La historia de don Clemente

Como el hambre aprieta como cangrejo, Clemente tuvo que trabajar manejando un camioncito repartiendo botellas de refrescos en los lugares inaccesibles.

 

 

 

 

Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas/Foto: Pixabay.

IGUAL QUE SU DESAPARECIDO PADRE (QEPD) ERA UN GRAN BORRACHO, PERO CON AÑADIDURAS. Vivió en la ciudad de la merienda de puerco con yuca, en 1978. Clemente no pasaba de los nueve años de edad cuando jugaba a la guerra con un hermano menor y otros niños, que ya deben estar en la sexta-décima calle cerca del parque Cuscatlán o en alguna avenida de un país lejano es decir en el infierno, creyendo que están vivos aún.

Era un haragán y nunca se bañaba. Vivió en el mesón de las “árabes”, unas mujeres que pasaron de los cien años de edad y nunca se les vio los rostros porque usaban tapados como las de Oriente Medio, debido al sol bárbaro, de ahí el sobrenombre.

A Clemente lo bautizaron con el alias por muchas circunstancias que preferimos no mencionar. Cuando llegó a la adolescencia aún era mantenido por “doña Canuta”, su abuela, era tan recta y espigada como una caña , para entonces ella tenia noventa años y aún a esa edad bailaba rock and Roll, carcajeándose porque se la pasaban por arriba y por abajo según el ritmo de los discos “long play” de Carlos Santana, con “Sacrificio del alma” y otro con las tamboras estridentes: “Get Ready”.

Tomaba licor del más barato con gaseosa de jengibre en competencias mortales con los más borrachos, ella siempre ganaba y seguía bailando; eso sí el siguiente día no se levantaba sino le daban la sopa de chorizo con huevo y dos aspirinas.

Salía a comprar un litro de leche a la tienda de una usurera y pasaba renegando bajo el sol, pero aún así nos preguntaba cuándo iba a haber otro desmadre bailable. Después se iba con la mantilla bajo el brazo para comprar las tortillas en casa de la abuelita de Pubil, el estudiante guerrillero.

Ella fue la que se fue a otro país, les enviaba dinero al hijo borracho y a los nietos vagos que ya se habían iniciado en las artes de revolver marihuana, floripondio con alcohol de la cantina y hongos de caca de vacas.

– Otro que se salva- decía “Lora gorda”, cuando uno de los muchachos se acompañaba o iba del brazo de la novia.

– Sí, se salva de ser “pipian”, decía Clemente.

Los borrachos frecuentaban una casa de cuatro plantas nunca terminada de construir por unos japoneses en la que todos los viernes llegaban dos homosexuales que caminaban muy raro, pues tenían muy ajustados los pantalones rosados y hubo más de alguien que los vio con los calzones floreados: “la Rosita y María Teresa”, llegaban los viernes a las ocho de la noche con botellones con ron y enormes bolsas de churros de queso.

Hacían unos despelotes que, en cierto orgiástico festejo, Clemente se puso las botas de hule marca “ Garbal” y que estaban llenas con los orines de todos los convidados a esas reuniones siderales.

De ahí se hizo fama sin fortuna por todos los desórdenes y ropas menores trabadas en los lugares más visibles por las señoras “fufurufas” que no querían mirar, pero imaginándose los desmadres de todos los fines de semana, según eran los alaridos de los que vivían la vida loca.

“Doña Canuta” cierto día no volvió a enviar dinero por muchas razones imaginables.

Padre y ambos hijos pasaban inclemencias de comida y debían un año de alquiler de la pieza del mesón, no los sacaban porque pagaban con mandados del mercado o arreglando las tejas, los sanitarios comunes, además de pintar y dar otros detalles de mantenimiento y por hacer el amor en las peores circunstancias cerca de los lavaderos comunes a media noche, en donde encontraban al vendedor de ajos que era un hombre cimarrón, hediondo a cebollas viejas que estaba con una de las mujeres mientras las otras esperaban turno.

Este “don ajo” vivía en otro mesón, pero llegaba a vender sus ajos a la tienda de las solteronas reposadas y aún hediondo lo llamaron para esos menesteres en las urgencias solitarias.

Como el hambre aprieta como cangrejo, Clemente tuvo que trabajar manejando un camioncito repartiendo botellas de refrescos en los lugares inaccesibles por la prohibición de la comandancia norte de la guerrilla que estaba en el auge de estira y encoge contra las fuerzas gubernamentales, de manera que a los pequeños trabajadores si los dejaban pasar y hasta bebían los refrescos en tertulias amenas en los momentos de cese al fuego, bebiendo licor del volcán elaborado en alambiques clandestinos.

No dejaba de darnos un mal sabor la ausencia del hombre que casi todas las noches gritaba: ayayayyyyy viejas locas, si no soy yo ¿quien más les comprara los calzones?

Clemente se hizo amigo de un albañil, otro borracho que todas las noches pasaba casi cayendo y levantando mientras le seguía una mujer bonita, dormían dentro de la cabina de un camioncito que estaba estacionado en un terreno de nadie, entre la maleza y dos basureros del vecindario.

Todos los veíamos y ya sabíamos la íntima relación de ambas personas. Al día siguiente muy temprano salían sobrios cada quien a su trabajo para seguir la rutina de todas las noches de locura morbosa.

-Ya vienen los novios borrachos- decía un hombre tosco y monstruoso que usaba unos lentes más gruesos que un telescopio, comía alacranes vivos, a cambio de que le regalaran un refresco con semita mieluda, pero a los novios no les importaba si estuviera el Papa en persona.

