Los últimos días estaba estragado por el cansancio, asoleado pero contento porque se jubilaría con lo que fuera, ya que había terminado de pagar el lote en el cantón San Roque, cerca de la ciudad de Mejicanos.
Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.
Ilustración: Ulises Palacios.
Nunca supe su verdadero nombre, pero no importa. Era enjuto de carnes, alto y espigado, con bigotes chorreados y canos, piel cuarteada por el sol y de mirada triste y tranquila. Cansado. Un Quijote sin rocín.
Pasaba hambres y trabajaba en una fábrica de ladrillos, hacia además tubos de piedra fina, arena y cemento. Colaba el polvo de cantera y se refugiaba del sol candente con un sombrero viejo, de fieltro barato.
El cincho le daba dos vueltas a su cintura y todas las tardes a las seis se lavaba la cara y el cabello, se peinaba con camino en medio. Se cambiaba el pantalón sucio y remendado. Quedaba en calzoncillos muy largos, rallados y desteñidos. A esa hora los muchachos se reunían escondidos para mirar el largo del calibre de badajo, de ahí su apodo: Don Campana.
Vivía con su vieja en un ranchito que construyeron juntos poco a poco, pagaban la mensualidad del lote. Sembraron árboles de arrayán y arbustos de flor de izote. Eran de hábitos nobles y humildes más que de pobres. Educados y respetuosos.
Por las noches compartían la lumbre de la cocina mientras tomaban la sopa de sobre con papas hervidas y algún trozo de pan viejo. Hablaban de la miseria mientras en tazas de peltre tomaban el café sin endulzar por el costo del azúcar. Adoptaron a un perro hambriento y con el compartían llantos y alegrías pues no tenían radio ni foco para la luz.
Todos los días Don Campana se levantaba muy temprano a encender el fuego con astillas de ramas secas, que su mujer había recolectado en las veredas y las llevaba en un canasto que ocupaba para las compras del mandado.
Después del café y el pan de dulce, agarraba una mochila remendada que encontró en la basura en la ciudad de la mandioca. Caminaba todos los días doce kilómetros hasta el lugar de trabajo, durante 35 años.
Los últimos días estaba estragado por el cansancio, asoleado pero contento porque se jubilaría con lo que fuera, ya que había terminado de pagar el lote en el cantón San Roque, cerca de la ciudad de Mejicanos.
Cuándo su cuerpo no pudo para más se iba a beber agua bajo la sombra de dos laminas, se sentaba a descansar entre el polvo y las risas de los trabajadores. El patrón le azuzaba para que continuara y él se levantaba como caballo lechero a estibar bolsas de cemento y a colar arena.
A la hora del almuerzo, como siempre, sacaba dos panes con frijoles y una botella con agua del grifo, comía solo para que no vieran su desgracia. Después se iba a ver el juego de Barajas de los compañeros más jóvenes y disfrutaba la jovialidad de ellos y que él ya había perdido.
Aguantaba bromas pesadas y se reía de que lo tomaran en cuenta y saber que existía y seguir vivo en el infierno.
Un día que tenía que llegar no se levantó temprano, comió despacio junto al perro, y lo acaricio, le dio un beso en la frente a la mujer.
– “Voy a jubilarme en esta Navidad”, dijo muy alegre.
Ella sonrió con su placa dental, y saco la camisa menos remendada y la planchó con las manos.
“Bueno, dijo ella, trabajaste como burro desde 1940.”
Esa noche llovió y regresó bajo el agua tapándose con un periódico que le regalaron, iba protegiendo el papel sellado y firmado del fondo de pensiones con el veredicto que recibió sin leerlo. Iba contento.
Encendió el candil y dejó el papel sobre una mesa vieja pero limpia, le colocó una piedra que froto en sus pantalones.
Al amanecer durante el café que no terminó de tomar mientras leyó textualmente: «El señor Bautista Cerón de 70 años de edad no tiene cotización alguna en esta institución y por lo tanto se le recomienda entenderse con su pagador en caso de estar trabajando.»
Al hablar con el patrón, ese mismo día, supo que nunca le había hecho aportaciones de invalidez, vejez y muerte. Después de las súplicas y por último una rabieta desesperada que asustó al capataz, le dijo:
– “Bueno don Cerón, véngase todos los sábados a ver qué sale.”
