“Una mañana de un día lunes mencionaron mi nombre por el megáfono y al llegar a la Dirección me anunciaron que estaba libre y porque no tenía familia nadie me fue a recoger”.
Fotos: Periódico Equilibrium.
Bugs Bunny y el Demonio de Tasmania aparecían y desaparecían de la pizarra del Centro Escolar República de Haití, de Sonsonate, donde con los sobrantes de yeso que dejaban sus profesores, los dibujaba.
Aquella destreza, cuando tenía 11 años allá por 1989, solo era el comienzo de un camino insospechado que lo llevaría por estaciones de la vida que lo marcarían como un ser humano que después sería solo un ejemplo de cambio.
Navegó en las entrañas de pandillas que, primero le enseñaron a ingerir alcohol y drogas y, después, lo graduaron para conocer el reducido espacio de las celdas en los penales La Esperanza, de Mariona, y Ciudad Barrios, de San Miguel.
Otras malas influencias en su juventud lo llevaron a experimentar el desprecio de su propia familia. Hasta el día de hoy no sabe mayor cosa de esta, pero sabe del amor de su esposa y sus hijas, quienes sí creyeron en su cambio.
Y así en su accidentada vida de juventud, conoció a quienes pudieron y quisieron ayudarlo a salir de un mundo de desilusiones, de angustias y de penas. Pero el verdadero protagonista de este cambio de vida, reconoce, no fue ese conjunto de hombres y mujeres que se cruzaron en su camino.
Después de seis meses de dormir en la calle, en moteles y de posada en casa de familias que lo apoyaron, a veces a regañadientes, pudo encontrar la forma de llenar el vacío que lo atormentaba. “Conocí a Cristo”, dice y ahora “presido el Ministerio Nueva Creación, donde 35 pandilleros son rescatados y evangelizados para que luego den testimonio del cambio”.

Pareciera que Dios le prestó los pinceles de la vida para que se dibujara y se pintara a sí mismo y se convenciera que la cárcel no era un lugar para él. Paradójicamente, fueron las escuelas de los reclusorios los que lo impulsaron a salir del inframundo.
Primero Mariona le dio la oportunidad, a sus 19 años, de demostrar su habilidad para la mecánica general y para la pintura; para llegar allí obtuvo la beca de sus amigos que lo involucraron en un asalto a un bus y, aunque nunca participó en el atraco, la Policía se lo llevó detenido y, mientras lo investigaban, pasó dos años encerrado.
Luego Ciudad Barrios le dio otra oportunidad, cuando por asociaciones ilícitas la Policía lo capturó en San Salvador y lo trasladó hasta aquel penal migueleño, donde sí resintió la falta de su familia. Pero de nuevo, el favor de Dios expresado en su alta capacidad de elaborar una formidable carroza para exaltar el Festival del Café en esa localidad, le permitió que el Consejo Criminológico y el Director del penal se fijaran en su potencial y le dieran la oportunidad de gozar la media pena.

Solo así logró salir de aquel infierno y ahora, a sus 41 años, Roberto López no solo ha ayudado a jóvenes a salir de las pandillas, sino que afinó su pincel autodidacta para pintar ángeles en iglesias evangélicas de San Salvador y unos 20 murales en otras partes; el último lo está pintando en el local del partido VAMOS, cuyos dirigentes se fijaron en su habilidad creadora y le han permitido que engalane la fachada de su local.
“Cuando me meto a hacer un cuadro, se me olvida todo, y me identifico con el lienzo para que se vea atractivo, bonito y eso hace que yo pase entretenido en la pintura”. Es justamente eso lo que Roberto podría hacer que sientan otros artistas con el apoyo de la Secretaría de Cultura del partido VAMOS, si se concreta un proyecto para que se ofrezca un espacio como especie de galería a fin de apoyar a pintores nacionales.
El artista dice que no se arrepiente de haber aprendido así sobre la vida, porque eso lo tiene donde está ahora y que mientras más gente conozca su pasado podrá ayudar a que más personas sepan salir adelante en sus dificultades.
Y seguirá así a pesar de los estigmas que los diversos sectores, incluidos el de los medios de comunicación, siguen manteniendo sobre la juventud pandillera que quiere cambiar su vida.
Aún falta superar actuaciones como el de la Policía que sigue persiguiendo a quienes dentro de la iglesia de la colonia Dina, de San Salvador, donde se congrega Roberto, reciben la evangelización para ayudarlos a abandonar la violencia.

“La policía cuando llega a la zona en la Dina, sigue pensando que nosotros estamos planificando algo. Cada vez que pasa algo violento, siempre llegan a esa zona de la iglesia. Ocurrió algo así hace un par de domingos”.
Después de la amarga pero enriquecedora experiencia, “ahora me siento útil y siento que puedo aportar para que la gente vea que sí se logra cambiar, aún con todo lo que haya pasado. Ahora pago mis impuestos, pago mi casa y saco a la familia adelante. Me siento orgulloso de representar a mi país a través de la pintura”.