Clemente salía a ver que comía y se iba al mercado, pasaba cerca del rastro y más de la iglesia en donde había un local para los alcohólicos anónimos en donde regalaban pan y café con canela que de olerlo daban ganas de estar entre las puteadas de todos los anónimos; era el café para los que querían incorporarse, pero a él lo que le importaba era el pan con el café.

Después iba a enamorar a una señora aún de buen ver pero sin marido fijo, que vendía comidas en el mercado, le ayudaba a lavar las cacerolas, acarreaba las redes de repollos, hojas de hierba buena y carnes de cerdo para la chanfaina, después ella le daba de comer y muchas veces el se cobraba con lo que más le gustaba a la señora encima de los sacos de frijoles y arroz.

Hacían el amor como gatos desesperados, a ella le gustaba que Clemente no le tuviera clemencia y la siguiera múltiples veces para quitarse prenda por prenda por cada vez que la alcanzara, hasta que los dos quedaban: uno en calzoncillos y ella con los calzones negros muy ajustados.

Entonces sí se cobraba cada uno con ajuste entre risas y escándalos que el padre Manuel, que se quedaba a lavar la única sotana y un par de calcetines, desde la ventana de la casa parroquial tiraba agua bendita debido a los desafueros repetitivos de una pareja desenfrenada por las pasiones a media noche, inspirados en las imaginaciones de la señora pícara y del adolescente hambriento, pues despertaban hasta los muertos del cementerio.

Fueron los días en que volvió a salir “el Justo Juez de la noche” para castigar con una cola de toro a los vagos sin escarmiento.

Las noches se hacían largas y amenas entre las estrecheces de la miseria. Los borrachines llegaban al atrio de la iglesia a comprar panes con frijoles fritos y queso raspado muy sabrosos y baratos, termos con eternas volutas del café, se servían en porrones de barro o en guacales de morros, las luces de los focos amarillos iluminaba y a veces la luna llena era más que suficiente.

Ahí se reunían todos los afines al licor barato. Desde don “Gorila tierno”, “el Chino cara de nalga”, “ La momia”, “El gancho Cotto” y el nunca bien ponderado “Lora gorda” que era un carismático hablantín que sacaba el carro para hacer el viaje desde su casa hasta la cantina, después hacia la venta de panes y esperar a la vendedora del shuco con frijoles y pan simple.

Ahí llegaba Clemente a ver qué conseguía. Muchas veces lo invitaban de sobra para ir a fumar experimentalmente puros de mariguana revueltos con hongos de bostas de las vacas.

Después de los viajes hasta Júpiter u otras galaxias lo interrogaban para saber que había experimentado en esos viajes, pero usualmente solo despegaba desde el sofá hasta el encielado de la casa, del que le preparaba los menjurjes, según decía el pobre Clemente que veía que los muebles le sacaban la lengua haciéndole burla por estar pegado cerca del foco. Y al retornar al cuerpo volvía a sentir el peso del universo para sentirse desgraciado.

A veces se les pegaba “Don Múcura”, otro borracho de noche pero sobrio de día y gran trabajador que no parecía que era el mismo de la noche anterior con botellas de licor de caña con bocas de mango tierno con sal; hacían tríos improvisados sin guitarra cantando a coro con don Julio el reparador de “micas” hidráulicas y otros que llegaban a tomar un sorbo porque ya iban bien entonados como “Don burro” un hombre panzón, a la usanza de sombrero y con zapatos número 48.

Incluso el alcalde pasaba a tomar una gaseosa con licor cuando se le escapaba a la mujer. Clemente era el merodeador con Paco otro bebedor por herencia. Hasta que su hermano que se veía más formal comenzó a fumar cigarrillo, después cerveza y según cuentan se hizo más borracho o igual que el papá (QDDG),pero con la suerte de haberse enamorado de él una mujer con dinero y se quedó a señor de la casa, después de haber dormido y aguantando aguaceros por años dentro de un carro abandonado en una cuneta. Todos los días llegaba a media noche con una sábana y dormía hasta entrada la tarde.

Treinta años después que vimos a Clemente, estaba reparando una llanta de un camioncito que manejaba, ya habían hecho estrago los años desde que jugaba a los disparos a los nueve años, pero siempre sonriente acostumbrado a vivir entre la botella de la cantina y la puerta del cementerio, camino que muchos de sus amigotes ya habían comenzado en fila India.

Con la alegría de recordar con más licor y parrandas a los finados por la cirrosis hepática. Pero aún así seguía chupando y cantando las canciones de Aniceto Molina en el mismo comedor de la señora que vendía comidas del mercado. Y cada vez que estaba agónico le daban un vaso de licor, le llevaban un combo para la cumbiamba por si se moría, pero siempre resucitaba para seguir bebiendo y así pasa aún muriendo de noche y resucitando de día con un trago de cantina, aún baila las parrandas en honor del rey de los licores: el “Chaparro anisado”.

Cuentan que ha sostenido conversaciones con “el Justo Juez de la noche”, ha amarrado “La carreta chillona” y “La Siguanaba” llora por él en las noches de luna. En fin se volvió parte de la cultura del licor embalsamador y fuente de la resurrección tan buscada y nunca encontrada por Pedro de Alvarado y Francisco Pizarro, porque solo se encuentra en los cuentos de la ciudad de la merienda.

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