Al día siguiente se levantó muy temprano y salió a la calle, se sentó en la acera a observar si de algo habían servido sus palabras y si habría algún cambio en la gente.
Por: Elsy Ch.
Era un mundo sin espejos, todos se vestían como querían, lucían como querían, no importaba si combinaban o no los colores, si se usaban zapatos o sandalias y cada quien era lo que creía ser o lo que le habían dicho que era, lo cual podía ser bueno o muy malo.
En la casa de Filomena, una niña regordeta de dientes torcidos y párpados caídos, se le había acostumbrado a estrenar un vestido cada fin de semana y solía modelarlo en la iglesia y por todas las calles del pueblo creyendo que la gente la admiraría por su belleza, pues sus padres le habían dicho desde pequeña, que no existía en el mundo una niña más bella.
Gustavo un niño bien parecido de ojos expresivos y almendrados, adornados por unas pestañas risadas y de mejillas rosas, acostumbrado a que su madre le recriminara una y otra vez el haber nacido, que le dijera constantemente que era un tonto y le criticara desde la forma de su cabello hasta los dedos de sus pies, no podía siquiera levantar la mirada cuando salía a la calle, pues ¿cómo le iba a mentir su madre?
Ella debía tener razón y no era más que un pequeño monstruo y aunque varias personas en el vecindario le miraban y sonreían, a él solo le parecía que se burlaban de su aspecto.
Estaba también Gerardo, a quien no le importaba como le vieran o que dijeran, para nada interesado en su aspecto, solo prestaba atención a lo que quería hacer y si se sentía bien, ello se debía en gran medida a que era amado por su familia sin ser adulado y corregido sin ser rechazado, no era guapísimo, pero tampoco estaba echado a perder, era simpático y seguro.
Las personas mayores tardaban más en envejecer, pues si no eran víctimas de alguna enfermedad, se sentían con tanta energía, considerando que su alma siempre es joven y como no podían verse a sí mismos, no se daban cuenta que su cara se estaba llenando de líneas y surcos y que su cuerpo se estaba tornando flácido, hasta que definitivamente ya se encontraban en una avanzada edad.
Así que ahí andaban los muy mayores portándose como si fueran jóvenes, de fiesta en fiesta, sin nada de seriedad, hasta que se les caía la cara de arrugada y no podían negarse a la realidad.
Todos estaban acostumbrados a esa vida, sin saber cómo lucían, viviendo únicamente con la imagen que interiormente cada quien tenía de sí mismo.
Gerardo ya estaba cansado de ver todo esto, a la gordita paseándose como en un concurso de belleza, al niño lindo que caminaba con su cabeza baja dando la apariencia de que quería arrastrarse en el suelo y de los ancianos lucirse y presumir de una juventud que ya hace mucho tiempo se había marchado.
Por eso decidió tomarse la tarea de hablar con ellos. Iba caminando por la calle, cuando se encontró a Filomena, con su vestido pomposo, meciéndose de un lado a otro, con su cuello erguido.
– Filomena, quiero decirte algo.
¿Qué cosa? preguntó ella.
– Quiero decirte que tu rostro es redondo como una pelota, estás pasada de peso, tus dientes están torcidos y tus párpados caídos, que mejoras un poco tu apariencia cuando usas esos vestidos y una de tus virtudes es tu seguridad.
¡Grosero!- exclamó ella, mientras se tapaba las orejas y corría apresuradamente hacia su casa.
Gerardo se dirigió después a la casa de Gustavo, desde fuera mientras se aproximaba, escuchó los gritos de su madre insultándolo, Gustavo salió en esos momentos por la puerta y se sentó en las graditas de la entrada, sin decir nada.
– Gustavo, necesito decirte algo
Está bien solo dilo, estoy acostumbrado a escuchar de todo.
-No eres quien crees, eres un niño bien parecido…, comenzó a describirlo…y lo mejor de todo es que eres sencillo y bondadoso, pero te falta seguridad, no creas lo que tu madre te ha dicho, tienes mucho potencial.
Gustavo solo se quedó ahí sentado, con sus ojos llenos de lágrimas, esas gotitas no dejaban de bajar por su rostro, hasta chocar contra el piso de madera de aquella entrada.
Gerardo decidió marcharse para dejar que se desahogara y se dirigió al parque donde todos los ancianos del pueblo acostumbraban pasar las tardes ejercitándose.
-¡A ustedes les digo! gritó Gerardo ¡deberían haber madurado a su edad, dejen de comportarse como adolescentes y manténganse en sus hogares con seriedad! Todos tienen arrugada la cara y su piel empieza a colgar por todo su cuerpo, ¿por qué no en lugar de andar en fiestas no instruyen con sabiduría a sus familias y a su pueblo, dando un buen ejemplo?
Los ancianos al principio lo ignoraban, pero Gerardo no se cansaba de repetir aquellas palabras.
Poco a poco Gerardo fue recibiendo algunas miradas, otros se detenían avergonzados, otros disminuían la velocidad mientras corrían y poco a poco todo aquello se fue aquietando, hasta que se hizo un profundo silencio.
– ¡He dicho lo que tenía que decir! dijo Gerardo, y se marchó a su casa.
Al día siguiente se levantó muy temprano y salió a la calle, se sentó en la acera a observar si de algo habían servido sus palabras y si habría algún cambio en la gente del pueblo después de haberles dicho la verdad, pero para su sorpresa, Filomena seguía paseándose muy contenta con sus vestidos para ser admirada, Gustavo continuaba sin levantar la cabeza sintiéndose avergonzado y los ancianos del pueblo llevando una vida de fiesta.
– ¡Bah! se quejó Gerardo, las personas nunca cambiarán si se niegan a ver la verdad que está frente a sus ojos y les grita, pues buscan aceptar solo aquello que alimenta la imagen que en su interior tienen de sí mismos y entonces se engañan para vivir una vida feliz o miserable.
