Su nombre real es “Festival del Café”, pero haciendo honor a nuestros ancestros que lo llamaban el Grano de Oro, bien puede calificarse como el Festival del Grano de Oro.
Fotos: Periódico Equilibrium.
La segunda celebración del Festival del Café no se inicia con la algarabía de las exposiciones, ni de la música, ni de la asistencia de las centenares de personas que acuden al Cerro Verde de Santa Ana cuando llega el momento culmen del evento.
Realmente se ha iniciado desde que el sol sale por el horizonte, mientras la población campesina que por años ha dependido económicamente de este producto agrícola avanza por las calles muchas veces tortuosas, hasta llegar a la vereda que conduce finalmente a esa plantación maravillosa que se llama cafetal.
Como lo hace don Ángel Aguilar, a sus 69 años, o Antonio Retana, a sus 36, en la finca Bella Vista, donde deslizan ágilmente sus dedos sobre los sarmientos para arrancar el dulce fruto que se convierte luego en la humeante taza de café en el chalet más humilde de El Salvador o en algún restaurante exclusivo de Japón, Inglaterra, Alemania o Estados Unidos e incluso del país.

Ambos están recolectado el Grano de Oro que luego otras mentes sapienciales y manos expertas lo procesan hasta dejarlo limpio en los patios de los beneficios como el de Las Lajas, en la finca del mismo nombre, en Izalco, fronterizo con Santa Ana, en el Cerro Verde.
Una vez el sudor ha caído en la Pachamama, de lo cual solo son testigos un canasto embadurnado de miel de café, las manos de esas humildes pero grandes personas, el rocío que cala en la piel y quizás la esperanza de tener pronto en su haber $1.60 por arroba que las personas cafetaleras pagan por la recolecta que comienza en noviembre de cada año y finaliza en febrero del siguiente, llega el proceso industrial.
La Directora Ejecutiva del Instituto Salvadoreño de turismo (ISTU), Dolores Henríquez, sabe de ese esfuerzo y por eso mismo es que le quiso imprimir importancia al trabajo arduo diario de cada hombre y cada mujer y hasta de la niñez campesina.
Este tipo de festivales ayuda al emprendedurismo; ahora le da oportunidad a todas las personas posibles para que se desarrollen, dice.
“Esto también nos educa porque los salvadoreños, en mayoría, ignoramos la riqueza y lo que produce el café”, pero también ignoramos que detrás de una taza del aromático, está el desvelo, el cansancio y la esperanza campesina.
El 19 de febrero se realizará el segundo festival del grano para degustar todo derivado del café, aromas, alimentos, postres, artesanía de mujeres que tiñen ahora con hojas de café; el chaparro Flor de Fuego que es la bebida reconocida en cada festival donde cualquier fruta, nativa o no, sea la protagonista.
Ese festival le dará cabida a una emprendedora orientada en Ciudad Mujer de Santa Ana, para que ofrezca sus propios productos aromatizadores y de belleza; también a una agenda artística cultural, con el ballet de Mauricio Bonilla, que contará sus orígenes; a las marimbas, a las bandas regimentales, a baladistas y hasta a la Sinfónica infantil de Cojutepeque, además de cooperativistas que comercian con el café en todas sus formas.
También que se platique con la gente
Hugo Hernández, es el Director Ejecutivo del Consejo Salvadoreño del Café (CSC) y está interesado en que la ciudadanía comprenda que, “cuando hablamos del grano hablamos más que de una taza de café, hacemos historia, porque desde la política de la Presidencia que reactiva la caficultura, se busca posesionar el producto y a la vez vincularlo con el turismo.

