Nadie sabe en verdad el secreto de «El Niño de Plata», quien es conocido también como el Niño Plateado, el Niño Estrella, el Minero Extraterrestre e inclusive con algunos nombres de tinte Satánico.
Por: Dr. Adán Figueroa.
Ilustradora: Mely.
Se le solía ver únicamente en los días de fiesta, que eran en realidad pocos, y en especial en las noches de luna.
Tenía apenas diez años y era la causa de angustias para unos y de mucha alegría para la mayoría de los habitantes de San Juan Las Minas.
Sus padres viven en el ahora conocido como el Barrio Tencoa, lugar poblado en su mayoría por la familia de “Los Herrera”.
Nadie sabe en verdad el secreto de «El Niño de Plata», quien es conocido también como el Niño Plateado, el Niño Estrella, el Minero Extraterrestre e inclusive con algunos nombres de tinte satánico.
La primera vez que se le vio tenía solamente las manos y la cara cubierta de innumerables y diminutas estrellas, que parpadeaban con el reflejo de la luz y dejaban espacio únicamente al titileo de dos luceros que sobre su nariz hurgaban el camino por recorrer.
Era noche de Navidad y por tal motivo tenía permitido trasnochar unas cuantas horas más de lo acostumbrado.
La tarde de ese día echó mano de todo el trabajo que meses atrás había realizado. Cada día, cuando regresaba del cerro «El Tajado», lugar donde se explotaron las minas en los años 30, y que costó mucho sudor del campo y árboles a los cerros, se traía consigo una piedra.
Esas piedras tapizadas de estrellas, ricas en hierro, que al ponerse en contacto con las manos o cualquier parte del cuerpo, inmediatamente transmiten su brillo, y la piel, por morena que sea, se torna plateada, y su titileo se refleja con mayor insistencia con los blancos rayos de la luna minera.
Meses habían transcurrido desde que el pequeño descubriera la gruta donde se encontraban las famosas piedras. Y fueron días los que se tomó para tener el valor suficiente y entrar en esta; pues la cortina de murciélagos que pendía del techo de la mina lo atemorizaban hasta que, por fin, con una antorcha en la mano penetró el tenebroso túnel.
Eran cientos de murciélagos los que salían a toda prisa al sentir el fuego quemar sus radares. Y a medida que los murciélagos dejaban la cueva, el túnel brillaba con mayor intensidad. Las paredes que dormían en la húmeda oscuridad, fueron despertando y mostrando al niño la belleza que había permanecido oculta durante muchos años.
Al momento, aquella gruta oscura y tenebrosa, lucía resplandeciente, llena de vida, era increíble ver como algo tan atemorizante, adquiría en segundos tanta belleza.
Un cielo de luces y colores estaba al alcance de la mano de José -nombre verdadero del Niño de Plata- y cuando él, tímidamente tocó las paredes de la gruta, sus manos fueron adquiriendo el brillo escondido en la mina por decenios de años.
Esa fue la razón que motivó a José a extraer piedra por piedra de la mina abandonada, hasta tener las suficientes para adquirir el brillo en todo su cuerpo.
La Noche Buena se iniciaba como todos los años, los cohetes comenzaban a hacer de las suyas, los buscaniguas corrían en todas direcciones, enloquecidos y amenazantes. Las ventas de pasteles y pupusas florecían en la plaza, la música acariciaba los oídos de los mineros y de los que, años atrás, habían dejado el terruño y que hoy estaban vacacionando, visitando la familia.
A eso de las diez de la noche, el Niño de Plata hizo su ingreso a la plaza. Poco a poco se fue rodeando de cientos de ojos que, asombrados, habían dejado de parpadear ante aquella figura luminosa. José reía feliz al ver la admiración que había causado a todos los curiosos. Fue esa noche que lo bautizaron como el Niño de Plata.
Pasó junto a la multitud por unos treinta minutos y después recorrió toda la plaza. A su paso se iban agregando más curiosos, gritando: ¡Miren el Niño Estrella!, ¡Ahí va el Niño Plateado! ¡Cuidado con el Minero Extraterrestre!
Fue la atracción y el espectáculo que jamás se había presentado en San Juan Las Minas. Esa noche de Navidad sí fue una verdadera Noche Buena.
El Niño de Plata logró con mucha dificultad desaparecer de entre toda la gente. Horas más tarde aún escuchaba los comentarios que a él mismo le hacían sus amiguitos.
“¿Vistes al Niño de Plata?”, le preguntaban emocionados.
José sonreía en silencio guardando su secreto, que más tarde utilizaría en todas las fiestas y noches alegres del pequeño poblado minero que dormita acurrucado en las faldas de la cordillera Alotepeque, de Metapán.
