En cierta ocasión llegó a tocar la puerta un hombre con moño en el pelo, blusa rosada pantalones sin bolsa y muy ajustados, un delantal con florecitas moradas y sandalias de hule.
Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.
Ilustración: Ulises Palacios.
Nunca supe su filiación, pero también nunca había visto o conocido alguien tan haragán y de hábitos de asaltador de mujeres en las veredas de los ríos, que quedara impune.
Mantenido por su mujer la buena Crescencia que se las arreglaba aguantándole patadas de mi buen hermano, oficios de casa, tres comidas para ella y familia, y con una hija morenita y risueña como la madre.
Don Cleto o Anacleto Laínez Portillo, como se llamaba el caballo, siempre andaba masticando magaya de puro, era un hombre de unos setenta años, pero de huesos duros, escasa dentadura, de piel morena y con sordera de un 90 por ciento, pero todas las maldades las cachaba al vuelo y sabía leer los labios a pesar de ser analfabeto.
Un rústico en la ciudad. Creyente a su manera y siempre hablaba cuando los otros estaban conversando, tal era su estorbo, que aparecía en donde menos se le necesitaba.
Creía en fantasmas y era supersticioso de nacimiento. Con el tiempo, en la época de los Beatles, cambió los caites por zapatos de plataforma, sus pantalones de drill por pantalones de poliéster rayados y acampanados y un sombrero canotier por el de pita; además de unos lentes para el sol que usaba por las noches, parecía un escarabajo con camisa morada y corbata tejana. Era un desorden caminando con una varilla de un cuarto como arma de buen andador.
Cierto día después de esperar el desayuno en la casita pobre de la abuela de Pubill, se fue con su paso de mula de Madero y llegó a pararse en la esquina de una calle concurrida de carros y buses, miró hacia el cielo y vio oscuro -no recordaba que iba con los lentes de insecto- estiró el antebrazo y abrió la mano para saber si estaba comenzando a llover, así pasó diez minutos; a retirarla iba cuando varias personas le dejaron varias monedas. Ahí dejó la mano y en esa tarde en menos de tres horas reunió treinta y cuatro colones. Todas las tardes ahí se paraba lloviera o no.
Le gustaba pasar a comer de gratis a la casa de personas pobres, no le importaba la condición sino la obligación de que lo alimentaran acostumbrado a esa vida de holgazán y vividor.
La hija se fue a trabajar a New York en una fábrica de maletines y le comenzó a girar dinero a los padres, terminó llevándose a la madre, pero le costó mucho llevarse al caballo haragán. Bien hace Dios de todo animal en este mundo y tontos que los alimenten.
En cierta ocasión falleció un señor que le hizo bien mucho tiempo y por compartir la derrota de la familia pobre se quedaba a dormir junto a un perico hablador y junto a un adolescente, todos con miedo al occiso.
En una noche que el perico se logró zafar de la almohada en que lo acomodaban para dormir, despertó al caballo de palo, y se puso nervioso a las tres de la madrugada, se puso el pantalón, agarró la cebadera de trapo y la varilla.
Como dormía en la habitación interior, la puerta a la sala, y por ende a la calle, quedaba con una aldaba. Es decir estaba encerrado en la oscuridad, se puso más nervioso y miedoso, comenzó a hablar tembloroso pidiendo una rodaja de limón; como yo dormía al lado de la calle, no supe al inicio si el alma en pena que pedía limón estaba en un lado o en el otro, y ante la duda deje que siguiera su pena por la fruta.
Al amanecer, al abrir la puerta que daba al patio ahí estaba tirado con la varilla en una mano y el bolso en la otra; se levantó y se fue sin desayuno. Regresó tres meses después, justo a la hora del almuerzo.
Era más sordo que un trozo y, sentado solo en la sala, dejaba ir unas ventosidades de trompeta desafinada pensando que eran soplados los morteros.
Muchas veces obligado a escribir las cartas a su hija Pubill se quedaba oyendo sus aburridos discursos, oraciones para la buena muerte, para los amores contrariados y hasta para los huracanes sin nombre.
Hubo ocasión que lo tildó de ladrón por verlo en casa y sin trabajo, no sabía que estudiaba con beca en la Universidad Nacional, era un viejo pendejo bien hecho que ofendía en vez de ser agradecido con lo que era recibido en la pobreza; compartían de la miseria con él, incluso le daban un techo y una lona para que durmiera.
En cierta ocasión llegó a tocar la puerta un hombre con moño en el pelo, blusa rosada pantalones sin bolsa y muy ajustados, un delantal con florecitas moradas y sandalias de hule. Se llamaba Petronilo y lo conocían por Milo.
Iba a dar recado de parte de la hija del caballo haragán. Se dedicaba a vender mangos pelados y cebollas moradas en el mercado San Miguelito. Sobrino filial de la niña Crescencia, consentido del caballo.
