“Ratón” el Zapatero y el Sastre Tartamudo

Entregaba la ropa cuando se reponía de borracheras su hermano, al que encubría diciendo que andaba comprando hilos y nos daba los pantalones cuando ya nos quedaban cortos y apretados.

Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.

SIEMPRE TRABAJABA BORRACHO. Así pasaba en el cuartito del mesón a dos cuadras del Campo de Marte en donde estaba un monumento a un águila. Era Zapatero mediocre y llegaba a fiar cueros al almacén de don Adolfo.

Era amigo de parrandas de don Julio Zepeda y, generalmente trabajaba borracho.

Tenía unos dientes de roedor y un bigote de ardilla, siempre andaba con un pantalón azul, camisa blanca y zapatos que daban lastima, amarrados con una pita.

Vivía en un enorme mesón de lodo y maderos de muchos cuartitos, en uno de esos cuartitos estaba el pequeño taller de zapatería, daba a la calle frente a la panadería y pastelería “Gertrudis” en donde todos los sábados muy temprano veíamos en fila India indigentes y borrachitos esperando que les dieran mumujas del pan, a veces trozos de pastel y pan simple, ahí estaba en la cola el “ratón” con una bolsa Lintorey, agarraba raciones para una semana.

Hasta que un día después de fumigar por las ratas se intoxicaron varios clientes que encargaron pastel para una boda, la masa tenía un tóxico que daba diarrea y hacía ver doble, además de vómitos, de manera que de la fiesta los invitados llenaron un hospital haciéndoles lavados de estómagos con unas tripas de hule.

Pues en ese lugar vivía el “Ratón cosmonauta” que no dejaba la bebida, siempre pasaba pobre, sus hijos iban descalzos a la escuela y la mujer ya debía un año de fiado en la tienda. Vivía ahí porque la abuela de la mujer era la dueña del mesón.

Pasábamos cuando íbamos a tomar el autobús de la ruta “109” hacia un cantón infernal. Ahí estaba por las tardes sentado en un pequeño taburete confeccionando zapatos con hormas de madera y muy cerca tenía la botella de la cantina.

– Adiós don Adolfo –decía- Mientras martillaba y pegaba las suelas.

– Adiós don “Cosmonauta”, le contestaba.

A veces que el celaje estaba favorable y hacían vientos de noviembre, se quedaban platicando de los buenos tiempos de cuando los zapateros hacían calzado artesanal para toda la población, además los remendones sacaban terminación porque las suelas eran de cuero, clavadas y cosidas, las de lujo.

Pero las industrias al por mayor y con calzado maquillado cambiaron la cosa y muchos se dedicaron a remendar zapatos, recolocar tapitas o simplemente se quedaron a sobrevivir pobres como satélites del oficio haciendo calzado a la medida pero muy caros.

En una plática don Adolfo le dijo al zapatero:

– Me quedaron unos cueros que son de baqueta blanca y no habiendo que hacer con ellos puedes ir a recogerlos, pueden servirte.

En efecto llegó a la hora del café de don Julio Zepeda y recordaron las noches de parrandas y bailes en la primera avenida norte. Las borracheras a muerte y las comilonas de carnes de perro con Chile verde, mostaza y tomate en la “Praviana”, y después las dormidas de doce horas en el portal de “la Dalia”.

Don Adolfo saco los cueros blancos y se los dio, además se unió a la cuenta de pormenores de antaño recordando los buenos tiempos, de cuando don Julio viajaba en tren desde la Patagonia hasta Alaska, y de los chistes léperos de cada uno.

Las carcajadas se escuchaban a cientos de metros. De manera que el dueño del “Cinelandia” les envió a decir que si se podían callar o que se acercaran a la casa para disfrutar de tanta alegría.

Uno de los chistes era que en una esquina del portal de “La Dalia”, al inaugurar una venta de ropas de un turco, puso de propaganda en vez de maniquí a un hombre muy serio y bien vestido, sentado con un rótulo que decía: “Al que haga reír al turco se gana cien pesos”, el equivalente de dos salarios mínimos de la época.

