Una historia que se repite, una reflexión que perdura

«Una compañía tiene posibilidad de tener éxito si en la misma nadie gana 20 veces más de sueldo que el empleado más bajo».
«Es inmoral pagar a los CEO gratifica-ciones extras cuando por otra parte se están despidiendo empleados» (Ej.: Lee Lacocca que ganó $1.000.000 de premio por despedir un 30% de los empleados).
Citas de Peter Drucker en un libro que leí, y 
resumidos de una de sus conferencias.

Por: Carlos Minero (Este artículo fue escrito en agosto de 2008)

Hace más de 10 años fui despedido de La Prensa Gráfica. Viendo hacia atrás creo que quien era mi jefe en ese momento me despidió con razón, no fui capaz de adaptarme rápidamente a los cambios que se estaban dando; por otro lado yo era leal, no servil y eso creó incomodidades con quien manejaba la gerencia a la que pertenecía en ese momento (ambos, jefe y gerente ya no están en la empresa, el primero renunció y el segundo falleció).

Viendo hacia atrás, no estoy molesto o resentido por el despido, en realidad nunca lo estuve, me causó gran tristeza, pero a la vez alivio, porque la relación con quien era mi jefe era difícil, sin embargo no renunciaba por miedo a salir de la empresa en la que siempre soñé jubilarme.

Salir de La Prensa Gráfica, me permitió conocer otros medios y tener nuevos retos, me di cuenta que, en 14 años, me había acomodado al prestigio que había creado dentro de la empresa y necesitaba un sacudón para volver a la vida y dejar mi comodidad de empleado bien pagado y hasta apreciado por la dirección de la empresa.

La Prensa fue para mí, mi alma mater en la práctica, fue una experiencia retadora que día a día enfrenté con mi creatividad, empeño y compromiso, mi lealtad a la empresa no me permitió nunca hacer trabajos extras o en otra empresa, yo trabajaba para La Prensa Gráfica.

Cuando me despidieron no había aun terminado una carrera universitaria y no consideraba que fuera necesaria porque me sentía bien en la empresa e incluso me sentía seguro (casi indispensable), por eso un despido no estaba en mi horizonte.

No tenía mayores contactos y no conocían mi trabajo fuera de ella (porque nunca hice trabajos extras, “free lance” o contratos de ningún tipo, excepto capacitaciones). Repito, mi despido se debió a que no logré comprender los cambios que se dieron en esos años, y adaptarme a ellos.

Recuerdo con nostalgia los años en La Prensa, y siento gran orgullo haber sido parte de un equipo, en el que la mayoría éramos creativos, visionarios, leales y éramos parte de un equipo sólido.

Hay tantas anécdotas, una de ellas, y que evidencia el compromiso que teníamos como equipo fue luego del terremoto del 86, la situación era difícil: la rotativa (donde se imprime el periódico, una máquina del tamaño de un edificio de tres plantas) se había movido cinco centímetros (los mecánicos comprenderán que eso en un equipo de ese tamaño es grave)y requería ciertos ajustes, no había electricidad, ni agua (elementos indispensable para la impresión offset) no todos habíamos llegado a trabajar ese domingo 12 (el terremoto había sido el viernes 10 de octubre de 1986), el sistema de cómputo central para redacción (el famoso Atex), había sido apagado de emergencia y era necesario probar si los discos duros todavía funcionaban y además del desorden que existía (por el movimiento del terremoto), el edifico tenía a simple vista grietas que «daban miedo».

En esas condiciones, cuando don José Alfredo Dutriz, se reunió con el equipo de gerentes, uno de ellos, don Ramón Arqueros, dijo (palabras más, palabras menos): «cuando los periódicos están en la calle, el país vuelve a la normalidad, tenemos que sacar el diario mañana, si no logramos solucionar los problemas, usted tiene amigos en Guatemala, hable con ellos, imprimámoslo allá y lo traemos durante la noche para repartirlo el lunes por la mañana».

