Entonces sí, ahí colocan el pastel, le sacan cortes finos y reparten café con canela, al atardecer reparten más café y alguna repostería de la tienda, mientras MONCHITO se va al mostrador a seguir jugando ajedrez.
Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas.
ÍBAMOS DE PEGAR LADRILLOS Y COLAR ARENA, ADEMÁS DE LLEVAR NUESTROS APUNTES LITERARIOS PORQUE A ESO NOS INCLINÓ LA VIDA. Y pasamos cerca del mercado del pueblo, por todas partes se escuchaba el valse repetitivo cantado por Julio Jaramillo, “Un valse para mi madre”, lo escuchaba en cada lado de las calles, además una canción de Pedro Fernández.
Llegamos a un comedor de el paso:
-Niña Mari sírvanos macarrones, dos tortillas y dos cervezas bien heladas. Ah, y una aspirina para este dolor de cabeza.
Se veían los arreglos florales para las madres vivas y para las que estaban con Dios. Cuando salimos pasamos cerca de los sanitarios hediondos y tuvimos que correr, hasta detenernos cerca de los puestos de los zapateros y aspiramos sin querer la pega con el olor a thinner.
Vimos unas mujeres sentadas en el suelo con canastos y ventas modestas: lorocos, pipianes, algunos tomates aturrados por el sol calcinante, dio curiosidad ver a muchas de ellas que tenían a una creatura mamando o chupando pacha. Compramos algunas bolsas de lorocos y tomamos rumbo a nuestras casas.
Agarramos un garrote de madero de laurel porque nos daba seguridad, ya que pasamos cerca de la cantina: “Aquí me quedo”. Nunca tuvimos que usar el garrote pero nos daba confianza de llegar y salir.
Se reunían muchos borrachitos estibadores del mercado a nombrarse la madre todos los días del año. Y cada mañana muy temprano o muy tarde hacían el barullo bebiendo de una misma botella con términos de medidas exactas como si fuera oro líquido. Hacían unas trifulcas que parecían gladiadores, en varias ocasiones intervino el ejército, los amarraban como iguanas y se los llevaban, pero al día siguiente estaban otra vez muy temprano liderados por un tuerto descomunal, desayunando jocotes con licor en el mismo expendio de licor con agua y alumbre, volviendo a recordarse hasta de sus abuelas y bisabuelas.
Las monjas Carmelitas estaban hastiadas de esos espectáculos y le pedían a Dios que ya no hubieran esos barullos , pero el licor de la cantina o la cerveza hacia más efecto que las oraciones de las Carmelitas.
Llego el día de las madres y fuimos a visitar a nuestras madrecitas, una de ellas mujer de ojos grises, de piel blanca como su cabello, muy alegre y hacendosa a sus 85 años, nos recibía con una porción de arroz, gallo en chicha y café que compartíamos con mi hermano.
Le dejábamos su regalo, la abrazábamos, reíamos y antes de despedirnos llegaban otros medio hermanos muy contentos con sus mujeres, los hijos, nietos y bisnietos a saludarla, comían y se iban, no le regalaban nada, al contrario ellos llevaban de lo que habíamos llevado, ella lo compensaba con la presencia multitudinaria familiar y la alegría de dar hasta lo que estaba comiendo.
Cuando tuvimos que ir en el día de las madres por primera vez al cementerio quedamos impresionados de la descomunal fiesta al estilo romano, con cruces adornadas de gallardetes, ramos de flores recién robados y vueltos a hurtar, ventas de panes con gallinas Rojas, pupusas con curtidos con espuma que parecía cerveza, ponche de huevos, dulces de camotes, dulces de algodón rosado, gaseosas y cervezas de verdad, hasta tríos desafinados y algunos hombres que se ofrecían a buen precio para limpiar y pintar con cal las lápidas y hasta ayudaban a llorar a los familiares desconocidos por tres pesos de ajuste.
Hubo un borracho enorme con botas con caca de vaca que llegó a una lápida que no tenía ni una flor, comenzó a llorar y hablando con la lápida le decía que no llevaba flores porque para agarrar valor había comprado licor. Y mirando la tumba de la par que estaba adornada con enorme cantidad de arreglos florales muy de buen ver, pasó la mitad de los mejores arreglos a la de su familiar:
– Vaya mirá que buenos vecinos tienes mamita!! exclamó, dejó de llorar y se fue contento.
Después lo encontramos sentado en uno de los comedores improvisados atorándose con una carne asada y dura que solo le faltaba ladrar. Nos sentamos a la par y pedimos una gaseosa de jengibre fría debido al calor y tratar de bajar las lágrimas por no ver a nuestras viejecitas tan queridas y que no volveríamos a ver sus ojitos grises, no vi a ninguno de sus otros hijos ese día, es decir a los medio hermanos lagartos.
El hombre borracho comió y estuvo diciendo que ahí estaba enterrada su amante con la que tuvo doce hijos que estaban en Washington y le enviaban dinero para sus gastos y que ya tenía otra mujer con tres hijos, un terreno con vacas y dos toros, un camión marca “Simca” y hasta sembradíos de frijol y maíz.
– Ahhh ¿usted no viene a visitar a su madrecita? dijo la vendedora de carnes de perro.
Como no, también acabo de enflorar muy bien.
