Muchos árboles gigantescos se secaron. Sus robustos troncos descascarados que aún conservaban las retorcidas ramas, eran decorados con muchos zopilotes que acechaban a los pocos habitantes que se habían resistido a abandonar su hogar.
Por: Dr. Adán Figueroa.
Ilustración: Mely.
Tenía veinte años y siempre andaba una garrafa de agua o un tecomate en el hombro. Padecía de algo extremadamente raro. Eran chorros de sudor que de manos y pies le brotaban incesantemente.
Era tanto, que incluso cuando dormía, ponía a la orilla de la cama, cuatro bacinicas. Una para cada mano y para cada pie. Rápido se le llenaban de sudor. También en la cabecera, no le faltaban sus garrafas de agua. Orinar, casi no orinaba, sólo sudaba en una forma exagerada.
Un día, después de haber consultado en muchas ocasiones con diferentes médicos, inició un viaje largo y dificultoso de Santa Ana hasta San Juan Las Minas, Metapán. Llegó a la botica de don Nando, quien desde hacía muchos años practicaba la medicina oficinal y eso le permitió desarrollarse, sobresalir y obtener mucho reconocimiento por las curas que hacía.
Preparaba de todo tipo de medicamentos: cucharadas para la diarrea, para el estreñimiento, purgantes cuando la gente se quería lavar el intestino, jarabes para los cólicos y en ocasiones mandaba los pacientes al hospital San Juan de Dios de Santa Ana.
Muchos por considerarlos de operación o porque eran enfermedades realmente difíciles y que estaban fuera de su alcance, pero siempre había casos de los que se hablaba mucho y por muchos lugares.
– Mire don Nando, le dice Salvador Fuentes, yo no sé qué hacer, ya fui al San Juan de Dios y no me alivié, vine hasta aquí, porque me lo han recomendado, yo le pago lo que sea, pero cúreme por favor.
Le cuenta todo lo que ha pasado y las penurias que ha sufrido. Don Nando lo escucha tranquilo y le interroga sobre su padecimiento.
– Mire, si hasta dicen que los nacimientos de El Sauce y de la finca San Lorenzo de “Santana” tienen un sabor salado por todo el sudor que ha llegado hasta ellos. Yo sé que lo hacen por fregar, pero ya estoy aburrido de andar cargando el garrafón de agua en el hombro o los tecomates, porque necesito tomar agua a cada instante. Solo eso paso haciendo.
La verdad, no era tanto por fregar. Era un cambio radical el que estaba sufriendo toda esa zona y prueba de ello era que todo el mal olor que se respiraba por la putrefacción del café en el beneficio había desaparecido.
Nadie se explicaba cómo era posible que semejante pestilencia que se esparcía por el aire en todo el recorrido del riachuelo, desapareciera, así por así. Pero eso, no era nada.
Lo malo era que lo salado del río había matado a todos los peces. Las siembras no se reproducían y en las milpas crecían elotes salados, el maíz nadie lo quería.
Todas las manzanas de terreno, antes tierra fértil, estaban siendo abandonadas. La gente que años atrás emigró a Santa Ana y ya tenía raíces en San Lorenzo, una vez más estaba buscando futuro.
La alfombra blanca de garzas, también surcó los cielos. Salió volando con la esperanza de encontrar un nuevo lugar donde subsistir y volver a ser atractivas a las miradas de los transeúntes.
Así pasó entre Sauces, Mangos, Copinoles, Laureles, Conacastes, Ceibas y otros árboles más, cambiando a cada instante de forma y de altura, pero siempre permanecía unida y resplandecía cuando los rayos del sol impactaban en la suavidad de su blancura.
Muchos árboles gigantescos se secaron. Sus robustos troncos descascarados que aún conservaban las retorcidas ramas, eran decorados con muchos zopilotes que acechaban a los pocos habitantes que se habían resistido a abandonar su hogar y estaban a punto de perderlo todo… hasta la vida.
Era una catástrofe. Las autoridades Santanecas no se explicaban la causa de semejante cambio y se negaban a creer los rumores de la gente. Sólo Chamba Chorrito estaba consciente de la situación. Eso y el serio problema de salud que enfrentaba lo hicieron buscar con desesperación su cura.
– Bueno, le dijo don Nando después de haber escuchado su húmeda historia, no te preocupés, he visto muchos casos de sudoración profusa, pero el tuyo es especial. Vamos a ver que te preparamos.
Como siempre, escribió su fórmula y en esta ocasión preparó una loción para lo que él llamó Hiperhidrosis Palmar y Plantar y que muchos años después se conocería como la Loción de Reyes, en honor a su nombre.
Le preparó una botella y le dijo: tenés que comprarte unos guantes y con esta medicina, los empapás bien y te los ponés hasta que se te sequen, lo mismo hacés con los calcetines. Al secarse, los volvés a empapar y te los ponés otra vez. Poco a poco se te va a ir quitando la sudadera. Cuando se te acabe la mezcla, venís o mandás por más.
La loción indicada según sus propiedades farmacéuticas, debía de dar un buen resultado, pero a don Nando le preocupaba realmente, pues jamás había diagnosticado y tratado un caso similar. Eran chorros y chorros de sudor del hidratado Chamba. Un verdadero ojo de sudor.
Chamba Chorrito empezó su tratamiento al pie de la letra. No quería que por su culpa fuera a fallar. Ahí pasaba con los guantes y los calcetines quitando y poniéndoselos. Al tercer día empezó a notar que el garrafón de agua que tomaba, ya le duraba más tiempo.
Se sonrió muy alegre y continuó más entusiasmado mojando y cambiándose los guantes y calcetines. Una semana pasó en ese trajín y poco a poco la fuente de sudor se fue secando, la gente de San Lorenzo poco a poco también fue regresando y las tierras recuperando su verde follaje con el transcurso de los días.
Una comitiva de la comunidad acompañó a Chamba Chorrito, ya despojado de su apodo, hasta San Juan Las Minas. Su objetivo era conocer al boticario que había hecho la difícil cura y mostrarle su agradecimiento. Una sorpresa inesperada para Don Nando, quien tuvo que posar para una serie de fotografías con algunas personas.
Chamba se curó y se quitó una garrafa de encima. Cuanto se vio sano, sin guantes y sin calcetines expresó: ¡Ese Boticario de las Minas, sí que es la Flor de Izote para curar!
Hoy, pasados los años, cada vez que viajo con rumbo a Metapán observo muy contento y con agradecimiento la gentileza de la comunidad de San Lorenzo, por haber erigido un busto de Don Nando, en el triángulo que está a la entrada de Santa Ana entre la calle antigua y la autopista nueva.