Muchos llegaban al barullo dominical haciéndole muecas de toda índole hasta que un día el ratón llego y se le ocurrió bajarse los pantalones y ponerse de nalgas hacia la vitrina. Esa vez salió con los cien pesos y una botella de vino del turco, porque este dijo que tenía años de no ver un “ juite” tan lampiño y con tanta arruga.

Nosotros por órdenes de don Adolfo seguíamos llegando al taller de zapatería a tallarnos el calzado porque las hormas no daban para nuestra medida y estábamos en época de crecimiento y desde que tomaba las medidas el “Ratón” hasta para cuando los entregaba, nos quedaban apretados.

En cierta ocasión insistimos en que los zapatos de la competencia eran en calidad muy buenos, duraderos, bonitos y más baratos pero hubo la negativa por don Adolfo y fuimos a ver unos zapatos negros de una pequeña vitrina en la zapatería pobre del “ratón”, un poco apretados pero no había alternativa eran esos o los zapatos viejos que rechinaban como fiados. Los llevamos.

A los tres días no los aguantábamos por apretados. La señora Pavlova los agarró y los metió en un huacal con agua de la pila, para que ablandaran. Al día siguiente estaban desteñidos, los había hecho con cuero de baqueta, los tiñó con barsol y carboncillo.

Se los llevamos de regreso por sinvergüenza, y como los pagos eran por abonos no tuvo alternativa que agarrarlos. Esa vez si fuimos a comprar unos zapatos de fábrica y quedamos en cierta discordia histórica por los antiguos tiempos de sus desgracias ancestrales de recuerdos léperos y los bailes de tangos de Gardel con botellas de vino de turcos que se alegraban de ver las leperadas de los borrachos.

En esos días a dos cuadras del taller de zapatería estaba el taller de sastrería de un hombre enorme, obeso que tropezaba con su propia lengua y hablaba como si estuviera comiendo un caramelo de los grandes, era de mediana edad, bien vestido y se comprometía a hacer la ropa pidiendo el cincuenta por ciento de adelanto, pero también al que cocía la ropa y hacia la mayor faena le gustaba el aguardiente, siendo hermano del sastre obtenía su parte, de tal manera que casi todos los lunes y viernes amanecía borracho a costa de los anticipos de los que llegábamos y caímos en la trampa.

Entregaba la ropa cuando se reponía de las borracheras del hermano al que encubría diciendo que andaba comprando hilos, nosotros lo veíamos roncando sobre las telas y nos daba los pantalones cuando ya nos quedaban cortos y apretados.

Lo bueno es que a la par de esta sastrería estaba la sorbetería “Bimbon”, en las paredes estaban pintados unos venaditos y arriba de la casa sobresalía el rótulo iluminado de un sorbete con su barquillo.

Era modesto y adecuado para la época además de barato, estaba muy cerca la Alcaldía Municipal rodeada de enormes árboles que tiraban millones de flores verdes y pequeñas con olor a frijoles.

La sombra nos sentaba bien y pasábamos sin ningún peligro hasta llegar a un callejón: el pasaje Cuscatancingo, muy conocido así como la octava avenida norte por ser un lugar de casas de personas de clase media con la observación que las familias no tenían cocheras y parqueaban los vehículos “Citroen y wolkswagen” en las cunetas de sus casas. Era muy tranquilo, pero iniciaba el movimiento Hippye con la música de “The Who, Rolling Stones, Santana y los íconos de Woodstoock”, con el pecado de la marihuana.

Para entonces el “Ratón”, tenía una maceta con una planta muy peculiar, que la colocaba a recibir el sol de la mañana y de la tarde, le cantaba, la regaba con una taza de leche que le quitaba de la pacha a uno de sus hijos. Era una planta de la cual hacía sus puros y la quería más que a la mujer.

