Don Julio estamos tan jodidos, siempre la misma política, hablan y hablan y no dicen ni hacen nada. Y mire con qué nos pagan ¡con un plátano podrido!
Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.
COMÍA CON ANSIEDAD LAS SALCHICHAS SEMICRUDAS, ES MÁS SE LAS TRAGABA. Estaba escondido de la justicia, hizo algo de lo que aún no se arrepentía; decía que era lo que cualquier hombre hubiera hecho en su lugar.
El caserón en donde llegó a esconderse era una bodega que un tiempo atrás fue muy próspera, un lugar con muchos cueros hediondos por la curtiembre; estaban tan viejas las paredes, que las sostenían con enormes maderos para que tardaran un día mas en caer.
Él era un hombre con muchos negocios de chingo Lingo, loterías de pueblo, establos con vacas de dudosa procedencia, dueño de tres moliendas de caña y destazo de cerdos, además de cinco cantinas; había sido tesorero de pueblo varias veces, tenía carácter muy nervioso.
Bajo de estatura, algo pasado de peso, a la usanza de un bigote bien recortado como guitarrista de trío, cabello castaño y nariz gruesa. Llegó con lentes oscuros y una bolsa de papel “Lintorey” con cinco enormes fajos de billetes de alta denominación, dos pares de calcetines y un calzoncillo a rallas grises y rojas muy largo, un par de lentes muy gruesos que daba lástima al ponérselos; y una toalla sin color definido, muy usada.
Por amistad antigua con el dueño del galpón, le dieron en donde quedarse en el último cuarto con los papeles periódicos. Dormía en una caja de madera entre los cueros de los cerdos, un foco amarillo iluminaba su angustia. A veces llegaba una mujer de buen ver a dejarle salchichas, pan simple, huevos duros y una pequeña olla con frijoles blancos con repollo y hueso de tunco, además una botella de licor barato.
No hablaban mucho; al irse, ella miraba hacia ambos lados con la puerta medio abierta y en lo oscuro, para salir con rumbo incierto. Caminaba como sonámbula, pero al cruzar la calle agarraba trote como yegua desbocada.
Siempre la vimos con el cabello negro largo y amarrado con un pañuelo amarillo, la blusa de campanillas azules, un pantalón de lona y zapatos para correr.
Un sábado el estaba comiendo salchichas al despedirnos, tenía esos ojos de soledad y angustia, comía con ansiedad por la necesidad de saciar el hambre y querer hablar al mismo tiempo; el dueño del almacén en decadencia, habló con él mientras este se ponía el sombrero de pelo y agarraba una bolsa amplia de lona de colores encendidos, se puso la chaqueta y le dio las instrucciones de siempre acerca de la tranca de la puerta y de no encender nunca el foco del frente del almacén y que antes de abrir la puerta preguntara desde dentro con la clave:
– “¿Traes más salchichas”?
Y la contraseña:
– “!Sí, de las rojas!”
Era sábado. Nos fuimos a tomar el autobús bajo el sol del mediodía, pasamos a comprar pan, cuatro latas de sardinas, un galón de keroseno, dos libras de arroz, cuatro de frijoles y un sobre de jabón en polvo.
Subimos al autobús de maderos, la “Nico 7” de la ruta “109”, esperamos una eternidad para que dieran el silbatazo de salida, aguantando el calor y el tufo de una alcantarilla cerca del “Campo de Marte”.
Habían varios vendedores de paletas y unas señoras con refresco de horchata con hielo picado, mangos pelados, y como siempre algunas personas comprando alimentos de la calle o tirando basura en las cunetas.
El bus comenzó a moverse lentamente como lo hacen las avionetas viejas, siguió lento durante las dos cuadras siguientes emitía un zumbido muy singular además de los traqueteos de las ventanas de madera.
Dos horas después, al llegar a la casa en medio de los árboles, en un Cantón polvoroso, ubicada la residencia modesta frente a la hacienda “La Manigua” esa noche, alumbrados por dos candiles con keroseno muy humeantes, los perros “Alí” y “Tobo” estaban mordiendo los huesos de la sopa.