Y con ese reto de que éramos responsables de sacar el periódico a la calle para darle ánimo a los salvadoreños, cada quien en su área se metió a solucionar los problemas y los que llegamos a trabajar nos quedamos ordenando y dándole salida a las cosas que se iban presentando; se decidió imprimir en la única unidad (rotativa) que no tenía problemas, la electricidad, iba a ser generada por la planta y se iba a meter a la subestación en sentido contrario a la de CAESS (porque la rotativa utilizaba 480)

Se consiguieron pipas y se llenó la cisterna; en fin, un despliegue de creatividad en las soluciones increíbles, cada problema que surgía de inmediato alguien daba una idea y se solucionaba, mientras trabajábamos nos hacíamos bromas cada vez que temblaba para darnos valor, disimulando el miedo que todos sentíamos.

Hicimos una edición de pocas páginas y aún recuerdo su portada: «Hecatombe» era la madera (el título principal) y una foto de uno de los edificios caídos (no recuerdo si el Rubén Darío o el Gran Hotel).

Fuimos el primer periódico en la calle, por la tarde salió creo que Diario Latino, el siguiente día los demás periódicos estaban en la calle, pero los primeros fuimos nosotros. Ese era el equipo que existía en esos días.

En la década del 80, la guerra estaba presente y el riesgo de que las empresas cerraran era latente; con un amigo que trabajaba en «La Constancia» y con el que compartíamos pupilaje, analizamos una vez qué empresas cerrarían y recuerdo que nos felicitamos porque sin querer ambos laborábamos en empresas que serían las últimas en cerrar en caso de que la guerra arreciera o incluso en el caso de que el Frente llegara a tomar el poder.

Con el tiempo las cosas fueron cambiando dentro de la empresa, en un momento de la Gerencia de don José Alfredo se dio la orden de que debía reducirse en 20% toda la planilla, fue un momento muy doloroso de nuestro equipo cercano, se fue Daniel.

Recuerdo que el sentimiento de equipo se vio afectado y el clima laboral se fue al suelo; con el tiempo volvieron los bríos pero quedó la sombra de que ya no laboramos más en una empresa sólida, en una empresa que mantenía su compromiso con los trabajadores; poco a poco algunos servicios que la empresa proporcionaba, se fueron eliminando (por ejemplo una exposición de juguetes que se hacía a fin de año y que permitía que uno comprara juguetes para sus hijos y pagarlos en tres cuotas, con el tiempo hasta enseres del hogar se pudieron comprar así).

Después siempre se dieron despidos (como en mi caso) por razones justificadas de manera individual y no había problema, seguramente el sentimiento de los amigos cuando te despedían y el tuyo cuando dejabas a la empresa, pero eso era normal y ocurre en todas las empresas

Sin embargo, los cambios que se dieron llevaron a gente nueva a todas las gerencias y muchas jefaturas, la empresa creció de gran manera, pero se empezaron a dar cortes masivos de personal y eso volvió de nuevo a crear tensión entre los que aún permanecen; cada fin de año, cada cierto tiempo hay que estar pendientes porque van a despedir a personal.

El más reciente ha sucedido esta semana y han sido muchos empleados, más de 175, incluidos periodistas (¡Vaya reconocimiento! apenas el 31 de julio fue el Día del Periodista).

Me lo comunicó un amigo porque entre esa gran cantidad, despidieron a gente de muchos años en la empresa (y de edad, que incluso aparecieron en la edición de aniversario del 10 de mayo pasado, como empleados con más tiempo de trabajo) y bueno, es triste porque algunos de ellos son aún mis amigos, les quiero y sé que detrás de ellos hay una familia que hoy siente esa tristeza, ese dolor de separarse de la empresa a la que tanto le dedicó y entregó, a la que le ha sido fiel, a la que le ha entregado los mejores años; pero además (y quizás lo más grave) ese sentimiento de zozobra, de ¡Qué ondas ahora! este mes y el siguiente habrá que pagar los colegios de los niños y las cuentas de luz (seguramente ya sin subsidio) de agua, de casa…

Entiendo tan bien ese sentimiento porque lo viví hace muchos años (conste que ya dije que con el tiempo he comprendido que fue mi actitud la que lo provocó) pero igual fue doloroso, por eso imagino que será más doloroso cuando únicamente se argumentan razones económicas para realizarlo («la empresa anda mal»).

