A la media noche después de cenar en familia cantaron acompañados de guitarras y mandolinas, bebieron el café espeso con semita del horno.
Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.
Ilustración: Samya Benítez.
ERA 23 DE DICIEMBRE DE 1922. Santa María Ostuma, pueblo rural con calles empedradas del departamento de La Paz, El Salvador, días de lluvias tempestuosas, malas cosechas y rumores de subversión por un catrín llamado Sandino.
Era un lugar muy calmado entre árboles y calles polvorientas en el verano, casas desperdigadas con sus gallinas de monte y algunos cerdos basurerando entre las letrinas al aire libre. Noches oscuras con candiles de luz amarilla y alguien con un puro. Perros aullándole a la lechuza.
Caminos vecinales entre las fincas en que la gente recogía zapotes o algún otro fruto en la hora del desayuno para ir al río Amojapa a lavar ropa; llevaban jabón de tuétano de cerdos para bañarse con cuidado por lagartos muy crecidos, que acechaban entre la maleza húmeda husmeando a las presas.
Gerónima Rodas Y Salvador Rodas, de cinco y cuatro años respectivamente, huérfanos de madre, despertaron esa mañana en una casa prácticamente vacía.
Siempre hacían una oración antes de levantarse, esta vez oraron porque la tía Catalina les diera pan de dulce y café espeso, del que cortaban los nativos de San Miguel Tepezontes, que les atribuían poderes mágicos o que comían arañas peludas.
La casa de los niños pertenecía realmente al padre de ellos, era un cuarto grande, paredes de adobes, techo de paja con pisos de tierra. En una esquina un hacinado y maltrecho polletón de ladrillos de barro en donde se sostenían unos maderos de leña apagados en medio de cenizas con un tarro ennegrecido de tile con un pozol viejo en el fondo.
Habían dos camas de maderos, forradas de tiras de cueros de vacas, cubiertos por petates y algunas mantas con enormes remiendos. No había almohada. Casi al centro de la habitación una mesa rústica albergaba un porrón de barro con agua fría, tapado con una parte de tecomate.
Bonifacio Benjamín Rodas, padre de los pequeños, se había levantado temprano sin lavarse la cara, volvió a ver los niños aún dormidos, cerró despacio la puerta y revisó la pistola, contó los tiros calibre 32.:-Uno, dos tres… Cuatro.
Se colocó el cinturón con otros tiros de reserva. Era policía municipal. Se fue con paso reposado y firme, llego a la cantina “ El Apagón”, pidió un cilindro y bebió despacio, pagó con una moneda de cuartillo. Aún tenía olor a establo en la ropa.
– Salvador, Salvador! -decía Geronima Rodas a su hermano tratando de darle ánimos, mientras este lloraba con pujidos, antes de levantarse. Salvador levántate! … Ya está claro el día.
A Salvador las lágrimas le corrían por las mejillas.
– Vestite Chamba y nos vamos a recoger fruta a la finca del loco Alvarado, para hacer el desayuno y llevar a la tía.
Iban dos figuras de niños tomados de las manos, huérfanos de madre, ella murió de un parto un año antes de estos sucesos. Los niños caminaron sobre las calles empedradas, se notaba la pobreza en la ropa de manta, descalzos.
Los cabellos rubios despeinados de los niños jugando con la brisa de diciembre. Los ojos tristes mirando la naranja enorme del sol de la mañana, entre los árboles.
– Dile hoy a la tía que vamos a barrer el patio grande, que está atrás de su casa, tal vez nos deje dormir ahí… Mañana será Navidad y puede que haga tamales de gallo y nos dé con café.
Salvador se secaba los mocos con las mangas.
– Cállate Chamba -dijo Gerónima- Nos hemos venido por la calle de la Alcaldía y a mi papá ya sabes que no le gusta que pasemos por aquí.
Bonifacio era un hombre aún de buen ver, viudo; con limitaciones en su papel de padre de familia. Ganaba el sueldo de diez colones al mes, lo gastaba en serenatas para sus amantes y en licor. Se iba con los guitarristas de a peso entre las meretrices solitarias. No le agradaba que sus pequeños hijos lo buscaran y mucho menos que lo llamaran Papá en cualquier parte.
