Aquí me quedo

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Los borrachitos aún bajo la lluvia llegaban tiritando puntuales a la cantina para tomarse el trago matutino para agarrar valor sin comer nada…

 

 

 

 

 

Por: Dr Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.

Ilustración: Edgar Pacheko.

ASÍ SE LEÍA en el rótulo desteñido del expendio de aguardiente, con alumbre, que estaba contiguo a mi casa.

Costó un sinfín de sufrimientos, alegrías, terremotos, sequías, diluvios y oraciones de las monjas Carmelitas, en el pueblo de San Pedro Arcángel .

En efecto ahí se quedaban fondeados y encunetados muchas veces los estibadores miserables del mercado, hasta algunos ejecutivos de corbatín, que amanecían sin zapatos, solo en calzoncillos.

Siempre me imaginé porque no se llevaban los calzoncillos.

Fue el año del huracán Mitch, que arrasó con casas a orillas de las quebradas, inundó pastizales, se tragó vacas, gallinas y puercos cerca de la presa energética, por el desmadre del río Lempa.

Antes de irme a vivir a esa calle cercana al parque San Martín, nunca vi borracho alguno, era soleado, fresco, tranquilo en apariencias.

El día que comencé a pasarme en un pick up destartalado, llevando en orden mis escasas pertenencias, incluyendo un par de conejos en una jaula, inició el aguacero.

El cielo era una misma cosa con el lodo de la tierra. Vi varios hombres de buena intención ayudándome con las camas, sillas y algunas mesas.

Hasta que terminamos de bajar los corotos les sentí el aliento a níspero. Les agradecí. No aceptaron dinero sino que uno de ellos, un tuerto enorme con camisa celeste, desabotonado y descalzo, señaló con el dedo una botella de Wiskey de buena marca.

Se la entregué tomándome un sorbo para despedirme. Adiós botella de alcanfor y conforte de mis penas, pensé.

Encendimos la cocina y calentamos agua para el café burdo de la tienda, comimos lo mejor que pudimos considerando el desastre del traslado, mientras veíamos caer la lluvia durante quince días y sus noches.

Solo salíamos a comprar algunos majonchos medio podridos caros, pan duro y queso seco. Aparte de que se me terminó el período vacacional, bajo la lluvia iba al trabajo mal remunerado de etiquetar botellas de carbohidratos con fiambres en salmuera para conservar lo que sobraba de las carnes de vacas, burros y caballos del rastro municipal, para hacer mortadela, chorizos y salchichones en una embutidora: “La Confianza”.

Quedaba con olor a burro con pimienta y me costaba sacar ese tufo, aunque me bañara con jabón de tuétano o para perros.

Un guitarrista todas las noches tocaba “Romanza”, después una obra en trémolo y otras de origen barroco. Era como estar en el infierno escuchando las melodías del paraíso.

Llegó el día en que la tormenta comenzó a ceder, hasta que aún con el toldo en la cabeza y la bolsa de lona para las compras, alcancé a ver y oír a una señora del mercado que iba sentada navegando en un enorme huacal de aluminio a manera de lancha artesanal; tal era la corriente, desquitándose los golpes de los carros encunetados con una paleta para remover maíz y grito: “Allá se mira el sol! Lo dijo con la alegría de haberse encontrado el tesoro de los duendes del arco iris.

Fue el asombro de los curiosos con los pantalones enrollados o sin camisas. Iba empapada con unas papas y ejotes mustios para vender, que los había tenido envueltos en carburo pues eran tan blancos y hediondos que hacían fosforescente la dentadura de las placas dentales de la mujer con su sonrisa de satisfacción como la de Cristóbal Colón cuando avistó tierra en una isla del Caribe.

Los borrachitos aún bajo la lluvia llegaban tiritando puntuales a la cantina para tomarse el trago matutino para agarrar valor sin comer nada, estibando barriles, sacos, canastos con guineo, repollos morados, huacales con gallinas, personas que no querían pasar untando de lodo los zapatos y los niños que iban con enormes mochilas a la escuela.

Después del diluviano período, quedó mucho trabajo quitando lodo con camiones adaptados para quitar nieve. Llevaron tanto a una cancha para fútbol que terminaron haciendo una fábrica de ladrillos.

Era la alegría de los niños que se salían de las clases, además llegaban los enfermos mentales mansos de tanta Clorpromazina, jugando a tirar bolas de lodo a los borrachos y a la cantina, armándose verdaderas guerras que hacían intervenir al ejército para pararlas porque hasta el Padre Machado, un ancianito patojito de cabellos y barbas largas, decía sermones acerca del lodo como tentación del demonio por jugar con los elementos que Dios ocupó para crear al primer hombre.

Pasaban cerca en fila india los niños huérfanos de la enorme mansión, en manos de monjas militarezcas, producto del dinero de los cafetales y un pacto de por medio de un hacendado de 1930; estos niños no podían salir, mucho menos, a jugar. Estaban presos con un destino leído no en las manos sino en las cicatrices del cráneo de cada uno.

Desde luego que la cantina se volvió más rentable y el dependiente abría los sellos de las botellas para adulterar el licor con agua y alumbre.

Se volvieron inaguantables los borrachos que dormían bajo el sol como iguanas.

Cuando les pasaba la “mona” hacían fila detrás de los que tenían dinero para comprar licor. Algunas veces los escándalos de ellos y los enfermos mentales hacían cerrar los negocios decentes, incluyendo El Colegio “Joaquín Gallardo”.

