El laberinto de ensueño

Morys se acercó a él y observó que sus ropas estaban secas, su cabello seco; daba la impresión que nunca hubiera entrado en el laberinto y menos,retozar de fuente en fuente.

Por: Dr. Adán Figueroa.

La tarde estaba fresca y el rocío que la brisa vespertina esparcía en el ambiente salpicaba el rostro de los visitantes al parque de las aguas.

Las fuentes se elevaban y hacían figuras caprichosas que eran admiradas por los ojos inquietos de Dany, quien no paraba de expresar su admiración y alegría; pues nunca había estado en un parque tan bonito.

Las horas pasaron veloces y cuando la oscuridad de la noche se asomó en el bullicioso parque, fue lo más sensacional; todas las fuentes se iluminaron de diferentes colores y figuras diversas sobresalían en aquel subir y bajar del agua.

Dany, quien vestía ropa casual, de camiseta, pantalones y zapatos tenis, no lo dudó. Cuando entró al laberinto lo hizo despacio y muy lentamente, siguiendo todos los recovecos que eran delimitados por el fluir del agua.

De pronto llegó a un punto que no pudo pasar, intentó regresar pero también ya no pudo. Un fuerte chorro de agua azul brotaba del piso y cuando subía se hacía amarillento, verde y de otros colores que dejaban boquiabierto a Dany.

Por fin se decidió, tomó impulso y cruzó a través de la barrera de agua que manaba del piso. Era increíble, fantástico lo que había ocurrido.

Su ropa estaba completamente seca y se encontró en otro lugar del parque donde caminaba debajo de un arco de agua roja con líneas amarillentas. Caminó dentro del túnel hasta llegar al final donde no encontraba nada.

No había gente, niños, ni mucho menos observa a su padre. Regresó sobre sus pasos y no encontró el principio del túnel, entonces hizo lo mismo que en el laberinto.

Cruzó la valla de agua y se encontró en una fuente inmensa e igual de coloreada. Por lo mojado del piso se deslizó y perdió el equilibrio.

Una ola de la fuente lo elevó y luego lo bajó. Así lo tenía subiendo y bajando en aquel momento alucinante e inolvidable que Danny estaba pasando. Mucha gente se fue agrupando al rededor de la fuente para observar la belleza de figuras que mostraba.

Era tan real la figura humana de un niño que posaba boca arriba sobre los borbotones de agua y los visitantes veían asombrados el espectáculo jamás mostrado en días anteriores.

Hasta Morys, el padre de Danny se acercó a admirar lo maravilloso de la fuente y por un momento llegó a pensar que la silueta que se dibujaba sobre el agua podía ser de su hijo. ¡No imposible! Se dijo y se dirigió hasta el laberinto donde había dejado a su hijo.

¡Soy yo papá! Resonó en el cielo y Morys apresuró el paso para encontrarse con Danny. Al llegar al laberinto gritó un tanto angustiado: ¡Danny, Danny, Danny, Danny…! repetía el eco que envolvió todo el parque.

La angustia del padre se aumentaba. No encontraba a su hijo en el laberinto y cuando el eco calló desapareció la figura de la fuente, pero casi al instante se vio nuevamente en medio de una pirámide que parecía tener fuego en sus bordes y unos lazos rojizos entrecruzados como red, delimitaban nítidamente la figura de la pirámide.

La pirámide de Egipto dijo un visitante asombrado. Pero un niño estaba dentro atrapado entre los lazos de agua, pues la tal pirámide no era más que otra forma caprichosa de una rara fuente que parecía tener llamas en los bordes de la base y eso le infundía miedo al niño que estaba dentro. Un observador expresó muy alegre: no son lazos, son chorros de agua entrecruzados los que hacen la imagen de red.

A penas había terminando de decir red y la fuente se paró y el niño saltó bruscamente hasta caer sobre otra fuente que simulaba una montaña que estaba junto al laberinto y sobre las puntas de los chorros, el niño Danny se veía caminar, como flotando en el subir y bajar de la montaña.

Danny estaba pasando un momento fenomenal, pero de pronto se acordó de su padre. Entonces corrió sobre la fuente, tomó impulso y saltó hasta las aguas del laberinto que tomaron forma de manos gigantes y lo atraparon.

Danny descendió hasta el piso y fue entonces que descubrió la salida del laberinto. Corrió y corrió dando vueltas por los recodos de agua y por fin salió a la zona peatonal.

– ¡Papá!, gritó eufórico con una sonrisa de felicidad.

Morys se acercó a él y observó que sus ropas estaban secas, su cabello seco; daba la impresión que nunca hubiera entrado en el laberinto y mucho menos andar retozando de fuente en fuente.

¿Estás bien, hijo? Le preguntó con mucha duda.

– Si papá, gracias por traerme a este maravilloso parque de aguas. Ese laberinto es de ensueño papá.

¡Es sencillamente maravilloso!

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