Todos los sábados llegaba desde las 6 de la mañana hasta las nueve de la noche. Alguien siempre le daba algo para comer y beber, por lástima. Después se iba con dos o tres pesos triste y pensativo.
A la abuela de Pubill se le arrugaba el corazón al verlo y le regalaba el almuerzo, el llevaba el plato lavado y le hacía reverencias papales. Era un hombre que había llegado al lado oscuro de la luna en sus días aciagos y sin energía, solo le quedaba el pellejo y la cara de ángel viejo.
Sus ropas tenían décadas y los zapatos más recientes se los había regalado un borrachito que estaba en la iglesia, eran muy viejos y duros, pero los usaba con dignidad y orgullo, a veces se los lustraban de gratis en la alcaldía un limpiabotas y se sentía muy alegre de ver sus arrugas en el brillo. Les ponía papel o cartón para sentir menos caliente el pavimento y amortiguar las piedras.
Nunca volví a saber de él desde el día que supo que el lote no era de él y había perdido ahí sus esperanzas pues le quitaron el terreno con todo y el rancho. Se dedicó a vender dulces en un carretón de madera, que el mismo hizo con madera de las cajas de los tomates y rodaje de baleros desechados, pues un mecánico le dio trabajo para cuidar un taller y le daba una esperanza entre los comienzos de la guerra.
Cuando sintió los primeros bombazos de los milicianos, y vio correr en pánico a una señora que iba agarrando de la mano a una niña zurda, y arrastraba el bolso con los cuadernos, entonces sí creyó en los rumores subversivos.
Vio desbaratarse de un bazucazo la torre de la iglesia y el momento en que las reses del tiangue salieron en desbandada. Y desperdigaron a la banda regimental que tocaba Blanca Navidad.
Era la hora que servían la sopa de Mondongo a los estibadores del mercado.
Los comedores quedaron vacíos con los platos servidos, y los muchachos que tiraban cohetes agarraron los fusiles y machetes para atacar el recinto de la guardia. Amarraron a los escasos elementos de tropa y enarbolaron una bandera roja y negro. Gritaron consignas de resentimiento viejo contra los ricos y sus secuaces.
– “Que Viva Fray Baltha”, gritaron…
– “Dios mío, dijo don Cerón, se vino la guerra…” y se puso a llorar.
Regresó corriendo al taller en medio de la metralla y agarró su tabaco y una bolsa con tortillas, tiro los dulces dentro de un carro destartalado , y se fue a buscar a su mujer y al perro. En el camino le pidieron la cédula de identidad unos hombres vestidos de verde olivo y pintados los rostros macabros y con armas automáticas. Lo tiraron al suelo soltando las tortillas y le revisaron hasta los cartones de los zapatos. Eso lo indignó tanto que al ver una columna de milicianos, se fue para la montaña, se unió a la guerrilla.
Por eso en las navidades se le recuerda cuando suena el “badajo de la campana” y los cohetes recuerdan los tiros de la metralla.
Algunos cuentan que estuvo en un campamento de milicia, la señora hacia dos mil tortillas de nixtamal al día para la tropa y don Cerón cargaba las cananas con tiros de Ak47; llevaba correos a los otros campamentos, pasaba con sacos de naranjas y de elotes siempre montado en un burro.
Iba masticando tabaco. Sonreía entre la tropa del destacamento y supo que a su patrón en un zafarrancho de perros en brama iba pasando y lo revolcaron hasta que dejaron solamente el cuello de la camisa y la hebilla del cincho, se lo comieron.
Don Cerón sonrió por la venganza celestial. Ese día pasó a la cantina y dicen que compartió la botella de boca en boca, con todos los borrachitos felices.
– “Bebo por mi vida, dijo, porque fue pura mierda. Porque los pobres estamos abajo, no sólo de los ricos, sino también de las leyes y se limpian con los papeles de los derechos humanos. Ahora que comprendo la guerra, “carajo que viva Sandino y todos ustedes cabrones”, le quitaron la botella.
Sonó la campana llamando a misa del gallo. Y los cohetes se unieron a la algazara de los milicianos.
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Grandioso Dr.