Zompopos de mayo y la lluvia de las golondrinas

Estaban por todas partes, de tal manera que solo se mantenían a cierta distancia de la cocina y del horno de barro, no por el calor del fuego y la leña encendida, sino esperando a que sacaran el asado de carne.

Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.

ESA MAÑANA FUI A CAMINAR CON EL ÚNICO PANTALÓN QUE TENÍA, NO SABÍA QUE LLOVERÍA PORQUE HACÍA SOL, vi muchos zompopos de mayo

Eran enormes como abejorros con grandes alas color café. Caían con las gotas de lluvia.

Siendo aún niño le pregunté a la señora Pavlova de dónde salían tantos. Ella dijo:

– Vienen con las lluvias de mayo y ten cuidado con los granizos porque dentro de ellos traen gusanos, son tan voraces que si te comes uno caminan y caminan hasta llegar al corazón.

Son como las agujas que cuando te pinchas dentro del cuerpo se van hasta llegar al corazón, así decía mi abuelita Ninfa.

Aún recuerdo a la señora Ninfa; tenía noventa y tres años, me dio clases de primer grado en la Escuela Pública “Laínez”, a dos cuadras del First National City Bank. Un día me amenazó con un garrote de guayabo al pasarme a leer al pizarrón, ese día se fue iluminando la nube del alfabeto y comencé a leer de corrido, hasta la luna de hoy sigo leyendo, no por miedo al garrote sino porque es un vicio peor que la cerveza.

Desde luego que evitaba los granizos, las moscas me daban repulsión, pero sobre todo la caca de las golondrinas, desde el día que la señora Pavlova me dijo:

– Mira esos dos cieguitos que piden dinero mientras uno toca el violín y la señora canta canciones tristes, a ellos les cayó caca de los pájaros en los ojos.

Las golondrinas estaban balanceándose en los alambres de energía y eran los antros que habían pintado de sus costumbres la calle en donde vendían el pan y la mortadela, muy cerca de donde fusilaron a un hombre acusado de un delito grave y cuentan que el construyó su propio ataúd.

Después de fusilarlo quitaron la pena de muerte, aún recordamos las calles abarrotadas de mujeres y hombres que gritaban clemencia por su vida.

Los soldados tiraban al aire monedas de diez centavos para aplacar la multitud y el pelotón de ejecución cumplió la orden del oficial. Aún se dice que ese hombre no fue culpable y que un bibliotecario conocía bien los detalles, pero había que dar el ejemplo.

“Cuando la justicia es ciega a veces también es sorda”, dijo el ciego del violín. Supimos que la pena de muerte era un escarmiento bíblico poderoso, pero al estilo de Moisés.

Desde entonces cuando acompañaba a la señora Pavlova a comprar la cuarta de leche que ordeñaban de una vaca en la orilla de la acera, no dejaba de mirar hacia el suelo y alcanzaba a ver y oír los proyectiles que lanzaban los pajarillos de Adolfo Bequer, tanta golondrina sin hacer verano.

Eran miles las golondrinas y se balanceaban de los cables de la energía eléctrica. Sus inmundicias despedían un olor a ácido bórico, mientras los truenos de anuncios de la lluvia, eran como martillazos en piedras entre las nubes, la oscuridad y el calor traían una brisa que alegraba a los campesinos.

Se mecían las flores de los maizales y comenzaban a caer las tempestades, hacían la horchata de la tierra fangosa. Las ventas de Punches y Jutes fue mayor en el mercado.

En la madrugada del tres de mayo tembló muy fuerte, me cayó encima un cuadro del “Santo niño de Atocha”, salvándome de una pared de una casa al estilo colonial, es decir de lodo y maderos.

Esa mañana amanecimos comiendo huevos revueltos con galletas y café, la cocineta estaba en la acera justo frente al banco.

Al volver a salir el sol aparecieron a millares los zompopos cayendo en donde podían. Unos vecinos los agarraban y cortándoles las alas y antenas los ponían a luchar unos contra otros, con la apuesta de diez centavos al insecto ganador, nunca aposté por el respeto a la vida y a la muerte de esos gladiadores de mayo.

Pero veía las trifulcas y la alegría del niño ganador que iba a comprar una sorbeleta pues ese era el precio de la pobreza, un bocado de Cardenal.

Una mañana de domingo salí a caminar con mi hermano, un niño sin camisa y descalzo había agarrado a un escarabajo azul que tenía su nido en una naranja, sacó una madeja de hilo y se lo amarro al animalito, después lo dejo que volara controlado por una papalota del hilo.

