El misterio de La Gruta

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Una noche, después de regresar de las posadas, que se hacen en la época navideña, iban los cuatro uno tras otro sobre la vereda oscura, iluminada a penas por las luciérnagas de bolsillo. Quike, el Chele, Viche y Milton. Así, en ese orden.

 

Por: Dr. Adán Figueroa.

Ilustración: Mely.

Una lucecita amarillenta con bordes celestes se le aparecía cada noche que regresaba a su casa.

Con su mano derecha sacó la lámpara que llevaba en el bolsillo trasero del pantalón. Las piernas le temblaban en aquella oscuridad sin fin.

Intentó acercársele, pero a pesar de lo que caminaba, la luz permanecía a la misma distancia. Se detuvo un instante. Miró en todas direcciones y todo era igual: soledad, arbustos y una vereda silenciosa que terminaba en una curva a unos tres metros de distancia hacia adelante y atrás. «¡Esto, no es más que la botija que mamá Chila dejó!», dijo Viche y emprendió el regreso.

Al siguiente día, le pidió a su hermano Milton que regresaran juntos a la casa. Pasaron por el mismo lugar y la lucecita no apareció. Viche no dijo nada. Una vez más comprobó que la luz, únicamente se le aparecía cuando iba solo.

Era el más miedoso de todos, tanto que cuando regresaba muy noche de ver a su novia, le pagaba a un amigo para que lo acompañara a su casa. Pasaron varios días sin hacer comentarios.

Un día, mientras estaban reunidos con sus primos: Quike y el Chele, el tema de la luz, salió de los recuerdos angustiosos de Viche.

– “Yo sé que ustedes no me creen ‘muchá’ y se burlan de mí por lo que les cuento, pero, es cierto. Algún día van a verla ustedes también y se van a cagar del miedo. Ya van a ver”, les decía.

Quike, hijo de la Elia y también nieto de la niña Chila les propuso: “vamos los cuatro una noche y nos enseñás por donde se ve la luz”.

– “Sí, es que sólo a mí se me aparece”, dijo Viche.

Entonces el Chele preguntó cuál botija era la que su mamá Chila había enterrado. Viche le explicó: “cuando mamá Chila vivía con su abuelito, don Balbino Figueroa; ella le cuidaba el dinero. Ella me contaba que sacaba el puño de billetes y un montón de bambas para asolearlos. El viejito tenía pisto y mamá Chila lo enterraba en una olla grande. Cuando su papá Juacho se fue con otra mujer y su familia se desintegró, entonces fue que dejó de asolear el dinero y por último se le olvidó el lugar exacto donde lo tenía enterrado. Decía mamá Chila que lo había buscado por todas partes.

Hicieron un montón de hoyos en todo el terreno donde vivían, hasta una casita nueva que había levantado tío Tino, casi la botan por desenterrar la botija. ¡Nunca hallaron nada! Una vez tío Nandito se puso las pilas, buscó la botija por todos lados con un detector de metales y no la encontró. Si a mí se me aparece esa luz, es que la suerte es mía y con o sin ustedes, la voy a encontrar.”

Todos quedaron sorprendidos. La firmeza y decisión con que Viche decía las cosas los convenció y por eso decidieron apoyarlo.

Un mes transcurrió y la famosa y ansiada lucecita no apareció. Sus anhelos se habían esfumado lentamente.

Una noche, después de regresar de las posadas, que se hacen en la época navideña, iban los cuatro uno tras otro sobre la vereda oscura, iluminada a penas por las luciérnagas de bolsillo. Quike, el Chele, Viche y Milton. Así, en ese orden.

De pronto Viche exclamó asustado: “¡Espérense, espérense! Vi la luz, ahí está!”, gritaba tembloroso.

Todos se detuvieron. Se quedaron inmóviles por un rato, hasta asegurarse de la realidad. Efectivamente, a lo lejos se veía el titileo de la luz. Se vieron unos a otros y Quike le dijo a Viche: “¿La seguimos o ya te “aguevaste”?”

– “Vamos tras ella. Esta es la última oportunidad de hallar esa botija.” Siguieron caminando despacio hacia la luz.

Caminaron varios minutos y la luz permanecía a la misma distancia de ellos. Entre más caminaban, el temor era mayor. Transcurrieron unos quince minutos hasta que por fin llegaron al cerro del Escorpión. Se detuvieron abruptamente y Quike les dice: “Hey ‘muchá’, esta luz no es de la botija. Los abuelitos de mamá Chila no vivían por aquí”.

La lucecita permanecía viva a pesar de la brisa fría que se escurría entre la espesa arboleda del cafetal que está al pie del cerro.

– “¿Y ahora qué hacemos?”, dijo el Chele que había permanecido en silencio todo el rato. Nadie dijo nada.

