Fronteras de la Eternidad. Relatos de una historia

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ERA SÁBADO muy temprano. Llegamos a la cantina de la tía Tomasa. Su marido Anacleto Bernal, en ese momento estaba desente-rrando dos cántaros con chicha. Íbamos a beber ese sabroso licor hasta que no podíamos ni pararnos, hacíamos juegos de palabras con los poemas de Rubén Darío y de Miguel Ángel Espino. Pero cuando llegaba don Arturo Cuéllar nos quedábamos a escuchar las historias de los Pipiles o cantábamos hasta el amanecer, acompañados de una guitarra que estaba colgada de un clavo a la par de un tecomate; hacíamos estas tertulias en una casa rural de caña brava y lodo, con techo de paja. Era un pueblo caluroso de calles empedradas y estrechas en donde pasaban las carretas tiradas por bueyes, para comerciar piñas, gallinas, guineos majonchos y flores de Izote: San Pedro Nonualco, 1921.

Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya rodas

Ilustración: Samya Benítez.

No había nadie mejor para las narraciones y Anacleto Bernal para celebrarlas sirviendo jarras de chicha y pan de maíz. De manera que salíamos muy poetas y narradores y muy borrachos.

En San Pedro Nonualco se celebraban en esos días las fiestas patronales en honor de la Virgen de Candelaria. Todos los años hacían jaripeos, ventas de fritangas, contrataban guitarristas acompañados de mandolinas y violines.

Los salones tenían mujeres en pingos y alegres. Nunca faltaba un muerto a machetazos. Pero lo mejor eran los cuentos que serán recordados mientras exista el tiempo.

Don Arturo Cuéllar, al iniciar las historias que parecían verdades, hacia pausas para beber y para mantenernos en suspenso. Muchos aún creemos que esas historias fueron verdades, aunque hay quienes dudaron de su veracidad.

Bebíamos en su misma jarra para ver si así podíamos adquirir ese talento de narrador, estábamos asombrados porque sus cuentos lo llevaron a merecer el Premio grande en literatura.

Esa vez nos contó cómo vivían los brujos del pueblo.

– Llevaban mal herido al Embajador japonés, intentó el hara-kiri… –dijo- y colocó la jarra de licor sobre la mesa de madera.

– Después llevaban al Cónsul de Italia, lo bajaron de un árbol de cocos, ambos por intento suicida porque no aceptaron el desprecio de la mujer más bonita del pueblo. Ella era analfabeta, pero hermosa, nacida en los arrabales.

Tenía cuerpo con piel de durazno desnudo, cabello rubio abundante, sonrisa de diosa. Una hembra que hacia guerra entre machos.

“En efecto, a principio de siglo vivía una familia cuyas mujeres eran tan bellas que cuando llegaban a recibir clases a las escuelas eran asediadas como abejas”, dijo Anacleto, -familia de mi Tomasa- agregó.

Pero también se supo que el cuatrero más temido de la región -continuó don Arturo- logró los favores de una de ellas a través de los menjurjes del brujo Adán Díaz. Balbino Pérez pago dos mil pesos en oro macizo a cambio de una poción con la que fue seducida Antonia Rodas Guevara.

Se escuchó un redoblar de tambores que anunciaba el bando previo y dijo: “La persona que haya perdido ‘unas cosas’ que pase a la casa parroquial a recogerlas”. – No dijo de qué cosas se trataba, pero sí de que se anunciaría solamente tres días.

Anacleto estaba barriendo la cantina y echando leña al alambique y amontonando cáscaras de piña.

El padre Manuel Apóstol estaba en la Ermita y decía el sermón improvisado durante las pláticas con Anacleto.

Anacleto Bernal competía con todas las cantinas del gobierno, porque el licor que procesaba era muy sabroso y barato, elaborado en alambiques clandestinos que su mujer Tomasa Rodríguez Martínez había ubicado en una barranca cerca del cause del río Amojapa; en las noches llevaba un grupo de veinte hombres para sacar los cántaros de barro llenos de guarapo y chicha.

Durante tres meses el padre Manuel Apóstol decía en los sermones que nadie se presentó a recoger lo que anunció el bando municipal.

Según se murmuraba eran tres morrocotas con un millón de bambas que un campesino honrado encontró colgadas en el puente de madera en las afueras del pueblo y que alguien dejó olvidados.

– Aléjense del demonio -decía el Padre- vengan a oír misa, en ayuno cae mejor.

Cada vez llegaban menos feligreses por el interés de saber el fin de las bolsas de oro.

Las bolsas de lona con las bambas estaban en la casa del alcalde don Guillermo González, era de cara seria a la usanza de sombrero de pelo, un hacendado panzón, dueño de todos los patachos de ganado vacuno, porcino y equino, además de incontables hectáreas de terreno, incluso de los caminos en donde cobraba a mano armada por peaje de pueblo en pueblo, ya sabíamos que él se había adueñado de las bolsas con el oro que por derecho del tiempo que nadie se presentó a recogerlas, debieron pasar a quien las encontró.

Era un nativo humilde, enorme de cuerpo y creía en la honradez de las personas pero nunca soltaba un machete de doble filo, era descendiente de un clan de guerreros que habían hecho retroceder a los hermanos Pizarro a puras pedradas y flechazos varios siglos antes y esos recuerdos aún estaban intactos en las tradiciones del pueblo que aún creían en las imágenes mayas y esperaban “la segunda venida de la serpiente emplumada”.

