Volver a ver

Por: Clara Guzmán, Revista «Soy Mujer»

Si vivir es volver a ver, como decía Azorín, hoy he vuelto a vivir por las calles de mi ciudad retazos de un tiempo pasado que muchos ni imaginábamos que iba a volver.

He visto al zapatero remendón con una pila de trabajo y con una sonrisa de oreja a oreja porque iba a echar el cierre a su negocio y ahora me cuenta que quizás tenga que arrimar el hombro su hijo, trabajador social, que está en el paro. En la esquina está prendido uno de esos carteles blancos, caseros, sacados de la impresora, con flecos donde se exhibe el teléfono móvil de la modista que oferta arreglos. ¿Modista? Cuánto tiempo sin ver ni oír hablar de ese entregado gremio que quedó sepultado en nuestro cotidiano lenguaje para darle vida a ese otro más acorde con los tiempos de diseñador, diseñadora.

Quizás mañana me toque ver y rememorar en este vivir que es darle la vuelta continua al calcetín, uno de esos anuncios que marcaron una época: Se cogen puntos de medias ¿Merecía la pena exprimirse los ojos en dejar como nuevas unas prendas que podían adquirirse en cualquier mercería? Esa era mi pregunta de niña que empezaba a ver las luces de una nueva vida, marcada por una filosofía muy cercana al usar y tirar; al dejar para mañana lo que no has hecho hoy, a no valorar el trabajo bien hecho, abnegado y minucioso, y a pasar por alto la satisfacción del deber cumplido.

En la hojarasca de frases que se desprenden en el ir y venir del ajetreo callejero, he escuchado a una madre que ayer mismo iba diligente de compras con su hija, decirle muy quedo que ese vestido tiene muchas puestas; que lo reserve y que no se lo ponga para diario. Quizás el remate de su consejo fuera decirle que ese vestido era para los domingos. Que se ha acabado la bollería, que empiece a llevarse un bocadillo hecho de casa para la merienda y que a partir de mañana cuchareo, mucho cuchareo; legumbres, sí, que son muy sanas…

Hemos usado y tirado tantas cosas que ahora andamos rebuscando en los cubos de la basura de nuestra memoria, de nuestro bagaje, aquellas que nos siguen siendo útiles. Que siempre lo fueron, pero que apartamos de nuestro camino en aras de un pretendido bienestar que ha acabado, por el abuso y una mala gestión, material y emocional, en un malestar.

Si vivir es volver a ver, he visto a los chiquillos ir al colegio con las tarteras, las fiambreras, pero eso sí, llamadas tupper, porque lo que viene de fuera siempre tiene más relumbrón, más ¿modernidad y cosmopolitismo?  He visto comprar a una madre treintañera, de las de “guasap”, unos zapatos crecederos a su criatura. Sí, de esos que servían para varias temporadas porque unos algodones bien puestos en la puntera lo permitían. Y he visto decir que tal o cual bolso era “vintage” a quien hace unos años lo hubiera tildado de antiguo por no ser de la temporada. Y he visto apuntarse a los cursos de Corte y Confección a señoras que ayer mismo aprovechaban esas horas de asueto para tomar tortitas de nata mientras jugaban a la canasta. Y he leído en un periódico de campanillas que su última promoción son unas plantillas para hacer punto de cruz. Una tarea relajante y de provecho, como ir apagando las luces de las habitaciones cuando salimos de ellas ¿Se acuerdan?

No ha hecho falta hacer un reportaje de la impotencia y la angustia de un desahucio; de la gente que hurga en los cubos de la basura a la búsqueda de comida aún comestible; de los niños malnutridos, de los comedores sociales, de la cola del paro, de la fortuna del rey…No ha hecho falta hacer un reportaje de la cruda miseria, de la descompensación social, y venderlo a una cadena  de televisión y a un periódico extranjeros. Tan sólo he salido a la calle un día cualquiera para comprobar que vivir es volver a ver…

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