Siguieron caminando hasta unas inmensas rocas que estaban sosteniendo un árbol de Malcahaco donde se veía más iluminado. Al estar frente a las rocas, se veía temerosa una grieta cubierta por hojarasca y raíces retorcidas por los años.

Milton se acercó y echó una ojeada.

– “¡Miren cabrones, adentro se ve claro!”, mientras alumbraba con su lámpara de mano. “Yo me regreso, yo no voy a entrar”. “¿Qué no sos hombre?”, le dijo el Chele, con una voz cubierta de machismo.

Viche los veía a todos y permaneció en silencio.

Fue entonces que Quike se acercó a la entrada, apartó algunas raíces y dio su primer paso dentro de la gruta. Lo siguió Viche, luego el Chele y al final entró Milton. A medida que penetraban las lámparas de mano se volvieron innecesarias. Había suficiente luz que además de facilitarles el camino, les daba tranquilidad.

El interior de la gruta se veía amplio y limpio. Sus arrugadas paredes parecían tapizadas de cobre. Las huellas que quedaban en la tierra, una tras otra, iban desapareciendo sin que nadie se percatara de ello.

Después de caminar varios metros sin decir palabra alguna, todos se quedaron perplejos. Se detuvieron. Se miraron unos a otros y empezaron a escudriñar el mural centenario que los había paralizado.

Lo primero en distinguirse fueron unos nombres que al inicio se veían borrosos pero que poco a poco obtuvieron la visibilidad completa, después aparecieron unas figuras rústicas que nadie reconoció.

Esteban Aguilar y Francisca Fraylán Flores eran los primeros nombres que estaban bajo las figuras rudimentarias. Abajo de ellos estaban dos nombres más, uno ilegible y el otro se repetía junto a las figuras de Francisco Antonio Figueroa y María del Tránsito Aguilar. A la par de Francisco Figueroa estaba el año de 1809.

– “Ese ha de ser papá Chico” dijo Viche, rompiendo el prolongado silencio. Debajo de ellos aparecieron varios nombres: Silveria. María Román, Balbino, Jesús, Guadalupe, Asunción, Adela y Marcelino; todos Figueroa Aguilar

A medida que iban leyendo aparecían más figuras y sus nombres. Junto a Silveria Figueroa apareció Fermín Figueroa. “Ese es papá Min”, dijo Quike emocionado.

– “Pero si vos no lo conociste Quike”.

“No, pero papá Nando lo mencionaba. Decía que era su abuelito.”

Con ellos estaba: Alejo, Florentino, Mariana, Jesús Modesta y Federico de apellidos Figueroa Figueroa. De nuevo apareció otra figura más clara con el nombre de Francisco Antonio Figueroa. Al verlo exclamó el Chele: “ese es el papá de Papá Nando y está junto a mamá Nico”.

– “Entonces, dijo Viche, el Francisco A. Figueroa que vimos primero es el bisabuelo de papá Nando.”

– “¿Y él tuvo botica, muchá?”, preguntó Milton.

“El primero que puso botica en San Juan fue tío Florentino, el que vivió en Metapán, hijo de papá Min. Él se la dejó a papá Chico y después la puso papá Nando. Él le enseñó a tío Raúl y Manuel de Juan ‘Eléctrico’ a curar”.

Mientras hablaban de las boticas de San Juan, apareció lentamente y bien clarita, la imagen de Fernando Reyes Figueroa, junto a Cecilia Acosta. Al verlo todos se quedaron callados y se miraron unos a otros.

– “No tengan miedo. ¡Cómo van a creer que les va a pasar algo! Si es papá Nando, el abuelito de todos nosotros, el que nos crió.”

“Si verdad”, dijeron en coro, y siguieron viendo los petrograbados. Estos últimos se veían con dificultad.

La gruta estaba más oscura pero debajo de Fernando Reyes se esbozaba una cabeza blanca, sin rostro y después de ella una silueta femenina, de niña. “Ese ha de ser tío Adán, dijo Milton, y la niña es Gloria Cecilia”.

Entonces Quike exclamó: “¡Hey ‘muchá’!, estas son las primeras familias de San Juan y los que han hecho medicina”.

Apenas terminó de mencionar medicina, cuando la gruta quedó oscura por completo. A lo lejos resplandeció otra lucecita similar a la que los atrajo a la gruta.

– “Vámonos ya ‘muchá’, se oyó en la oscuridad, mientras las lámparas de mano iniciaban de nuevo su faena. Cuando llegaron a la luz, vieron que era la salida de la gruta. Uno por uno y en orden inverso a la entrada, pasaron el estrecho espacio y salieron al otro lado del cerro, sobre el camino al sitio Los Tecomates, ya en plena luz del día.

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