Fuimos a caminar para descubrirnos de la bruma y el olor a tierra húmeda, era una vuelta en la misma colonia pero comenzó a llover, y no paraba, de manera que ahí amparados en el techo de cartón esperamos incluso después de la hora del almuerzo. Cuando escampó la tierra era lodo, caminamos sin poder correr, llegamos a nuestra casa y desde luego fui castigado por haber mojado el pantalón y enlodado los zapatos. Me regañaron y tuve que asimilar con cierta apatía el castigo, abrí la ventana hacia la calle, habían millones de zompopos dentro de la sala y yo fui el culpable porque había salido a recibir la lluvia y me dijeron que las primeras lluvias eran como las últimas del año, traían enfermedades y zompopos.

No encontraba qué hacer para que se fueran y caían al piso, saqué una escoba y comencé con cuidado de no matarlos, a sacarlos, pero llenaba cubetas de ellos y al regresar habían más de los que había barrido, de manera que se metían entre la ropa, los zapatos, las camas y hasta en las bacinicas.

Estaban por todas partes, de tal manera que solo se mantenían a cierta distancia de la cocina y del horno de barro, no por el calor del fuego y la leña encendida a llamaradas, sino que estaban esperando a que sacaran el asado de carne y un pan de maíz.

Dejé de barrerlas y tuve que compartir mi comida con ellos, que se acercaban en orden marcial a comer y se iban volando, pasaban entre las hojas del árbol de mangos, cuando terminó de comer el último salí a despedirlo, lo tuve en la palma de mi mano y vi sus ojos mansos que me miraban, no hacía por mover las alas. Quería quedarse.

-Andate con tu familia- le dije. Pero ahí se quedó mirándome y sentí un profundo sentimiento de ser zompopo y saber qué quería, lo tuve varias semanas, de manera que lo dejé en el cuartito donde guardábamos un cerdo negro y peludo que gané en una rifa de la iglesia, porque el Padre Manuel Tercero me tenía estima por ingenuo y tímido y repitió mi numero 98 veces para que me lo sacara.

Ahí se acomodó el zompopo con el cerdito y, en esas tres semanas, creció tanto que ya no pudo volar, entonces le puse una pita para sacarlo a caminar y otra al cerdito. Él zompopo votó las alas y se quedó para no agarrar vuelo. Comía de todo y era tan manso y cariñoso que aprendí a quererlo.

Como no tenía radio escuchaba las canciones de rock and rol que ponía a todo volumen don Quincho, un señor vecino que escuchaba música mientras construía una casa que parecía un castillo en decadencia; él muy mayor, algo sordo y tuerto.

En la ventana de mi habitación solo habían colocado un pedazo de lámina oxidada con tres clavos burdos, quedaba un espacio para salir por las noches con el zompopo, íbamos a comprar refresco y semita gruesa de miel a la tienda, regresaba y me esperaba contento el cerdito que comía de todo.

El zompopo solo tomaba refresco y se echaba junto al cerdo. Mi madre nunca le dio importancia aunque el zompopo crecía al ritmo del cerdo. Y llegue a creer que el zompopo quería hablar y vi cómo su cuerpo brillante y ocre se iba decolorando con los rayos de luna y empezó a despedir un aroma agradable.

Se puso melancólico a mirar a través de las hojas del árbol de mangos. Entonces lo subí para saber qué quería y comenzó a comer hojas con avidez. Ahí lo deje. Sentí un penetrante olor a rosas. A la mañana siguiente le pregunté a mi madre por el zompopo, porque no lo encontré por ninguna parte.

-Cuál zompopo? dijo.

El que dormía con el cerdo.

– De seguro se fue anoche que hizo luna llena, dijo indiferente. Llegué a pensar que nunca lo vio, y quizá solo yo lo veía, porque nadie nunca me dijo nada acerca de él.

Entonces ¿tiene que volver? le pregunté.

-No lo creo -dijo- ellos se van siguiendo las lluvias y los granizos y solo regresan una vez al año para recordarnos que un día trece de mayo bajo la Virgen María.

La Virgen cuida a los zompopos?

– Sí, como a todos nosotros. Y ahora vete a la escuela.

Pero está lloviendo.

-Aunque sea en canoa. Pero vas.

Fui caminando bajo la lluvia tenue y refrescante hasta la escuela San Francisco de Asís. Encontré a los otros estudiantes agarrando zompopos para colocarlos a combatir, cosa que no me agradó.

Pero comenzó a llover aún con rayos de sol y me acordé la canción de Creedence Clearwater Revival, “Have you Ever seen the rain”.

Pero me quedó el cerdito peludo y negro, que me seguía como si fuera perrito, como consuelo al regresar a casa. Al regreso a pie pasé a una casa en donde vendían pupusas y panes con pavo, ahí me sequé los zapatos y comí.

A un lado estaban más zompopos caminando en la acera, eran tantos que la gente se bajaba y caminaban en las cunetas para no aplastarlos. Está bueno, pensé, caen en donde pueden y patearlos da la suerte de los gatos negros.

