El pavo en salsa para cumpleaños

A esas horas habían como treinta gorrones que iban hasta con los de la tribu de cada clan. Entraban porque ahí iban a comer.

 

 

Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.

Ilustración: Pixabay.com.

EN UN PUEBLO DE EL SALVADOR SE ACOSTUMBRABA A CELEBRAR CUALQUIER COSA EN LA CASA DE CONCHITO EL CÓMODO. Cuando a los treinta y cinco años Conchito decidió por fin buscar trabajo, alguien le consiguió de ordenanza , porque no tenía diplomas, aparte de la licencia para conducir.

Pero él quería ser motorista de limusinas, así veía la televisión como si estaba en Hollywood.

Sin embargo acepto trabajar de interino como ordenanza de media plaza; hizo un periodo sin dar las gracias. El siguiente interinato no lo completó sólo hizo ocho días y para que no perdiera la oportunidad de llamarlo nuevamente, se le dio una incapacidad por accidente.

Pero nunca volvió, decidió manejar el vehículo de su familia, un Pik-up, y hacer viajes de compras y llevar o traer algún hermano trabajador lejano y a veces cercano al aeropuerto; con un salario familiar, tener casa, comida, ropa, dinero y hasta una mujer con dos hijas, le fue suficiente.

Todas las tardes se iba para un balneario del pueblo a tomar cervezas y pasarla con los amigotes. Además de ir a bucear a las aguas frescas en donde rescataba algún objeto.

Algunas veces se iba al cine nacional de permanencia voluntaria. Un día se quedó dormido desde las nueve de la mañana, lo buscaron hasta en las piscinas, en la sala de billar, a las pupuserías en donde solía ir, hasta que un niño por una peseta dijo dónde estaba y lo fueron a despertar a las once de la noche.

Al día siguiente se fue por la tarde a comer pupusas con tres amigos a quienes invitó, él pidió cuatro pupusas y les colocó enorme cantidad de repollo curtido, además de pedir una taza de café, pero a ellos solo les pidió una pupusas de “papelillo” a cada uno, de manera que lo molestaron durante un año, pero eso a él risa le daba.

La madre lo enviaba a comprar algunas gallinas para los almuerzos de los domingos, y a veces algunas botellas de Sidra para celebraciones caseras, que solían ser frecuentes, y se prolongaban al aguante de los invitados a comer y tomar cerveza.

Lo buscaron para colocarle azulejos a dos pilas para agua, llevó a un ayudante, y lo que tenían que hacer en tres días lo hicieron dos semanas, considerando que le pagaban por día y no por obra.

Llegaba a las nueve de la mañana a “desesperezarse”, a las nueve y media comenzaba a sacar las herramientas, hacía la mezcla para pegar los pequeños ladrillos. Se encarnizaba en discusiones y pláticas acerca de donde elaboraban esa loza, después estando dentro de la pila le pedía al ayudante que le opinara de donde debería colocar ese ladrillo, así se pasaban el tiempo hasta que llegaba la hora del almuerzo.

Se cambiaban para ir a un comedor modesto, le preguntaban y hacían duras críticas a la señora acerca de la procedencia de la carne que estaba friendo, que el café como las tortillas sabían mejor si eran elaborados en artículos de barro y no en picheles de peltre o las tortillas en láminas de fierro, además que la leña y los carbones les daban buen sabor y que el gas propano las dejaba con sabor a cera de candela.

Después se tomaban a sorbos el refresco de arrayanes, mordiendo pedacitos del hielo mientras veían una película de “Rocky” en la televisión . Hacían la siesta, se cepillaban los dientes, hasta entonces iban a cambiarse de nuevo a eso de las dos y media de la tarde, o más tarde si pasaban a comprar un atole de maíz, reanudando el trabajo a las tres para seguir discutiendo de cómo y quién iba a pegar los ladrillos.

A las cuatro en punto se lavaban el cabello y la cara, se volvían a cambiar la ropa para ir a tomar el bus con mochila al hombro hacia sus casas de nuevo a cenar y dormir.

Así de poco en poco lograron terminar el trabajo de pegar ladrillos.

Se quedo nuevamente en su casa jugando ajedrez con el mudo. La señora Dinora, madre de el, lo vio y le dijo que fuera a buscar trabajo:

– ¡Semejante huevón! o anda a comprar el pavo para el cumpleaños de la Toñita que se hará este fin de semana, ya lo pagó don Tito con otros gastos más.

Fue toda una celebración que pagó el ingenuo don Tito, buena gente y solo olió la salsa del ave.

En ese momento llegó un hombre sucio, con sombrero de pita. Pidió una botella de agua helada. Se bajó de un pick up muy viejo y destartalado, que arrancaba al empujarlo dos cuadras, era un recolector de chatarra. Preguntó si tenían cosas de fierros o latas para vender que el pagaba por libras o quintales. Conchito, interesado, se quedó pensando y le dijo:

– ¿Cuánto paga por chatarrear?

El hombre terminó de tomarse el agua y pagó con una moneda de diez centavos, se le quedó mirando de pie a cabeza y le dijo:

– Depende de lo que se recoja en el día… Pero ya que conoces el pueblo, si te abunda te pagaré 8 dólares al día.

