El valor es la mitad de la vida

René, Reneeé; gritaban los familiares y amigos. ¿Dónde estás hijo? Nadie contestaba. Solo el eco respondía distante: ¿dónde estás hijo? hijo, jo…

 

 

 

Por: Dr. Adán Figueroa.

Ilustración: Mely.

En la mitad del camino hacia la escuela había una caverna, una gruta que parecía inmensa, porque su entrada era completamente oscura, lúgubre y al pasar frente a ella, a veces se escuchaba un revoloteo intenso que a cualquiera se le erizaba la piel de puro miedo.

René siempre recordaba las palabras de su padre que le decía: hijo, el valor es la mitad de la vida.

Si papá, se limitaba a contestar, pero nunca le decía lo que pensaba cuando oía esa frase: entonces, el miedo tiene que ser la otra mitad. Sin embargo, a pesar de todo, él se sentía menos temeroso, la valentía se asomaba en las pupilas de sus ojos y se sentía más valeroso, que hasta infundía cierto respeto entre sus amigos.

Cuando llegó el día de la apuesta, todos estaban nerviosos, y no era para menos; con todo lo que decía la gente, a cualquiera se le ponían los pelos de punta al pasar frente a la cueva.

Eran cinco los niños que iban a ver quién tenía más valor. El grupo se detuvo como a una cuadra de la gruta y dispusieron las reglas del juego: el ganador iba a ser el que permaneciera al menos por un minuto en la entrada de la cueva. Primero partió Rodman, quien a sus ocho años se sentía seguro y con mucha valentía para enfrentar esa prueba y fue por pura suerte.

Él fue el ganador al lanzar lamoneda, sacó cruz y no había vuelta de hoja. Cuando Rodman llegó a la entrada de la cueva, se detuvo unos segundos; hola, dijo con voz suave para que no lo oyeran sus amigos. Holaaaá le respondió el eco e inmediatamente se empezó a escuchar un revoloteo que poco a poco iba creciendo y creciendo. Al oírlo muy fuerte, Rodman volvió a ver a sus amigos y partió carrera abierta para su casa. No esperó ninguna crítica o burla.

¡Cobarde! dijo René cuando apenas alcanzó a ver que iba en estampida en dirección opuesta a ellos. Los otros se rieron, pero luego se inició la rifa para determinar quién seguía.

Ahora la suerte fue para Rolando, él tenía nueve años y estaba en tercer grado; era bueno para jugar y para la educación física, así que todos esperaban que él sí, iba a tener el valor suficiente para aguantar el minuto. Caminó despacio, muy seguro, hasta iba silbando; pero al estar frente a la gruta, le fue entrando un miedo terrible al ver unas sombras moverse en la oscuridad absoluta de la cueva. No dijo ni hola y salió corriendo, alejándose del lugar.

– ¡Otro cobarde!, dijo René, ahora yo voy. Nada de rifas.

Se sentía molesto. ¡Qué barbaridad! Simplemente tenían que llegar a la entrada de la cueva, permanecer un minuto y traer una pequeña hoja del chichipince que crece en ella.

Cuando llegó cerca de la cueva, sintió un poco de temor, y lo evidenciaba cuando tocaba con sus manos un pequeño rosario que llevaba en su cuello. Pero se sobrepuso.

Mientras tanto sus dos amigos lo estaban observando.

– Es un fanfarrón, le dijo Samuel a Doris.

– ¿Quién sabe? ya veremos

– Apostemos a que también sale corriendo.

Pasaron unos treinta segundos en esa discusión y cuando volvieron a verlo, su amigo y compañero, el fanfarrón de René, había desaparecido.

Samuel y Doris estaban completamente asustados y no sabían qué hacer. Su amigo y compañero de siempre, el que más apoyo les daba; desapareció en la cueva.

Doris salió corriendo hasta el pueblo a pedir ayuda, mientras Samuel se acercó a la cueva y se quedó cuidando o esperando a ver si René, salía o pedía auxilio.

Pocos minutos pasaron y junto a Doris iba medio pueblo: los familiares, amigos, el Alcalde, hasta el Cura iba rezando y tirando agua bendita a diestra y siniestra.

Encendieron unas antorchas para iluminar la cueva y entraron los más valientes, el cura bendijo a todos y junto a ellos entró sin temor alguno.

Cuando la luz iluminó la gruta, un ruido ensordecedor se fue expandiendo y la gruta vibraba con la salida en estampida de cientos de murciélagos que aleteaban si parar e infundían miedo a los intrusos.

René, Reneeé; gritaban los familiares y amigos. ¿Dónde estás hijo?

Nadie contestaba. Solo el eco respondía distante. ¿Dónde estás hijo? hijo, jo

Después de unos minutos de silencio y frustración por no encontrar a René y estando a punto de continuar la búsqueda en otro lugar, de una esquina rocosa, se fue levantando lentamente una figura negra cubierta de polvo y hojas, que hizo que todos entraran en pánico.

Unos salieron corriendo de la cueva, otros se quedaron inmóviles del miedo, el cura le regaba agua bendita hasta que el asombro llegó a su fin: cual mariposa del capullo, iba saliendo René con una sonrisa entre alegre y temerosa, quizá más temerosa.

– ¿Los asusté verdad? Era una broma…, solo estaba jugando.

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