Se autodenominó Indio del Pueblo, de humilde campesino paso a ser el caudillo aguerrido , los que estábamos ahí nunca nos imaginamos la ira que se encendió en su mente, fue él quien originó la revuelta más grande en América Central.

También fue el hombre más buscado y nunca encontrado. Ello le hizo merecedor del sobrenombre “ Indio invisible”. Siempre andaba montado sobre un caballo negro que echaba chispas con las herraduras en las piedras de los caminos al correr junto a un coyote plateado.

Formó un ejército numeroso de hombres armados con machetes y arcos con flechas, no les temían a las balas de los federales y seguían en forma mesiánica al Indio Invisible.

Durante diez años mantuvo a raya a los efectivos de civil y uniformados. Los detenía a pedradas y garrotazos, haciéndolos retroceder para después emboscarlos en los cafetales del volcán de San Vicente.

Se apropiaban de los fusiles mauser, botas y bayonetas, después los enviaban descalzos amarrados con bejucos. Muchos optaron por unirse a la revuelta y colocaban letreros con tinte de añil : DEVUELVAN LAS MORROCOTAS.

El alcalde y un ayudante del cura habían financiado silente y meticulosa trama para callar al Indio, pero fue imposible. Todos lo supimos. Con el dinero que le quedó al alcalde decidió irse a Italia a vivir como príncipe sin principios en una residencia a orillas del río Tívoli.

Fue cuando quedó impresionado con la visión del Papa. Ahí conoció a una mujer pechugona y alegre con acento alemán, acentos de meretriz romana, que reía de cualquier cosa y era un demonio para hacer el amor.

Mientras el Indio Invisible continuaba las escaramuzas en los cerros y laderas del volcán apagado, se hizo aliado del brujo Adán Díaz, quien le dio una medalla de siete metales con los poderes de la invisibilidad y las virtudes marciales conocidas en Oriente.

El brujo acompañaba todas las noches al caudillo que dejó la siembra del frijol para convertirse en conspirador temido y respetado. Adán Díaz se trasmutaba a coyote gris para llevar la delantera al ejército y alertar a los rebeldes.

No se le veía fin a las gromanas en desgaste crónico y un quince de noviembre después de escaramuzas bilaterales, llegaron a capitular en una plaza rodeada de casas pobres, llamada la Plaza de La Paz.

Concluyeron en arreglo mutuo con la mediación de mexicanos expertos en asuntos liberales; además, el ejército tenía dos años de no recibir dinero ni pertrechos del Alcalde radicado en Italia. El brujo había enfermado porque en una de sus transformaciones de animal a hombre accidentalmente se unto de salmuera un muslo, la debilidad fue crónica y continua, de tal manera que disminuyó su concentración en sus transformaciones animales. Decidió quedarse y agonizar en cama durante dos años.

Los indicios de la guerra quedaron latentes en los nativos que volvieron a sembrar el maíz, frijoles, la papa y los camotes. Devolvieron los fusiles, se consolaron con tener al menos un trabajo temporal, manteniendo la esperanza en otro caudillo y otro brujo para reiniciar la guerra definitiva. Estaban inconformes porque sus mujeres les pedían vestidos de lino y seda, carne de cerdo y pescado. Sabiendo que ganaban tres centavos al día y dos tortillas con un puñado de frijoles bayos.

Los excombatientes de ambos bandos se intercambiaron camisas de manta por guerreras verde olivo, sombreros de palma por boinas negras y una cinta blanca, y caites por botas Ranger.

Los oficios de la iglesia ametrallada fueron sustituidos por el padre José María Valiente de origen europeo. Llego un martes a las tres en un autobús destartalado, llevaba una maleta de cuero curtido y descascarada.

Al bajarse miró hacia todos lados, se le acercó un niño nativo que jugaba con dos perros sarnosos y callejeros y le dijo: Se equivocó de pueblo o está loco padre, mire la iglesia en vez de campanas tiene un nido de ametralladoras.

El padre se quitó el capuchino desteñido y sacudió el polvo de la maleta y los zapatos. Arreglo como pudo la iglesia y llamó a misa a puros cacerolazos.

El primer sermón fue dirigido a los excombatientes, les aconsejó seguir en hermandad los caminos de la patria.

– Los he visto curarse mutuamente los muñones de sus miembros amputados, y redactar entre todos la carta pidiendo pensión. Les pido en nombre de Dios coloquen de nuevo las campanas y quiten esos armatostes del campanario.

Un borrachito llamado Simón nos comentó acerca de la suntuosidad de las magníficas piezas de oro, joyas y billetes de banco que vio en la casita del brujo enfermo. Las tenía sobre una cama mientras las asoleaba y contaba para después ubicarlas en escondites que solo el brujo y él conocía. Nadie le daba credibilidad porque siempre andaba con olor a licor, pero Anacleto siempre lo escuchaba a cambio de una botella de guarapo. Le preguntaba: ¿y a dónde guarda esas cosas de oro y billetes?.

Entonces Simón se quedaba en silencio, pedía otra botella de licor.

Después murmuraba: es para la otra revuelta más grande… Ya vienen, ya vienen!… y será con un catrín llamado Sandino!

Continuará…

 

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