La señora esposa de don Adolfo sirvió la comida después de colocar el mantel y los platos con la ceremonia de una misa, puso los tenedores, el salero, las luces de candil, la cuchara grande de peltre para servir el arroz de la palangana, la bandeja del pan y el queso, después llevó los chorizos grasosos con sabor picante de la pimienta.
El agua hervía en la marmita aún con el fogón de la leña; después de cenar nos servimos en las tazas para hacer el café, lo removimos con la cucharita, sonaba la porcelana como una campanita china.
Ya era entrada la noche estaba oscuro aún con la luz de la cocina del polletón de ladrillos; se escuchaban todos los grillos del mundo y los aleteos de los murciélagos hambrientos.
Estaba la señora Chencha muy cerca de la cocina a la luz del fogón, comiendo un rimero de tortillas de masa de banano verde con carne oreada de res, platicando con don Anacleto, su marido, lo hacía a gritos porque el señor era sordo.
– ¡Coma Cleto! -le gritaba- aunque él no se hacía rogar ya se había comido ocho tortillas y siguió con otro rimero igual, un puñado se sal, frijoles y cuatro plátanos en miel en el plato.
En la sobremesa la señora le preguntó a don Adolfo:
– ¿No le remuerde la conciencia a ese tu amigo?
– No. Fue por celos. Y por eso no remuerde la conciencia. Y siguió comiendo aún con el sombrero puesto, que lo movía rítmicamente al masticar.
-Ya sabe que tiene orden de captura. ¡En qué lío se metió! Y la mujer pícara, sinvergüenza, que se hizo?
– Se fue del país, dejó el negocio.
– ¿Y quién va a llegar a ese comedor después de lo que pasó!.
– La policía sí llega al restaurante ,dijo él, sonriendo y agarrando otro pan y una cucharada de arroz curtido con la sopa de los frijoles.
Hablaron con detalle minucioso de los sucesos, tal como lo contó don Culpable, sin recordar que el sobrino-nieto de la señora también estaba escuchando y era hijo de un detective.
Pero ella lo alcanzó a ver qué se había acercado y escuchó toda la conversación muy sigiloso. Cambió el tono para poner de aviso la indiscreción y le preguntó a su marido:
– Ya sabes que Atilio está aquí verdad?
– Ah ¿el hijo del detective?… S. Uhm… Bueno estuvo bien el café solo que un poco caliente -cambiando el tema- tomó una de las lámparas con keroseno y subió despacio las gradas hacia el corredor, encendió la radio de pilas y escuchó el final del discurso semanal de Fidel Castro, con las intermitencias de la onda corta y las notas del himno nacional desde la Habana.
Parecía que el carismático comandante de la revolución se iba a salir entre los aplausos de la muchedumbre.
Al amanecer del día siguiente se levantó con los primeros gallos y las canciones de Toni Aguilar, se fue al almacén muy temprano. Pasó primero a desayunar a una casita con el techo con flores de veranera, en donde vivía la madre de él; en la oficina sonó el teléfono, la voz de su mujer le advirtió que el sobrino había ido a hablar con el padre de él, para denunciar el paradero de don culpable, y del riesgo de ser cómplice por tenerlo escondido entre los cueros de las vacas.
Al llegar al almacén abrió con nerviosismo la puerta de madera, hizo girar la llave en la cerradura, sin decir la clave entró y lo encontró desnudo bañándose aún con jabón para lavar los platos, tenía espuma en la cabeza, tapándose el cuerpo con un cuero de badana.
– ¡Debe irse antes de media hora o nos meten en chirona a los dos!. ¡Cúbrase! y le tiró una manta muy sucia que usaban para limpiar el mostrador de los cueros.
Le dio los pantalones. Don culpable se secó el jabón, entonces le vimos la palidez del rostro, los ojos rojos por el jabón, se puso al revés la camisa a cuadros, metió aprisa la ropa en la bolsa. A los quince minutos llegó un taxi con la misma mujer.
