“Buen provecho Don Francisco”, le dijo elevando la copa y comiendo a puñadas los gusanos crujientes, mientras el pobre don Francisco echaba las tripas deteniéndose de una mecedora.
Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.
Ilustración: Edgar Pacheko
RECUERDO LOS CUENTOS de Don Francisco, en sus años de bailar tangos de Gardel, jugar billar, con éxito en los negocios, allá por los años cuarenta. En la Sociedad de Comerciantes e Industriales conoció e inició amistad con personas de diferente condición económica y de origen, por el trabajo mercantil, en cueros, zapatos y todo aquello que pudiera comprarse o venderse.
Una noche, después del baile de tango, lo invitaron a comer en casa de el turco Handal.
La sala espaciosa con una mesa de billar, un bar muy surtido y el comedor enorme con la cocina de lujo, ahí se paró el turco con gran sonrisa y le dijo:
– “Aquí está”.
De una gaveta de madera sacó un objeto del tamaño y forma de un balón de fútbol envuelto en papel de aluminio algo grueso.
Destapó una botella de buen vino tinto, puso dos copas de cristal, una en cada lugar de la mesa, dos platos de porcelana fina y una tabla de cedro con un cuchillo enorme.
Encendió el fuego de la hornilla y colocó una sartén, echó aceite de oliva y espero, mientras tarareaba y bailaba el tango “Bandoneón arrabalero”. Comenzó a destapar el objeto.
– “Este -dijo- es un queso enorme, tiene una tapadera del mismo queso y está hueco, porque le saqué poco a poco con una cuchara de su interior, luego lo rellené con vino rosado y lo dejé ahí ocho días. ¡Y aquí está!.”
Sí, ahí estaba, y era una guarida de enormes gusanos casi rosados. Los agarró vivos a todos y los tiro al aceite caliente de un solo empujón . Hicieron un ruido de frijoles friéndose, los volteó con una espátula de madera no dejando que se saliera ninguno. Despedían olor a churros de queso. Los colocó mitad en cada plato y escanció el vino.
– “Buen provecho Don Francisco”, le dijo elevando la copa y comiendo a puñadas los gusanos crujientes, mientras el pobre don Francisco echaba las tripas deteniéndose de una mecedora.
Pero el tiempo pasa. Cincuenta años después una noche que recordaba eso y me reía, la Doña Mary estaba friendo frijoles blancos en su cocina ambulante, en la esquina del mercado. Ya eran las Díez de la noche y los comensales nocturnos comenzaban a llegar. Como tuve más hambre que apetito, me detuve, vi una banca de madera rústica, iba de pintar una casa y estaba cansado, me senté.
Ella me miró detrás de los gruesos lentes, siguió sacando peroles y cucharas. Encendió otras hornillas mientras los focos amarillos alumbraban a los niños que jugaban descalzos con una pelota de basura en la calle.
Un perro trataba de alcanzar un langostino de un alambre, pero estaba cojo y era un costillar y pelos ,más parecía un coyote.
– “¿Qué va a comer ?”, dijo, egándole una patada al pobre perro que se fue por la cuneta olfateando el rumbo de las ratas.
– “Frijoles con arroz, queso, una tortilla de maíz y una taza de café, con una cucharada de azúcar”, fue lo primero que se me ocurrió.
Habían otras ventas de comida y el aroma a chorizos estaba en el aire.
Enfrente, una mujer muy joven y bonita con un pantalón azul de lona muy ajustado estaba palmeando tortillas y revolviendo la olla de los frijoles. Unos chorizos colgaban agarrados con tuza y caían sobre huevos endurecidos. Humeaba el café de pozol a un lado de la marmita.
Otra mujer despeinada asaba carne gorda en brasas, calentando tortillas y un perol con casamiento y un tarro con café.
Habían varios hombres comiendo de pie, iluminados por el foco amarillo del poste. Atrás estaba el basurero del mercado. Unas ancianas recogían verduras a medio podrir, y algunas frutas, cortándole los pedazos malos. Fueron a sentarse entre los pilares del portal y comenzaron a comer, compartieron con un hombre ciego que murmuraba una letanía memorizada.
Después se acomodaron entre cartones y papeles de periódicos para dormir. El perro llegó cojeando con un ñango que escamoteó del carretón en la esquina. Se echó y comió despacio muy cerca de los ancianos dormidos. Un gato sarnoso les hacía compañía, se lamia las heridas de alguna batalla por una gata en celo.
Doña Mary colocó el plato con la comida y el café.
– “Ahí está”, me dijo.
En ese momento se sentó cerca un hombre sucio con gorra para beisbolista, una chumpa remendada, lentes oscuros, zapatos para correr. Pidió huevos revueltos, frijoles y café. Comió chupándose los dedos y mirando un aparato con una película de Rambo.
Pasó una mujer de unos cuarenta años, bien vestida de color gris con sacola, pidió veinticinco centavos de arroz y huevos con mortadela, comió de pie mientras la bambolearon los niños por seguir pateando la pelota, ellos corrieron con sus culitos remendados. Muy felices del gol entre dos ladrillos.
La mujer terminó de comer y se fue taconeando dejando la sombra y su perfume barato en la esquina de la mesa.
Se me ocurrió seguirla porque en casa del nieto del alemán, siempre mantenían quesos agusanados para comer fritos con vino tinto.