Uno de los parlantes tosió las canciones de “ The creedence clearwater revavival, Down in the corner.”
En ese momento pasaron los músicos y les pagó dos canciones. Estuvieron muy desafinados pero tocaron “Mujeres divinas” y “Un vals para mi madre”.
– Otra vez la misma, dijimos . Y vimos ese mundo portátil de refrescos de horchata, ventas de comidas, habían puestos de tiro al blanco, matracas para los niños, paletas y sorbetes artesanales de coco con miel de fresa, papas fritas con queso, en fin una industria enorme para enfermarse de amibas u otros alienígenas, para salir con diarrea.
Al día siguiente fuimos a una oficina de gobierno a pagar un recibo anual, y dejamos el carrito estacionado en donde nos dijo el vigilante. Media hora más tarde una mujer muy vieja y con cara de asustar nos estaba recordando la madre porque quería salir de prisa, manejaba un vehículo muy parecido a ella; era tan maleducada, además horrible que ni en revistas de horror hemos visto algo igual, creemos que nadie la va a ir a enflorar algún día.
Se menciona con el respeto que merecen las madres a excepción por supuesto de las que abandonan a sus hijos en las salas de neonatos del Hospital de Maternidad, quedan esos niños a la buena de criarse en un hospicio, porque los hemos visto como sufren sin el afecto de un padre o madre, con el cariño ocasional de la cocinera, las cabezas al rape, con señales de haberlos despertado por lo menos con un coscorrón.
Pero de todas maneras en la hora del tráfico o por alguna otra razón nos recuerdan a nuestras madres casi todos los días y debe de verse de la manera que la cultura de este país acostumbra a insultar la humanidad de cada persona, con la madre, y es con la que estuvimos unidos por el cordón umbilical.
Nos queda esa cicatriz que muchas veces nos rascamos sin recordarnos por qué está ahí. Hasta que nos pita el carro de atrás ese tono.
Hay familias como la de un sujeto llamado “ MONCHITO”que celebran el día con sus madres con familia matriarcal y numerosa; ahí estarán hijos, hijas, nueras, yernos, nietos, bisnietos y otros que llegan de gorra para ver qué hay de comer y son los que más gritan y cantan a la hora de partir el pastel.
En esa casa de adobes, calurosa aunque enorme, con un perrazo homosexual también enorme que come por cinco, generalmente se reúnen casi cuarenta personas, algunos por ser ingenuos, otros gorrones de alto calibre que es la mayoría, las hijas son las que aportan los gastos de la comilona y alguien es el encargado del pastel al gusto de la festejada que a veces grita por el teléfono:
– Que lo quiero de El Palcio de los Pasteles, hijueputa!!., y de regalo no quiero adornos de barro, que son puro lodo, yo pisto quiero!! ah y traes tres botellas de Sidra, cabron!
-Si mami…
Uno de los visitantes siempre lleva a toda la familia a comer gratis y de regalo canta unas alabanzas acompañado de una guitarra de manera que se vuelve un bullicio descomunal y ha la hora de partir el pastel es cuando ya se han ido muchos que se cansaron de esperar.
Entonces sí, ahí colocan el pastel, le sacan cortes finos y reparten café con canela, al atardecer reparten más café y alguna repostería de la tienda, mientras MONCHITO se va al mostrador a seguir jugando ajedrez con un mudo, pone la música que le grita la señora Dinora ( su madre) y, desde luego, ahí suena “Un vals para mi madre”; “Madrecita querida”, de Chente Fernández, y al soplar las velas comienzan a cantar a coro los muy lambiscones .
MONCHITO aprovecha a colocar algunas de Los Galos y de Leo Dan, que también canta una a las madres. Sí, la gente continúa el jolgorio considerando que como el almuerzo generalmente es una pasada, en donde cada quien corre a que le sirvan o se sirven para no quedarse con la raspadura de las ollas, comen hasta parados o debajo de un árbol de almendros. Y hasta el que lustra zapatos, que le falta un diez para la peseta por oler pega, alcanza la bonanza de ese día, incluso con un trago.
Porque para eso si se pintan muchos, llevan licor de bagazo de caña para hacer más alegre el día, la tarde y si es posible la siguen en la noche.
Algunas personas pasan con sus tapados negros y flores recién enceradas para el cementerio, mientras otras regresan con sus dulces de manzana y algodones rosados de azúcar con el rostro quemado de haber ido a ver un árbol de capulines bajo el sol aplastante en donde reposa la abuelita.
MONCHITO espera el momento para darse a la fuga para el billar, porque ese día lo mandan a comprar sardinas en tomate y botellas de licor. A su manera indiferente regala su presencia en ese día tan especial, el día de la madre. Porque hay madres buenas, algunas que tratan como entenados a sus hijos y otras que tienen un matriarcado.
Pero para todas ellas ahí les va dedicada cantada por Leo Dan: Todos Tienen Una Madre. Y otra de los “Guaraguao”: Madre… “Madre déjame luchar; madre déjame luchar; porque quiero a mi pueblo y tú me enseñaste a luchar por él. Tu me enseñaste a compartir mi pan, a compartir mi amor, a compartir mis sueños. Yo quiero ahora compartir mis brazos, con los mismos que te abrazo quiero abrazar a mi pueblo… Madre, déjame luchar…Por los humildes madre, déjame luchar… Madre, déjame luchar”.
