La doctora se acercó a él, inclinó su silla cuarenta y cinco grados hacia atrás, quedando el niño de frente al péndulo; la psiquiatra le dijo que se relajara, que siguiera con sus ojos el movimiento.

 

Por: Elsy Ch.

Ilustración: Edgar Pacheko.

El consultorio era pequeño, había varios títulos colgados en las paredes, ello aseguraba a los pacientes la capacidad de aquella psiquiatra, en su escritorio había un libro o dos, tras este una pared donde estaba ubicada una librera, completamente llena de libros sobre el comportamiento humano y enfermedades mentales.

Al centro de ella había un espacio que dejaba desnuda la pared y donde colgaba un reloj en el que se mecía un péndulo, lo cual era extraño pues a estas alturas ya casi no se fabrican de esos.

La doctora hablaba, pero el niño solo veía distraído aquel péndulo moverse de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, una y otra vez.

La doctora decía:

– Felipe ¿estás prestando atención?

Él guardaba silencio, sus ojos dieron una leve mirada a toda la habitación, luego se posaron en el rostro de la Doctora, con una expresión de indiferencia y subió y bajó ambos hombros. Era su cuarta sesión y no había avances.

– Felipe, si no hablas no podré ayudarte, debo saber qué piensas; solo así podré orientarte, dijo en tono persuasivo.

En el rostro del niño solo se figuró una sonrisa burlona y dijo:

– ¿Porqué piensa que puede ayudarme? Acaso con simples palabras puede cambiar lo que me pasa?

– Sé que no puedo cambiar tu situación, pero si ayudarte a que la afrontes de una manera diferente y poco a poco la superes – dijo la doctora en tono apacible y con un toque de sinceridad y continuó:

– Si no quieres hablar de ello puedo hipnotizarte para que te expreses sin darte cuenta, pero tienes que estar de acuerdo con ello, sino no funcionará.

– Está bien –contestó el niño- en realidad siento que no quiero hablar y que tampoco quiero su ayuda, pero quizás en mi interior la estoy pidiendo a gritos.

La doctora se acercó a él, inclinó su silla cuarenta y cinco grados hacia atrás, quedando el niño de frente al péndulo; la psiquiatra le dijo que se relajara, que siguiera con sus ojos el movimiento del péndulo, que pusiera su mente en blanco, concentrándose únicamente en ese objeto y luego le dijo:

– Ahora Felipe, iniciaré una cuenta regresiva a partir del número diez, poco a poco irás sintiendo más sueño, cuando llegue al número cinco, sentirás mucho sueño y cuando llegue al número uno caerás en un sueño profundo y solamente escucharás mi voz, todo lo demás quedará sumergido en un profundo silencio y solo oirás y obedecerás mi voz. Diez, nueve… cinco… uno.

Todo ocurrió como ella lo había anticipado.

– Felipe ¿me escuchas?

– Sí.

– Ahora estás en un lugar tranquilo, donde te sientes protegido y sumamente feliz ¿ya estás ahí?

– Sí.

– ¿Cómo es ese lugar?

– Estoy en mi habitación, en los brazos de mi madre, ella sonríe y pasa sus dedos cariñosamente entre mis cabellos, yo tengo seis años, ella me está abrazando y yo me siento seguro, feliz y lleno de paz.

– Ahora te elevas y estás fuera de tu cuerpo, te ves ahí tan pequeño, en los brazos de tu madre, te vas alejando y cuando algo te agite o tengas un recuerdo doloroso, volverás ahí y te llenarás nuevamente de alegría y de paz ¿Entiendes?

– Sí.

– Te vas alejando de la escena, ahora vamos a ir a un recuerdo triste, el primer momento triste que tuviste ¿Qué ves? ¿Dónde estás?

– Estoy con mi madre, ella está en una cama de hospital, sonríe para mí pero yo sé que está grave, mi padrastro sabe qué tiene, pero se niega a decirme, mi madre y yo teníamos ya varios años de vivir con él, ella me dice muchas cosas despidiéndose, que tengo que ser fuerte, un hombre de bien, que no deje la escuela, que Ron mi padrastro, cuidará de mí. Ella habla con dificultad, luego se hace tarde y yo sigo ahí llorando al pie de su cama, ahora ella está con los ojos abiertos mirando el techo de aquella habitación de hospital, no parpadea, como si solo ella pudiera ver algo que nosotros no y que no puede contar porque ya no habla, sus labios están entreabiertos emitiendo un sonido horrible que se asemeja a un ronquido fuerte, su cuerpo está rígido e inmóvil, se han doblado sus rodillas y la parte baja de sus piernas está completamente hacia atrás y por más intentos que hacemos no se las podemos estirar, el Doctor ha dicho que solo vivirá cuando mucho dos días. Pienso que lo que está pasando es una pesadilla, un día después ella muere.

El niño comenzó a llorar, su respiración era agitada, la doctora acarició su mano y le pide que se eleve y regrese a su lugar tranquilo, donde es feliz.

El niño se eleva y vuelve a sentirse en los brazos de su madre y siente sus manos sobre su cabeza, con sus dedos enredándose en sus cabellos y esta vez ella entona una canción dulce para él.

La Doctora considera que es suficiente por una sesión y dice:

– Felipe, ahora irás despertando poco a poco, iniciaré la cuenta regresiva a partir de diez, cuando llegue al cinco empezarás a despertar y cuando llegue al uno lo harás por completo y solamente recordarás tu momento feliz y la sensación que te producía estar con tu madre. Diez, nueve… cinco… uno.

El niño abrió los ojos poco a poco, despertó consolado y tranquilo, en la habitación se sentía un aroma suave y dulce, como a lirios o a rosas, como… ¡el perfume de su madre!.

La Doctora también los percibió pensando que venía desde fuera, pero el niño sabía que no era así, era inconfundible ¿cómo no reconocería el olor de su madre? ¿Ese que a veces se impregnaba en sus ropas cuando volvía de la escuela y la abrazaba?

El sabía que era ella, que en realidad estaba ahí y pensó: seguramente estuvo aquí, vino a verme, aun estando muerta me acompaña, probablemente camina junto a mi en una forma en la que estos mis ojos no la pueden ver.

Felipe salió feliz del consultorio, seguro de que ella lo acompañaba, ahora no se sentiría solo otra vez.

El amor de una madre… ¿Cómo podría abandonarnos? es tan inmenso que debe existir aún después de la muerte.

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