Conchito se puso el peor pantalón, una camisa vieja, un par de zapatos que daba lástima con un sombrero con manchas de cemento y se fue en medio de algunos caños y pedazos de lámina .

Así pasaron una semana, recogiendo láminas, alambres de cobre, parrillas viejas y partes de carros abandonados. Llegaba por la tarde con una mochila desgreñada y sudado, hasta que se acabó la recolección en el pueblo.

Volvió a las partidas eternas de ajedrez con el mudo, además jugando partidas de billar o simplemente haciendo las compras de atole de piñuela en la bicicleta.

Si pasaba el paletero salía a comprarle y se quedaba bajo un árbol de almendro mirando hacia la torre de la iglesia hasta que chupaba el palo.

Más tarde iba la vendedora de empanadas, salía a detenerla y la enamoraba mientras se comía ocho empanadas de leche, hasta que oía que estaban friendo la cebolla para los frijoles de la cena.

Lo enviaban a comprar las tortillas, iba en el pick-up; mientras esperaba se quedaba tomándose un par de cervezas con unos amigotes hablando de los rayos sin lluvia, y de que los sordomudos eran los únicos que les veían las patas a las culebras.

Era un caso el hombre. Adoptaba la forma de hablar de los ayudantes de albañil, se reía de cualquier cosa y estaba al día de los chambres del poblado.

Lo llegaban a llamar para que además de llevar las tortillas de maíz fuera a cenar porque se estaba enfriando y haciendo nata la manteca de la comida.

La señora Dinora le dijo:

– Bueno hijueputa ¿y el pavo que te dije que compraras para el cumpleaños?

– Ahh, con tanto chatarrear se me olvidó pero ya lo dejé pagado en el cantón “El Jocote”. Hoy voy por él.

En la noche estaban desplumándolo y colocándole el relajo de jugo de limones con cervezas y unas rodajas de piña y vinagre con sal para que agarrara sabor y ablandara. Limpiaron el horno.

Por la mañana el batallón de personas del familión, se levantó a desayunar y a gritos algunas ayudaron a preparar el pavo, otras a comprar los ingredientes de la ensalada y la salsa, y a Conchito se le encomendó encender la leña del horno.

Cuando llegamos, incluso el que había puesto la plata para el pavo, la leña, en fin todos los gastos, ahí estaba, iba sin almorzar esperando comerse un corte de pechuga con arroz y ensalada.

En una marmita cerca del lavadero estaban cocinando en salsa dos pollos que pasaron comprando en el supermercado.

Dieron las siete de la noche y el pavo se demoraba, a esas horas ya habían llegado muchas personas conocidas e incluso de las que iban pasando por la acera, pues pensaron que había cofradía.

Se respiraba un ambiente festivo y Conchito puso unos discos con música de cumpleaños y otras de cumbias y merengues. Alguien llevó cinco botellas de licor barato y lo mezclaron con jugo de limones, se sentía un ambiente de mercado con aroma a comida buena.

Un grito de la señora Dinora:

– ¡Conchito hijuepta! El pavo aún está crudo, tienes que sacarlo y encender más leña. En pretexto de demorar la cena, hizo la bulla que ese día haría un pavo para festejar, pero no dijo que se le había encomendado una cena para la familia, sino que dio a entender que habría celebración con pavo en salsa.

El financiador del festejo preguntó a una persona:

– ¿A qué horas estará el pavo? pues tengo apetito.

Y le llevaron un plato con arroz, una pierna del pollo muy grasosa, cuatro tortillas de maíz y un trago de licor.

– Deseo un pedacito de pavo, dijo, di ochenta dólares por el pavo, condimentos, tomates, leña y mano de obra…

– ¡Sí, pero esto es lo que hay!

– ¿Y el pedacito de pavo?

– Ah ese es para los invitados, dijo esa persona.

A esas horas habían como treinta gorrones que iban hasta con los de la tribu de cada clan. Entraban porque ahí iban a comer.

– ¡Soplá el fuego Conchito cabrón! gritaba la señora Dinora.

– Si ya está caliente el horno mamá y el pavo ya tiene media hora de estar cocinado con la salsa. Mire yo tengo la pierna aquí en el plato.

– ¡Cállate pendejo! que va a oír el que pagó por el pavo y todos los gastos de la fiesta.

Y el que pagó por los gastos estaba detrás de ella. Agarró el regalo adicional se subió al carro y tomándose de un sorbo un trago de wiskey dijo:

– ¡Que tengan buen provecho señores, adiós!

Y desde luego repartieron panes con pavo y refrescos a la salud de un cumpleañero de la familia. Y Conchito chupaba el hueso con un rimero de tortillas y jugando ajedrez con el mudo a quien le llevaron una parte de pechuga en un pan.

Cuentan que aún hacen algunas celebraciones con sopa de arroz con tunco y hojas de repollos. O arroz con mollejas y buches de pollo, celebran con Sidra y brindan por cualquier cosa, que para eso se vive la vida.

Don Tito quedó curado, ahora el compra su pavo y lo come en su casa, tranquilo a la par de un perrito de pelaje gris, con quien comparte alegrías y también la comida, mientras escucha música de cuerdas de Luigi Boccherini.

 

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