Se quitó la gorra azul que lucía con la visera hacia atrás, sobre la que se leía Promoción 80 y que su padre guardaba con mucho celo.
Por: Dr. Adán Figueroa.
Ilustración: Mely.
Ya no lo aguantaban en su casa. A todo el mundo le decía: ya puedo silbar. Ya puedo silbar tío, ya puedo silbar primo, mira mamá, ya puedo silbar.
Había pasado varios meses emitiendo sonidos en sus prácticas para aprender a silbar y nunca le salía como él lo deseaba, hasta que un día, sin hacer mucho esfuerzo, empezó frunciendo los labios de tal forma que cuando sopló se le escapó un Fuiiiiit bien sonoro y claro.
No paraba de reír de contento y siguió y siguió silbando hasta casi perfeccionar la técnica. Se subió a la casa del árbol que está a la entrada de la casa, donde permaneció en silencio escuchando el canto de todos los pajarillos que en sus alrededores permanecían disfrutando de su vida. Fernando escuchó al Dichoso fui y le gustó como cantaba y rapidito lo imitó con el silbido: dichoso fui, dichoso fui, dichoso fui, silbaba sin mayor dificultad. Le gustaba ese canto porque le recordaba a su abuelo.
Así fue aprendiendo cada día el canto de los pájaros y esa era una de las razones por las que disfrutaba mucho ir a jugar a la casa del árbol; ahí llegaban todas las tardes muchos pájaros de diferentes colores y cantares. El Chío fue el otro que no le costó mucho imitarlo.
Solo con las guacalchías no pudo, pues su canto era muy rápido y bullicioso que se le trababa la lengua cada vez que lo intentaba. Luego aprendió a silbar como el gavilán pollero que pasaba muy temprano de la mañana esperando encontrar desprevenida a la gallinita Josefina.
A él sí, lo imitaba bien, un silbido lento, prolongado y hasta elegante escapaba de sus labios. Era tan perfecto, que cuando lo hacía cerca de la gallinita, esta se ponía a ver para todos lados muy temerosa y buscaba refugio.
Todo iba bien con el silbar de Fernando, pero un día que iba con su papá a ver una película en un cine de un centro comercial importante, con unos pases que le habían regalado, mientras caminaban, el niño inquieto seguía sus prácticas de silbido. Una señora de buen vestir, caminar ondulante y un tanto provocador, pasó junto a ellos y en ese instante el pícaro pequeñuelo dejo escapar un Fuiiiit Fuiiiio. La dama se volteó y remiró al padre del silbador con un gesto de furia y reproche. Ella nunca se imaginó de dónde provenía el silbido que le causó indignación y no se preocupó por averiguarlo.
Al cruzar la esquina se encontró con un policía y le hizo el comentario que el señor que estaba a la vuelta y que andaba con un niño la había acosado silbándole piropos indecentes.
El policía cumplidor de su deber fue en busca del silbador y rápido lo encontró caminando inocentemente con su hijo. Lo detuvo para interrogarlo y explicarle que ahora ya no era permitido piropear a las mujeres y menos silbarle improperios. Fernando tenía miedo de decirle al policía que él había sido el que había silbado.
Era un niño y no comprendía las consecuencias de su acto, pero temía mucho que fueran a apresar a su padre.
Por fin se decidió. Se quitó la gorra azul que lucía con la visera hacia atrás, sobre la que se leía Promoción 80 y que su padre guardaba con mucho celo. Siempre que salían le decía:
– Mira Fernando, cuida bien la gorra, no la vayas a perder, porque era de tu abuelo y él decía que su famosa promoción era la mejor de todas las que habían salido de doctorado de la facultad de medicina. Decía que era solidaria y cachimbona y no sé cuantas cosas más; pero se sentía orgulloso de pertenecer a ella.
Sí papá, sí papá, respondía siempre Fernando.
Pero en esa ocasión le sucedió algo increíble, inaudito y no se imaginaba la relación que la gorra tenía con el acto de silbar. Con la intención de ayudar a su padre para que el policía no lo apresara, Fernando se quitó la gorra y le dijo al policía.
– Mire señor agente, mi papá no fue quien silbó, le dijo con mucha dificultad y un gran temor. Fui yo quien silbó cuando paso la señora. Oiga y vea como lo hago, le dijo.
Con la gorra en la mano frunció los labios y sopló. Volvió a soplar y soplar y soplar y nada de silbidos. Su padre se le quedó viendo con tanta extrañeza, muy sorprendido porque su hijo ya silbaba perfectamente.
– Es que está muy nervioso señor policía, dijo Óscar, el papá de Fernando.
El policía fue bien consecuente con ambos. Está bien les dijo, la señora solo quería darle una lección a usted señor, para que fuera más respetuoso. No hay problema, pero trate de evitarlo de ahora en adelante. Desconcertado Fernando, que ya no podía silbar, tiró la gorra de la promoción 80.
– Te dije que cuidaras esta gorra, le dijo Óscar, molesto. Era de mi papá y él me dijo que era especial y que tú ibas a hacer muchas cosas con ella.
Fernando se disculpó, la recogió y se la colocó de nuevo en su cabeza. Siguieron caminando, contrariados por lo que les había sucedido. Después de un breve momento y ya más tranquilos, Fernando empezó a tararear la famosa canción del Dichoso fui que su abuelo había compuesto años atrás y al terminarla silbó dichoso fui, como lo silbaba el abuelo.
Se miraron mutuamente con mucha sorpresa y Fernando volvió a silbar, siguió silbando una y otra canción. Se quitaba y ponía la gorra y silbaba siempre que la tenía puesta.
¡Ya puedo silbar papá! Hoy sí ya puedo silbar, repetía y lo decía también con silbidos.