Nos organizamos con nutridos escritos a la Alcaldía y a los partidos políticos en periodos de contienda. Pero aún así no cerraban la cantina, pues el dueño era un homosexual que trabajaba con los políticos de turno.

Considerando la proporción extraordinaria y súbita aunque anunciada de los dos terribles terremotos uno después de otro con diferencia de treinta días, que desbarató puentes, hospitales, red de energía y todo cuanto Dios había permitido que construyera el hombre.

Incluso se derrumbaron canteras con enormes piedras que cayeron en las carreteras. Edificios fueron severamente dañados. Hubo quien dijera que fue provocado por un animal submarino experimental que emitía ondas de gran potencia, como producto de un arma de guerra para confundir a la misma naturaleza.

Otros dijeron algo similar de los huracanes, pues siempre los catalogaban con nombres raros y eran certeros por la ubicación del Golfo de México. Que la intención era de mantener a raya la sobrepoblación de pobres, y tener de excusa hacer las reconstrucciones gigantescas. Pero la cantina casi caída desde sus cimientos seguía vendiendo licor por una ventana artesanal.

Hasta que con garrotes y tubos de cobre nos tomamos la calle del Centro Histórico por diez días, con ayuda de los escolares vagos y los loquitos que manejaban bien los garrotes y las pedradas certeras.

Llegó el Alcalde rodeado de guardaespaldas armados con escopetas calibre 12. Un representante de los enfermos mentales más lúcido que diez abogados, enorme y barbado que decía que era Jonás el de la Biblia, llevaba el aliento de ballena y una piedra agarrada de una enorme cadena a la cintura. Parlamentaron durante quince minutos y cerraron la cantina con enorme algarabía de la Directora del Colegio Joaquín Gallardo; ella misma inició otra guerra de lodo para celebrar el triunfo.

El borracho tuerto hizo las paces y se sumó a la fiesta con la condición de beber otra botella de buen licor e irse con sus compañeros a veinte cuadras de distancia a otro expendio porque las borracheras de ellos eran a muerte, ya tenían incluso una lista con los nombres de los que consideraban se morirían en orden casi certero, de manera que el que estaba programado a morir ese día fue el que más bebió y tiro las últimas bolas de lodo a la cantina conmemorando su despedida. En efecto esa noche lo estuvieron velando los compañeros y loquitos en el Parque San Martín, debajo de una banca para cubrirlo del fresco de la noche.

El alcalde les envió una caja de Madero rústico, una canasta con pan de dulce y cinco botellas de licor decomisado y café con sabor a tacón de bota.

El hermano gemelo del difunto estaba tachando nombres de la lista hasta que se encontró el mismo en tinta roja para el día siguiente, le habían dibujado una lechuza y una guadaña a lápiz, por si se arrepentía y deseaba quedarse más tiempo.

Él mismo la repintó con un bolígrafo. En efecto al día siguiente lo estuvieron velando con la misma dotación de licor, pan de dulce y con un naipe para esperar el alba.

Las señoras del mercado estaban reinstalándose entre los escombros, piedras y trozos de árboles que habían llevado las lluvias y terremotos.

Para entonces el sol había salido tan fuerte que tuvieron que desplegar toldos para poder vender los rábanos, repollos y tomates desmirriados sacados del carburo.

Cierta noche, un ladrón se subió al techo de nuestra casa con intención de robar las botellas de licor rezagado de la bodega de la cantina, pero se bebió dos botellas de alumbre y amaneció tirado muy tieso con color de la plata en una cuneta aún con la botella en la mano.

Desde ahí comenzó la decadencia de ese tenaz negocio de 70 años de lucro de la muerte; por esa cantina cerrada después abrieron treinta bares con pinta francesa y restaurantes con fachada decente con grupos de música variada que tocaban cumbias y música del recuerdo, incluso jazz y blues, porque muchos extranjeros agarraban en asalto el despilfarro de licor y las comidas exóticas de Panamá, arepas de Colombia, incluso salchichas empanizadas al estilo de Porto Alegre.

Las borracheras continuaron con otros borrachos finos, todo por las fiestas patronales en honor a San Pedro Arcángel.

Tuve que mudarme de casa con la condición de que al menos quedara el centro histórico con una casa con dos árboles de guayaba rosada como testimonio de que siete años de aguante de pedradas de locos, borrachos, homosexuales que parecían hermosas mujeres con cabelleras rubias, detenían el tráfico con sus caderas exuberantes, mientras los mansos dementes construían castillos de lodo para que los niños del orfanato tuvieran la idea de que no solo los hombres fueron hechos de argamasa sino también las casas, el cielo, hasta el infierno y el destino tuvo un nombre: El Rincón del Tetunte.

Y de letrero dejaron el de “Aquí me quedo”, venta de aguardiente, o bebida para suicidio lento.

Precisamente el día que me mudé cerraron la cantina. Recordé las noches que me desvelé cazando ratas enormes, escuchando las miles de carretas de las mujeres del mercado con los repollos, tomates y majonchos con carburo, debido al devastador huracán y estas, las ratas, eran las que forcejeaban para quedarse más tiempo con vida, demostrando que aunque vivieron setenta años en el expendio nunca bebieron guarapo pues le tenían instintivamente amor a la vida más de lo que se imagina el homo sapiens con el olor a cerveza desde los tiempos iniciales de la dieta del hombre y la mujer en los confines del África.

 

 

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