Y esta iniciativa solo se logra cuando se da una alianza del sector privado productivo y del público, una alianza real que se manifiesta cuando el ISTU cede un espacio al café salvadoreño para que pueda ser distribuido en una tienda dentro del Cerro Verde, para que cada turista saboree el café nacional, por ejemplo.
Y desde esta tienda comienza el trabajo de posicionamiento, de información y de conocimiento porque su diseño tiene un sentido: los puntos de venta tienen proyección de puntos de venta educativos, formativos y de conciencia sobre la calidad y la sostenibilidad, además de su incidencia en el medio ambiente, la generación de empleo y la subsistencia de las personas cafetaleras. Después del festival la tienda se abrirá al público.
Pero no solo se trata de ofrecer café a la gente, sino de que el Barista platique con esta que comuniquen sobre el café salvadoreño y su posicionamiento en el mercado internacional, sobre que otros países producen más café que nosotros pero no es la misma calidad, reflexiona Hernández.
Colombia y Honduras lo reconocen, tanto así que Colombia compra el café salvadoreño para luego exportarlo a Japón.
Una experiencia para no olvidar
Manuel Vindel, es un Barista del CSC y le cuenta a Periódico Equilibrium su experiencia; recuerda que inició su pasión por el café en varias cafeterías de San Salvador, hasta que terminó como todo un Barista del CSC, donde ahora da instructorías en la Escuela del Café de El Salvador, sobre tostaduría, catación y barismo.
Pero está convencido que no solo se trata de trasmitir la técnica sino de “educar al consumidor, que sepa que consume un buen producto”, dice.
Barista es una persona que alcanza un buen nivel de pericia o experticia en el nivel del café que toma en cuenta factores como temperatura, dureza y cantidad de agua, tanto como la cantidad de café, el tueste adecuado que se manipula para “expresar” los mejores sabores.
Ya son diez años de experiencia de Vindel, cinco de los cuales, como Barista, su especialidad.
Después de sus experiencias en las cafeterías Manuel llegó por casualidad a un beneficio donde le dieron a conocer un mundo diferente del café; después de ver el café como bebida negra, a la que se le agrega azúcar y se toma, pasó a verlo como especialidad que lo hizo “enamorarse del producto”.
El barismo le ha dado una forma de vida, ya no lo ve como trabajo sino como una pasión por la bebida.
Hablando con el campeón
Desafortunadamente centenares y quizás miles de compatriotas hablan con gran orgullo de campeones foráneos que, sin restarle méritos, han hecho lo propio para engrandecer a sus países.
Pero al Cerro Verde llegó un campeón nacional. A muchos les sonará, de hecho, desconocido; no tiene apellidos rimbombantes extranjeros, argentino, español o portugués, tampoco es futbolista; pero Víctor Flores Menéndez, es un ícono nacional, merecedor del reconocimiento de sus compatriotas por poner en alto el nombre de El Salvador.

Es el Campeón Nacional de Barismo 2016; representó a El Salvador en Dublín Irlanda en un evento de Barismo internacional y es un empresario que empezó vendiendo pan en una modesta panadería que ahora tiene renombre por servir uno de los mejores café de El Salvador: la Biscuit Factory.
Tiene seis años y medio de dedicarse al mundo del café y busca siempre aprender y mejorar sus técnicas. Quizás su amor por el café es porque la familia de su padre fue productora en pequeña escala, pero le enseñaron a tomar buen café y esa fue la idea principal para convertir la panadería en cafetería. En febrero cumplen 18 años como panadería “y de servir café en serio, unos seis años”, dice.
“Ser barista me ha enseñado algo nuevo cada día, pero sobre todo saber la responsabilidad de los baristas pues somos el último eslabón de una cadena de productores, beneficiadores, tostadores, etc, ese producto en nuestras manos ha pasado por muchas otras manos que han hecho bien su trabajo y es mi responsabilidad hacer bien ese trabajo último para que ese café usted lo disfrute como tiene que ser”.
Manuel sabe que en sus manos está la responsabilidad de hacer brillar el grano en una buena taza o arruinarlo de golpe.
Cuando ganó el campeonato de barismo nacional se presentó con el arma secreta de todo barista: una buena semilla de café.
Fue el café pacamara extraído de la finca San Nicolás, de La Palma, Chalatenango, propiedad de don Ignacio Gutiérrez; a su juicio, uno de los mejores microproductores de El Salvador, que produce poca cantidad del grano, pero de gran calidad, de manera que lo vende bien a Alemania, Japón y Taiwán.
Así de interesante es el Grano de Oro, que tiene historia, que genera historias y que permite que en una minúscula taza se encierren bajo ese color negro, el sudor, las lágrimas, la esperanza, el emprendimiento, el esfuerzo, los sueños y, sobre todo, la fe de muchas personas salvadoreñas que hacen posible que desde el seno de una montaña salga la bebida que usted, que lee este reportaje, probablemente lo haga cómodamente, desde una silla, viendo humear la taza con el bondadoso café.








