de la noche, una ráfaga de viendo pasó sobre ellos rápidamente causándoles un gran susto. Al poco rato otra vez.

– Mamá, mamá, es Elito

Delmy abrió con esfuerzo sus cansados ojos y medio vio la sombra que se dirigía sobre San Marcos.

Cuando fueron las doce, Elito comenzó a escupir y lanzar innumerables bolitas incandescentes que explotaban en el aire iluminando el cielo de la ciudad con múltiples colores, mientras Víctor, gritaba y lloraba de tanta emoción.

– Mamá, mamá, mira como se ve Belén de hermoso.

– Si hijo, es una maravilla. ¡Bendito sea Dios!

Mientras tanto, en San Marcos la gente se había quedado impactada, quieta, inmóvil. Todos veían como del cielo descendían innumerables luces cargadas de felicidad para todos. Nadie se acordó de reventar sus cohetes. ¡No hubo ni un tan solo niño quemado esa noche de Navidad, de esperanza y felicidad! ¡Ni uno!

En el inmenso silencio producido por la sorpresa, se escuchaba lejano el eco de una voz infantil.

Elitoooó, Elitoooó, gracias Elito, Gracias y Feliz navidaaaaad.

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