El recado consistía en que la hija de Don Caballo y la señora Crescencia vendrían a este paisito encantador y querían ellas un lugar para ajustarse las comidas y vivienda para no pagar hostal. La pobre abuela de Pubill aceptó sin saber que iba a recibir cinco comensales incluyendo a Petronilo y darles agua, jabón, las camas y las comidas que no hacían al salir a sus paseos de rutina.
Cuando se fueron dejaron deuda en la tienda, pero la alegría de no mantener vivianes.
Sin embargo al amanecer siguiente apareció el Don Caballo tocando la puerta para el desayuno. Y se quedó incluso a esperar el almuerzo.
Petronilo desapareció temporalmente dejando su recuerdo de flor truncada y su moño primaveral con una florecita de papel. Caminaba de medio lado y hablaba con voz de falsete en La Menor. Dicen que se reunía con las vendedoras de fuegos artificiales en un parque y pasaba las navidades entre silbadores y la bolsa de ropa del Caballo de Palo.
Cuando llegó el día de tramitar la visa del Don Caballo, fue toda una proeza desde madrugar, pagar el taxi del borrachito Lora Gorda, y la espera interminable entre los gruesos vidrios de los marines con sus uniformes de extraterrestres y sus miradas despectivas hacia nuestra gente que parecíamos mendigos de iglesia en la catedral del imperio.
Pasaron, porque fue Pubill con él, durante cinco horas de espera para escuchar a un gringo que les dijo: “Next one, este senior no entrará a Brooklyn no apto… Fuera!”
Se fueron bajo el sol aplastante a pie hasta el mercado, frente de la iglesia estaba una señora en la cuneta con unos guineos desmirriados, Don Caballo compró dos y le dio uno. Pubill lo tiró en el enorme basurero atrás de la iglesia en donde iban a comer los borrachitos en desgracia.
La abuelita le preguntó a Pubill que había pasado y lo percibió porque el Caballo iba con la intención de quedarse a comer y Pubill se fue a bañar y dijo: “¡No le dan visas a los caballos de palo… Y a este menos!”
Ciertamente la hija del Caballo, hizo un trámite de matrimonio ficticio del padre con una mujer cercana a la familia y que presentara la documentación de la madre, es decir doña Crescencia.
Pero el muy bruto del Caballo viendo mejores carnes en la mujer alegre, le dio tres pesos para cambiar los papeles y terminó casado con otra mujer que nunca consumó esa farsa.
Rosa Laínez se tiraba de los pelos y entró en crisis asmática por el enojo. Tuvo que enviarle dinero a Petronilo para que el Caballo se casara con él después del divorcio apresurado.
Don Anacleto al ver a Petronilo con un moño en la horda y peludo de las orejas hizo lo que debió haber hecho mucho tiempo atrás. Y teniendo los documentos en regla le dieron la tan esperada visa para los Estados Unidos.
La preparación del viaje fue una odisea pero con buen puerto, en vez de varilla llevaba un bastón de cedro a manera de garrote preventivo o de ataque. Lo vistieron con sombrero de pelo, camisa de colores de flores tropicales y con el emblema de “made in Apopa”.
Un cincho enorme con hebilla de herradura que era el amuleto que tenía en el dintel de la puerta. Calcetines que más parecían de cuétano, con sus colores vivos. Y los mismos zapatos de plataforma de dos tonos de color, amarillo con rojo, como los de los hippies, de Woodstock de 1969.
Así llegó y fue recibido en el Aeropuerto en su destino, esperado por treinta familiares ansiosos por los encargos: desde pupusas de chacalines, queso majado, frijoles negros, pepesca, y tamales de gallo y los famosos dulces de camote de Juayúa.
Fue una celebración de esas de preludio de luna de miel, porque a los tres días don Caballo agarró a garrotazo limpio al yerno. Y se fue caminando en el “freeway” desde Brooklyn hasta Queens, a la vera de la vía, riéndose y buscando en donde comprar plátanos.
La nieta alcanzó a verlo, lo subió al carrito Ford de 1929 y lo llevó al sitio de los hechos.
Un día domingo en la colonia La casita de Mejicanos, Pubill le dijo a la abuelita:
– “Allá en la venta de fruta de La Gorda, está un hombre igual a don Cleto.
“No puede ser, dijo ella, está con la Rosita, muy muy lejos.”
– “Pues si no es él es un hermano idéntico, hasta con los lentes de insecto. Y está mirando para acá, abuelita.”
En ese momento llegó Petronilo y sacó un sobre del delantal. Era una carta con los detalles de recomendación como que era carro para armar con instrucciones y con una letra que delimitaba entre el primero y tercer grado, con un Español y Frasés en Inglés, le pedía que le diera lo que necesitara y ella enviaría con la debida frecuencia algún dinero por los gastos. (Leyó en voz alta Pubill)…
Y dijo: “Compre huevos y se los mete duros: desayuno, almuerzo y cena… Ya verá este caballo. Solo eso nos faltaba, seguir manteniendo un Caballo de Palo y que come como paquidermo.”
Y vio que Petronilo le sonreía, agarrándose con una flor el moño de la oreja.