Salieron a las ocho y media de la mañana, iba con un bastón, los mismos lentes oscuros y una gorra azul con el escudo del partido oficial, se subieron al carro y se fueron.
A las nueve llego un jeep verde con cuatro hombres de baja estatura, algo obesos y nerviosos, lentes oscuros, de caras muy serias y corte de cabello como de mulos, se bajaron dos con las armas de fuego aún en las cartucheras en el cincho.
– Buenos días “don”… -ijo el que se identificó como sargento de la policía con ropa de civil. Y en efecto era el padre de Atilio, el mantenido del dueño del almacén y sobrino-nieto de su esposa.
Es decir el “oreja” trompudo conocido por Atilio, después lo llamaron “Judas Iscariote”, en ausencia porque no regresó.
– Muy buenos- dijo el dueño haciendo cuentas en una enorme calculadora de los años 1940, mirando hacia dónde estaba don Julio Zepeda, el traductor borracho que estaba de espalda con un Saco negro y enorme, sentado tomando café amargo y escribiendo una carta en alemán. Sonaba la máquina como cuando los pollos pican el maíz en una lámina.
– ¿Podemos pasar?… -dijo el sargento- queremos tomar agua es que tenemos sed.
– Sí pueden señores, allá al fondo hay dos grifos y un vaso para los clientes. Tengan cuidado porque anoche se cayó otra pared y amanecieron cuatro ratas enormes aplastadas y dos gatos hambrientos. Hizo énfasis en la palabra “gatos”.
Revisaron hasta el servicio de fosa, salieron tapándose la nariz con pañuelos, se metieron a los cuartos con paredes frágiles que apenas se detenían de sus cimientos cayéndose a pedazos, incluso por el tono alto de las voces, pisos agrietados y polvorientos, habían estantes de madera muy antiguos con algunos cueros de vacas. Un almacén en ruinas. Vieron las ratas y los dos gatos enormes aún con los escombros y tierra blanca.
-Aquí solo las ratas pueden esconderse dijo el policía.- No hay nadie y más vale que salgamos esto está por caer! Y ¿ya viste lo que le pasó a los “gatos”? ¡que grandes son!
– Gracias por al agua don… Siga con su decadencia de casa, muy enorme, pero a punto de colapsar.
– De un momento a otro.- Contestó y se acomodó en una silla de madera y lona que crujió con el peso. Respiró tranquilo. Aún nadie había llegado a comprar nada, todo lo contrario de los años anteriores que a las siete ya había una cola esperando comprar cueros, clavos y pega.
– Carajo -dijo- desde que los zapatos los hacen en serie, este negocio se vino abajo.
Don Julio llegó con la taza del café y le pidió azúcar. Removió el café humeante con un clavo y sonó otra vez la campanita de la porcelana.
– ¡Se fue a tiempo!…, escupió y aspiró una bocanada profunda de humo de un cigarrillo a punto de fumarse el filtro. No tenía mucha dentadura pero los que tenía estaban muy amarillos y gastados , la piel con arrugas rematada por el sol y la intemperie.
Era un hombre muy mayor, flaco, con ropa de difuntos, se afeitaba ocasionalmente, el cabello entrecano y escaso, con modales de haber viajado mucho, hablaba en cinco idiomas y tres dialectos, además tocaba mandolina con melodías italianas de Sicilia, las tarantelas.
– En realidad no estuvo mal del todo, se fue y se llevó un enorme peso que ya tenía encima. Y todo por ayudar a un amigo, dijo don Adolfo, un hombre que tuvo mucho dinero, y así lo gastaba en los bailongos de tangos y juegos de billar.
Había tenido una buena racha en los negocios y guardaba aún muchos billetes en una caja fuerte, pero estaba en decadencia. Era de buena estatura obeso y rubicundo, de buen vestir, hablaba con fluidez y amabilidad, un ejemplo de vendedor, pero en desgracia.