Los niños pasaron enfrente de la casa blanca con pilares de madera de árboles retorcidos que sostenían la cúpula de la nave de techos de arcilla, hacía sombra en los corredores de tierra compactada a puro garrote.
Parecía un albergue de burócratas solamente que en esos días no existían escritorios formales sino mesas enormes y taburetes de cuero de vacas. Los secretarios con sacos blancos preferían hacer las partidas de nacimiento bajo la sombra de los árboles de mangos. Acostados en hamacas de henequén.
Un policía que reposaba en una de las hamacas se apartaba los mosquitos con una hoja de banano, observo a los niños que bajo el sol llevaban una matata de pitas, caminaban con recelo. Salvador iba llorando secándose los mocos. El policía se levantó y se dirigió a ellos. Los llamó y les dijo: niños, niños, a dónde van?
– A casa de la tía a comer pan de dulce con café… dijo Gerónima.
Ustedes son los hijos de Bonifacio, están muy pequeños para andar solos en las calles de San Pedro Nonualco.
– Ese señor flaco no es papá de nosotros, no le diga pues se va a enojar y nos puede golpear.
Es un hijo de puta -dijo el policía- ya sé que no le gusta que lo busquen, padre irresponsable. Olvida a sus hijitos.
– Rebuscó en la bolsa y sacó dos colones y los dio a cada uno. Ellos se fueron contentos a casa de la tía.
La tía Catalina era una anciana de apariencia muy vieja, pero de gran sonrisa. Usaba faldas muy flojas y trenzas en sus cabellos.. Tenía la fortaleza de una mujer joven y hacendosa, de voz melosa.
En cierta ocasión al darles de comer a los cerdos una cerda embravecida la hizo cabalgar cincuenta metros entre los sembrados de piña y maíz.
Cuando los vio gritó de alegría: ¡ya vienen mis palomitos! Exclamó al verlos llegar.
– A ver qué me traen… pero si son zapotes y guineos majonchos.
Sus ojos de araña de techo se llenaron de brillo. Los abrazó y los llevó a tomar café con pan.
Comieron tamales de gallina y bebieron café con un chorro de licor clandestino que elaboraba el marido de la señora, don Catarino Bernal.
Como siempre lo hacían cuando llegaban, durmieron en el patio barrido muy cerca de los puercos y las gallinas.
Fueron a ver el nacimiento en barro del niño Dios muy cerca del fogón a la luz de la cocina, en donde roncaban las ollas de los tamales. San José con la Virgen María, la mula echada entre el zacate, el buey y en un pesebre El Niño Jesús, muy cerca de las ovejas.
A la media noche después de cenar en familia cantaron acompañados de guitarras y mandolinas, bebieron el café espeso con semita del horno.
Reventaron cohetes. Los niños vieron las luces de colores en el cielo estrellado, parecían cascadas de colores en la noche, ellos se quedaron mirando con admiración tantas cosas que nunca habían visto.
San José, si hubiera vivido estas tradiciones se hubiera admirado de la artesanía local.
Los niños bebían despacio el café mientras observaban a otros niños con ropa nueva, zapatos de estreno, jugando con muñecos y juguetes llevados desde la capital.
– Vámonos Chamba -dijo Gerónima al día siguiente.
Tomados de las manos pasaron frente a la Alcaldía y encontraron a Bonifacio sentado cerca de la puerta de una cantina, había un rótulo pintado con brocha” QUE VIVA SANDINO!!!.
El estaba en el suelo, mientras jugaba con el sombrero entre las manos. Al verlos les dijo: adiós niños…
Gerónima y Salvador llevaban una bolsa de papel cada uno, contenían un calzoncito de manta y un trozo de pan de dulce. Gerónima le sonrió y le dijo:
– Adiós señor…¡Feliz Navidad! (y le dio el pedazo de pan).
