
“Yudi, llama a mi Papá y dile que viene el señor a arreglar lo del televisor, dile que es el mismo que salió en el periódico el día de ayer; el que dicen que se busca.”
Por: Dr. Adán Figueroa.
Ilustración: Mely.
Adrián disfrutaba cuando se le contaban las historias de reptiles y dinosaurios de la época muy antigua y cuando el relator le decía que había también unos ciempiés gigantes que hacían un gran ruido al caminar, porque usaban unos zapatos enormes; estaba listo a comentar que en esa época no habían zapatos y se ponía a reír porque sabía que tenía razón.
Su corta edad, su inocencia y falta de conocimientos, lo llevaron un día a sentirse mal, apenado, pero la respuesta que dio en ese momento fue impresionante y a la vez puso alto a toda la situación.
Cierto día su primo mayor estaba comentando que una compañerita suya iba ir a Los Ángeles; el dijo en forma natural ¿Y se puede viajar al cielo para ver a los ángeles?
– No Adri, la compañerita va a viajar a una ciudad de los Estados Unidos que se llama Los Ángeles, le dijo el primo, pero al instante, Fer dejó escapar una carcajada sonora, casi al unísono con su otro primo.
El pequeño Adrián agachó su cabeza como si fuera a llorar de vergüenza, pero la levantó y se les quedo viendo a los ojos de los incrédulos
– !Eso no es gracioso, les dijo!
Tanto su hermano mayor como su primo guardaron silencio y se disculparon con Adrián, pues habían herido sus sentimientos y al momentito los tres estaban riendo y jugando.
Un año después Adrián cumplía sus siete años y por esas cosas de la vida, llámese casualidad o coincidencia o lo que sea, se había quedado sólo con la empleada en la casa, pero en ese preciso momento ella no se encontraba junto a él.
Un joven, de unos veinte años, tocó a la puerta de su casa. Adrián le habló a Yudi para que fuera a ver quién tocaba, pero ella no pudo acudir a su llamado. Con cierta timidez se acercó a la puerta que permitía ver completamente a la persona que tocaba. Era comprensible su temor, pues días atrás, habían estado robando las lámparas que iluminaban la calle en las cercanías de su casa.
El joven le preguntó: ¿están tus papás?
No, no están.
– Yo soy Juan, el electricista que llamaron para una reparación del cable que alimenta el televisor.
Adrián se le quedó viendo a los ojos como hacía con sus primos y notó algo nervioso al joven.
– Nosotros no tenemos televisor, le dijo con voz firme y segura.
¿Te gusta bromear verdad. Tito? Le dijo el joven. Claro que tienen y esta nuevo, si mi siquiera se han llevado, los de la basura, las cajas donde venía.
– Yo no me llamo Tito, yo soy Adrian y esas cajas no son nuestras. Seguramente el vecino las puso en nuestro depósito de basura.
Mira Adrián, yo entiendo que por ser un desconocido tienes desconfianza, pero, para que veas le voy a llamar a la empresa para quien trabajo y así me dejas entrar a realizar mi tarea y me marcho rápido.
– Llámele pues.
En el mismo momento, Adrián le grita a su niñera: Yudi, llama a mi Papá y dile que viene el señor a arreglar lo del televisor, dile que es el mismo que salió en el periódico el día de ayer; el que dicen que se busca.
Al oír esto, el electricista se puso más nervioso y le dijo: no te moleste Adrián, vengo otro día cuando estén tus padres.
El falso electricista tomó su mochila y se fue rápidamente con rumbo desconocido. Adrian se sonrió de gozo, frotó sus manos ágilmente y entró a su casa a contar lo ocurrido.