Cierto día fuimos a recoger un pantalón a la casa del sastre y pasamos a ver si nos había reparado unos zapatos a los que nos habíamos acomodado y, efectivamente, estaban reparados pero los sentimos más apretados, considerando que a los catorce años el pie crece de un mes a otro, el los tuvo dos meses y dijo que les faltaba el lustre.

Fuimos con un compañero de clases y de vagancias muy sanas, comiendo Hot Dogs y paletas, caminando cerca de donde quemaban las hojas secas del parque infantil, además de observar a las muchachas del colegio cercano; esa vez tuvimos la iniciativa de comernos las paletas mientras revisábamos las tumbas del cementerio de “Los Ilustres”, hasta llegar a las tumbas ancestrales del primer aviador del país, del guitarrista paraguayo Agustín Mangoré y otros criollos ilustres cuyas fechas de nacimiento iniciaban en 1800.

Al regresar a casa pasamos a la zapatería para llevar los zapatos reparados y encontramos dormido al “Ratón”; mantenía abierto el tallercito, entonces agarramos la maceta con la plantita bien alimentada y la escondimos entre las plantas de una quebrada cerca del mercado San Miguelito. Después nos fuimos cada quien para su casa.

Al día siguiente lo vimos con el sastre y una cuadrilla de borrachos que andaban en busca de un “preciado tesoro” de su tienda, pero ninguno mencionaba nada de la planta. Fueron los días en que nos compraron una bicicleta usada y paseábamos en esta.

Fueron tiempos de oro de cuando un refresco y un trozo de semita mieluda era un manjar. Caminar bajo la lluvia nos refrescaba y vivir en la pobreza con tal de haber comido era como ser millonario porque eran los tiempos que el mundo era joven, todo era nuevo y lejana la senectud.

Bebíamos agua de las mangueras en las gasolineras, llegábamos a casa a ver qué tenían las ollas y salíamos a jugar a la pelota o simplemente a contar chistes con los vecinos y otros por afinidad de pobreza, leer los paquines hasta desvelarnos, añorábamos ver diciembre con los cohetes, la gallina en salsa, la música , ver los adornos de los misterios de Jesús y estar ausentes de compromisos.

Incluso el Ratón, colocaba un nacimiento y adornaba con focos la plantita de marihuana que le regresamos después de ocho días de sufrimiento, junto al sastre y don Julio Zepeda celebraron felices otra borrachera por la aparición milagrosa de la plantita para cigarros de la felicidad.

Don Adolfo le dio dinero a mi hermano para que comprara un pantalón, pero ahí estaba yo mirando, nos fuimos al mercado, la señora le vendió a el uno de mezclilla y sobraron tres pesos, yo buscaba una alternativa con los tres pesos para tener un pantalón.

Ella, al ver los tres colones bajó con una vara un pantalón justo a mi medida, pero de tela rallada con fondo café. Nos fuimos contentos. Esa misma noche estrenamos pantalones.

En media hora se me había roto como por arte de magia el pantalón, parecía echo de papel. Me quedé con el pantalón azul del colegio y los zapatos viejos que habíamos comprado hacía dos años en la zapatería del “ Ratón”.

Pero veíamos hacia el futuro como proveedor de zapatos y pantalones que no se rompieran, ni ver borrachos léperos. En efecto tres años después, pude comprar mis primeros zapatos producto del trabajo honrado, fueron a mi gusto así como pantalones de lona para ir a la Universidad, y hasta la fecha uso los mejores zapatos, al verlos recordamos al “Ratón cosmonauta”, al sastre tartamudo, a don Julio Zepeda con su saco negro enorme, la taza del café y el olor a cigarrillo barato, su caminar pausado con un bastón de carrizo yendo hacia el portal de La Dalia a comer y dormir después de haber bebido licor con los compañeros de suelo.

Cuando pasamos cerca del antiguo mesón, ahí están aún los cuartitos cayéndose a pedazos muy cerca del ahora centro nocturno de muchachas trabajadoras de la noche caminando bajo la luz de un foco amarillo.

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