Los zompopos llegaban, algunos, a posarse sobre mi mano en mis meses de cautiverio entre libros. Fui visto como leproso. Y me acordé del zompopo enorme, el amigo del cerdito.

Para entonces el cerdito ya lo había vendido a escondidas la señora Pavlova, con el pretexto de que tenía parásitos en el buche, un pretexto de la pobreza. Desde entonces dejé de comer chicharrones de puerco.

Seguí tomando lecciones de guitarra, a dibujar con un borrachito muy inteligente, a quien le daba una taza de café para que le pasara “la mona”; además de enseñarme, también me dio lecciones de escribir a máquina a “pica pollo”, como lo hago aún.

Don Julio Zepeda con su saco luctuoso tocaba el piano en la iglesia en construcción y lo hacía como escribiendo a máquina.

Era muy borracho pero tocaba mejor que un sobrio, apenas se percató de tener un montón de zompopos encima ese domingo incluso en la taza del café. Las beatas más abigarradas por las indulgencias, sacaron escobas y echaban los insectos a un basurero del rastro, pero los granizos y el olor a rosas se esparció por toda la plaza . Los zopilotes mojados se metieron en medio de las vacas. El padre Manuel llegó con la estola, caminando y apoyándose en un bastón de carrizo.

Dio la misa en latín dando la espalda al público. El coro de la iglesia cantó las alabanzas en español. El padre mencionó la invasión de los zompopos con aroma a rosas en el mes de la Virgen y pidió que “no los maltrataran, pues era una señal de Dios en tierra de paganos”.

Esa mañana, el Padre se levantó con mucho esfuerzo por la reuma, y se tomó media botella de agua bendita porque el sacristán cambio el vino por agua.

-Este sí hizo un milagro al revés- dijo. Y se bebió otro trago, se comió un tamal de puerco y un pan de centeno.

Pasó un mudo y dos señoras tapadas de negro, porque el sacristán se durmió en el campanario; iban con los sacos de manta para la limosna. Vimos a un señor don Guillermo Padilla que recontaba un enorme mazo de billetes para sacar el de menor denominación y volvió a guardar el dinero que ganaba en la lotería y el Chingo-Lingo del pueblo.

Echó el billete arrugado al saco, se persignó y salió con un paraguas roto, iba chapaleando agua, pasó la calle entre los zompopos que aún volaban y se metió a una venta de yuca. Pero pidió una jarra de leche con café caliente y un trozo de pan marquesote.

El padre después de leer acerca del milagro de la multiplicación de los panes y los peces, que a nosotros nos alegró, dio la bendición, la lluvia era muy tenue, hasta agradable. Salimos con unos libros, con dolor del alma, para ir a venderlos a casa de un usurero y pasamos a misa para que nos bendijera los libros, pues era para comprar el pan y algo de queso.

Al caminar topamos con una manta doblada y algunos zompopos enormes , la sacamos del lodo. Pasamos a tomarnos un café para agarrar un poco de calor y salir del ayuno, ahí revisamos el contenido, había una bolsa plástica con una banda de hule y un mazo de billetes más grande que el del viejito Guillermo; como alrededor de la iglesia se daban ventas de reses, caballos y cerdos y después   jugaban a los chivos debajo de la ceiba en donde lo encontramos, era sitio de vendedores y jugadores borrachos que ni se percataban de lo que tenían, ganaban o perdían.

Sacamos un billete de cinco pesos y escondimos en la bolsa de los libros lo demás; entonces sí, le pedimos desayunos completos a la señora. Nos acordamos de las películas de a dos por peseta en el Cine Jardín, ahí veíamos a los vaqueros comiendo con apetito.

Ese día hasta me aflojé un orificio del cincho. Después pasamos a hacer unas compras al mercado y supimos de que el olor de las rosas y los zompopos de mayo nos llevaron la bendición para poder aliviar las tensiones de la señora Pavlova, pues se alegró mucho y que desde ese día pudo dormir sin pensar en el desayuno del siguiente día. Desde luego compré otro cerdito para que sustituyera al que tanto quise.

Los zompopos comenzaron a irse pero el olor a rosas se quedó impregnado para siempre en donde habían estado, incluso en los billetes que nos encontramos.

Alguien que supo nos preguntó cuánto había, y le dijimos: tanto as, como los zompopos.

Muchos años después, cerca del Palacio Nacional, muy cerca de la venta de billetes de lotería estaba el ciego tocando el violín y la señora cantando una canción: “Creo en los milagros”, vestían ropas muy ajustadas y abrigos de europeos en el calor de las tres, les pregunté dónde habían estado durante la guerra civil y ellos respondieron:

-Cantando con los zompopos de Mayo. Les dejamos dinero en una bolsa del abrigo. La señora dijo:

-Ya había olido algo así… es el olor de las rosas.

Comparte:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *