Ellos mismos se las habían fabricado el día anterior con un pedazo de papel de china, engrudo, una tijera y unas finas y delgadas varas que servían para fijar el rombo que iba a sostener la cola y las alas…
Por: Dr. Adán Figueroa/Ilustración: Mely.
La tarde estaba lluviosa como muchos días atrás que llovía, llovía y llovía. El sol salía por pocos minutos y se esfumaba taciturno, ante su impotencia de brindarle a la gente el calor y claridad que ya añoraban por el tanto llover.
Era octubre y José Antonio miraba a través de la ventana humedecida y recordaba con nostalgia su niñez que floreció hace muchos años atrás, cuando el viento soplaba y alborotaba su pelo al momento de ir a encumbrar su piscucha.
Los vientos de octubre en ese entonces eran puntuales, al igual que la luna, y marcaban el inicio del verano. ¡Las vacaciones de la escuela!
Una sonrisa en los labios se dibujó fugazmente mientras volaba en el recuerdo de su tierra natal y las piscuchas de octubre.
Casi siempre eran los mismos: Mario, Edén y José Antonio, que se iban por la tarde a una pequeña loma cerca de la cancha de futbol, donde la verde grama inspiraba y dejaba salir la felicidad de los pequeños, en medio de aquella tranquilidad soleada y agitada por los vientos de la época.
Las piscuchas iban con ellos medio elevadas a sus espaldas entre risas, chistes y mucha alegría de años vivaces e inocentes. Ellos mismos se las habían fabricado el día anterior con un pedazo de papel de china, engrudo, una tijera y unas finas y delgadas varas que servían para fijar el rombo que iba a sostener la cola y las alas que daban la vistosidad a las piscuchas.
José Antonio elevó su sueño de varios colores hasta que el hilo de su carretón se terminó; entonces, como era costumbre, enviaba telegramas en trocitos de papel que poco a poco ascendían hasta alcanzar su destino: la piscucha.
El viento soplaba sin parar y el hilo cada vez se tensaba más y más; era un hilo súper especial, altamente resistente y José Antonio para evitar perder la piscucha, se lo pasó alrededor de su cintura. La piscucha vibraba en lo alto y giraba sin parar por la velocidad del viento y la imposibilidad de elevarse más.
Había llegado demasiado lejos y de pronto el viento se enfureció y soplaba extremadamente rápido. El pequeño estaba muy afligido, pues ya no podía quitárselo de su cintura por lo apretado que estaba. Una ráfaga de viento mucho más fuerte hizo lo que nadie hubiera querido que pasara. En realidad, nunca se había visto ni oído semejante acontecimiento.
Mientras tanto Edén y Mario ya habían perdido sus piscuchas y andaban recogiendo lo poco del hilo que les había quedado. Era una tarea difícil pues la velocidad del viento les impedía abrir sus ojos y tenían muy poca visibilidad.
José Antonio se había quedado solo y en un intento por asegurarse y agarrarse de un árbol, tropezó y su infantil cuerpo, fue elevado bruscamente de la verde grama y subió balanceándose en el aire muy por encima de los pocos árboles que había. La piscucha casi había desaparecido; era más visible la pequeña piscucha de carne y hueso que poco a poco fue estabilizándose cuando el viento comenzó a disminuir.
Fue entonces que José Antonio sufrió más; pues de solo pensar en una caída de semejante altura, el corazón se le hacía más chiquito y le latía como nunca.
En esos pocos segundos se había desplazado como un kilómetro y se acercaba a la cima del cerro del Escorpión que estaba al otro extremo del poblado. Desde lo alto, rogaba que su piscucha resistiera y le sirviera de paracaídas.
El viento soplaba cada vez menos fuerte y de pronto, José Antonio, que ya había descendido bastante, quedó atrapado en las ramas de un árbol de aceituno que vigilaba todo el horizonte hacia Santa Ana y Metapán.
El pequeño paracaidista estaba aturdido, muy confundido por todo lo acontecido que, para su edad era algo sumamente impresionante, que no pensó ni tuvo el tiempo necesario para disfrutar del paisaje. ¡Simplemente quería tocar tierra firme y sentirse en casa!
Edén y Mario regresaron a sus casas sin su amigo, muy extrañados por su desaparecimiento. Una hora más tarde, apareció José Antonio, todo sucio y con la camisa rota. Llegó caminando muy despacio y con mucho esfuerzo por el cansancio que su travesía le había causado.
Una voz femenina que gritó: ¡José Antonio!, ¿Qué te pasa? Le produjo un sobre salto mientras seguía viendo caer la lluvia tras la ventana.