-Es difícil saber lo que se puede hacer por un amigo en problemas serios, dijo don Julio, exhalando el humo denso y amargo, le temblaban las manos por la borrachera de la noche anterior. Había dormido en el portal de “La Dalia” envuelto en periódicos acompañado de un perro gris muy peludo.
– Ya con darle a café a usted después de venir borracho es bastante, no digamos a don Culpable.
– Y eso que dicen que hizo… lo que dice el periódico ¿es cierto?
– Usted creyéndole a los periódicos y no a mí.
– Bueno ¿lo hizo o no?
– No estuvimos ahí, así que ya se fue y con él la culpa.
– Eso de la culpa depende de cuánto tenga para pagar un abogado y más si está en otro país o va en camino. Será un juicio en su ausencia.
– Y…?
– Mirá Adolfo ¿quieres que siga con la carta?
– Sí escríbales en pocas palabras que quiero ¡di-ne-ro y pron-to!
Don Julio tomó un sorbo de café muy despacio, del pantalón sacó un pedazo de pan poroso y le dio un mordiscón. Se sentó en la silla, acomodo el papel y corrió el carro de la máquina, confirmó el color de la cinta de dos colores, negro y rojo. Escogió el rojo porque el color negro estaba muy usado y roto.
– Bien… Y siguió escribiendo a “pica-pollo”, tecleando la máquina marca “Royal” de 1943.
– Sprague ducht…
– Ah, después de esa carta se viene, tengo unos buenos chistes.
– Pero ¿tienes Wiskey?
– Solo para quitar la cruda… Saco un salchichón, un enorme pan simple y se sirvió del café que parecía petróleo crudo agregó un chorro de licor, tres cucharadas de azúcar y lo removió con el mismo clavo de la otra taza. Puso la botella de wiskey en el suelo.
Cinco años después, en otra casa también de maderos y lodo, una tarde antes de irnos al colegio de las monjas, en los días que llevábamos capas amarillas porque llovía sin previo aviso, llego un hombre muy alegre de lentes oscuros, abrió las persianas de madera, entró como si volviera a su casa, llevaba una camisa a cuadros, una gorra negra y pantalones de poliéster, don Julio estaba frente a la misma máquina escribiendo y enseñándonos a escribir como el, es decir como un hombre que escribe sin poder hacerlo como las academias mandan, sino como el cuerpo y la costumbre lo necesita.
El hombre saludó muy amable; don Adolfo lo reconoció por el tono de la voz. Nosotros con don Julio nos quedamos mirando con las tazas de café en la mano y queriendo saber quién era.
– ¡Es don Culpable!, dijo don Adolfo… ¡miren nomás! Si viene más gordo y hasta blanco se hizo en donde estuvo escondido.
-”Don Inocente” -corrigió- me declararon inocente por las pruebas periciales, el culpable fue el otro por allanamiento de morada.
– Y de la mujer, dijo don Julio.
– Don Julio?. Esos son inventos del populacho.
– Igual que usted, “ don dinero”, dijo don Julio Zepeda.
Después de saludar, sacó unos fiambres y un racimo de plátanos desmirriados. Los puso en el suelo. Abrazó a todos y se fue, lo esperaba en un carro marca “Hillman” una mujerona muy bonita.
– Y esa mujer? dijo don Julio.
– Ah, esa es otra amante…
– A bueno, el segundo frente ¡digamos!…( aspiro una bocanada de humo del cigarrillo). Y no está nada mal. Muy bonita y buen cuerpo.
– ¡También de eso es culpable!.
-De esas culpas ya quisiera también una “Dolfo”. Bueno ¿y fue cierto lo que dicen que hizo o no? Ya me quedó la duda.
– Don Julio estamos tan jodidos, siempre la misma política, hablan y hablan y no dicen ni hacen nada. Y mire con qué nos pagan ¡con un plátano podrido!
Don Julio lo corrigió:
– Pero la bolsa con los billetes que dejó olvidados y vos los metiste a la caja fuerte Adolfo…
– Ay don Julio, don Julio ¡ya decía yo que a su edad en cualquier momento iba a comenzar hablar mierda!
