
Mientras las grandes empresas ofrecen atractivos productos con chongas, precios a la vista con descuentos y una pujante publicidad, otros, a quienes no se sabe bien se deberían llamarse empresarios, sobreviven de sus viejos comercios.
“Lucerna” ya refleja los 30 años de vejez que, en un animal, se multiplica debido a su naturaleza. Se la

ve cansada. Sus ojos parecen pedir el descanso que equivaldría a su jubilación, no se ve muy bien nutrida y sin embargo, sigue su camino. El mismo que ha recorrido por largos años. Ya no le teme al mar.
Sobre su lomo cabalga Juan José Torres Valencia. Desde los ocho años utiliza a Lucerna, una yegua que no sabe de descanso, ni de sábados, ni de domingos, ni de días feriados. “Es una bendición para mí”, dice Juan José, mientras hace frente al temible sol de mediodía en las playas de La Libertad, cerca del Malecón.
Mientras tanto, Lucerna se limita a escuchar la conversación entre su amo y Equilibrium y se lleva en

secreto los planes de Torres Valencia: desecharla hasta que no dé más. Exponiendo su sudor, el joven comerciante dice que la yegua le ha ayudado al sostén propio y al de su familia.
Hace 30 años que lo hace así. También se tuvo que dolarizar y un paseo en la bestia le cuesta a un cliente $1.50 por caminar alrededor de un kilómetro, desde la gran roca que está cercana a la carretera de acceso a las playas, hasta el muelle.
Lucerna se va despacio, derecho, junto al jinete que va en busca de más clientes. Es domingo antes de Navidad y a lo lejos, mientras la yegua se marcha, el sonido de guitarras, contrabajos y trompetas, con la complicidad del viento se deja escuchar, es la canción “Flor sin retoño”, anunciando que el espíritu de Pedro Infante sigue rondando el mundo de los bohemios.
Son otros comerciantes que con su voz y su habilidad se ganan otros cuantos dólares seduciendo a los comensales que descansan después de un largo período de trabajo. A veces, ignorados buscan a otros que los hacen cantar por menos dinero del que piden por canción o por una tanda.
De pronto, una figura vetusta que no disimula sus 92 años, aparece con su violín, dispuesto a hacerle recordar a las parejas que se dejan llevar por la belleza de la playa, los mejores momentos amorosos de su vida; Es don Isabel Orellana Tobar, quien hace la introducción musical, entona y canta… luego se pierde en la armonía de la voz y del sonido, pero ha cantado una canción de antaño por $1.50.
Antes ha advertido a sus clientes, que no puede cantar la canción que le han solicitado, porque ha olvidado su letra. Su nieto que lo acompaña, se limita a sonreír al escuchar el argumento.
Otros hombres de similar edad, han terminado muy recientemente la venta de cocos. Uno, el de mayor edad ya muestra su cansancio, se queda sentado por largo rato en una incómoda banca de cemento y luego del prolongado descanso se dispone a empujar su pesado carretón y se aleja, persiguiendo las últimas horas de la tarde que anuncian la noche. El otro, se aleja para intentar vender otros 35 cocos después de terminar su primera jornada. “Ayer solo vendí tres” se queja con el comprador.
Y así, sin ningún tipo de publicidad, sin apoyos y quizás sin mayores esperanzas, los comerciantes del otro extremo se van, llevando en sus bolsas los pocos centavos que al día siguiente ya serán historia y a prepararse para otro día que no existe, pero que saben que tendrán que enfrentar para sobrevivir.
Mientras las pocas monedas suenan en sus bolsos de lona, también resuena en sus mentes, quizás, la proximidad de la Navidad, y se contentarán con saber que tendrán un poco que comer, soñando tal vez, con un día poder llevar un regalo, por la época, a sus hijos… quien sabe.