Yo no puedo evitar preguntarme: «¿Si la empresa anda mal porque no despiden a los gerentes que no han sido capaces de aprovechar la capacidad y creatividad del capital humano que La Prensa posee, esos gerentes que no han sido capaces de realizar los proyectos que deben realizarse para obtener utilidades, los mismos que no han hecho los estudios que hay que hacer, para seguir siendo una empresa exitosa; incapaces de hacer planes estratégicos y operativos que permitan que La Prensa Gráfica siga siendo esa bella experiencia que fue para nosotros? ¿Por qué juegan así con el apellido de una familia que, al menos en mi experiencia, ha sido exitosa y profundamente humana?».

Aún recuerdo una plática con don José Alfredo, cuando hablábamos de despidos y me decía que a él no le era difícil despedirme a mí, porque yo conseguiría trabajo rápidamente, que a él le era imposible despedir a doña Lucy (una compañera ordenanza), porque ella no obtendría tan fácilmente un trabajo, por su nivel educativo y su edad.

«¿Cómo un gerente puede echar por el suelo el compromiso social de una familia?»

Luego de haber finalizado la universidad comprendo que gerenciar no es fácil, comprendo muchas cosas que en aquel momento no comprendía, pero sigo sin entender por qué las empresas no logran asimilar las enseñas de Peter Drucker y entienden que un despido lo que provoca es, dentro de la empresa, un sentimiento de zozobra, una profunda tristeza, bota el clima organizacional y genera desconfianza.

¿Acaso se puede ser leal a un amigo que no lo es? Externamente provoca en la sociedad esa sensación de desprotección y la urgencia de un cambio.

A mis amigos y conocidos, quienes hoy tienen ese sentimiento, preocupación y tristeza que yo tuve hace más de diez años, quiero decirles que mi solidaridad está con ustedes, que no se desanimen, Dios existe (¡Si lo sabré yo!) cuando salí de la empresa me preocupé mucho: no tenía título universitario, tenía más de 33 años de edad y muchas deudas… Pero aún me quedaba el amor de mi vida y mis dos hijos, para animarme y apoyarme.

Más de 10 años después: me he graduado de la universidad e incluso he realizado cursos y especializaciones, conozco un ambiente de trabajo menos agotador que el de un periódico, aún tengo conmigo a mis dos hijos convertidos en universitarios, más cerca que nunca al gran amor de mi vida y… muchas deudas… que se van pagando de a poco.

A mis amigos que aún están pues no les digo nada. Sé que no pueden hacer mucho, excepto dejar de presionarse pensando que serán los próximos en ser despedidos. La vida sigue y opciones habrá siempre para gente con capacidad.

A los ejecutivos de esa querida empresa les diría, con todo respeto: lean más a Peter Drucker, Senge y Covey, sean más creativos, y sobre todo aprendan a planificar; no pueden seguir contratando personas para que les sean útiles mientras la empresa crece y luego, cuando hay problemas se solucionen enviándolos a la calle, dejando a sus familias con la preocupación de «¿Qué pasará mañana?» eso no es correcto, no es humano, no es cristiano.

Pero sobre todo no es una muestra de lealtad a quienes les han contratado para que dirijan una empresa que (al menos hasta donde yo recuerdo) siempre mantuvo un alto compromiso con su personal, fue leal con su capital humano.

A ustedes, mis hermanos y hermanas que hoy sienten ese feo sentimiento de haber sido despegados de las empresas a la que le dedicaron buen rato, creatividad y lealtad: ¡ánimo, la vida sigue y oportunidades siempre habrán para personas creativas y capaces como ustedes, se los puedo asegurar! Dios no les ha dejado solos.

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