Mi bendito desierto, tu bendito desierto, nuestro bendito desierto

¡Buenos días! Quizá mi desierto no sea igual al tuyo, pero estoy seguro que Dios lo ha permitido para enseñarnos a bendecir esta etapa de nuestras vidas. Ten un día poderoso.

Por: Julio Rodríguez/periodista y escritor.

Santa Tecla, La Libertad. Santiago comenzó a usar mascarilla mucho antes que la pandemia la pusiera en boca de todos. “Chanti”, como me gusta llamarle, convive desde hace algún tiempo con un cáncer que ha desfigurado su rostro, pero no su mapa de vida.

Este hombre que casi alcanza la mediana edad, de origen campesino y luchador incansable de la vida, está acostumbrado a transitar por desiertos que han fortalecido su fe, tanto que hace tiempo salió del anonimato y se convirtió en periodista y escritor.

Al cáncer le sacó un libro y lo utilizó como un desierto que bendijo su vida, unió a su familia, sus hijos saben el valor de la lucha y todos los días, a medio rostro, le da la cara al sol y su frente se levanta con trabajo honrado.

Cuando Jesús volvió del desierto aprendió que el pan faltaría, pero no lo es todo; que no debemos ceder a la tentación de renunciar para tomar atajos, que es mejor esperar en Dios y que, en medio de las necesidades, no dejar de adorar al Señor es la mejor actitud.

Un desierto no debe ser un campo de muerte, sino el lugar de entrenamiento de la fe, donde Dios nos cuida, nos enseña y nos saca para hacer grandes cosas. Después del desierto Jesús comenzó su ministerio, en el que miles de años después, tú y yo cimentamos nuestra esperanza de tiempos mejores. Demos gracias por nuestro desierto, porque será la lección más grande para ser mejores en la fe que a Dios agrada.

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