Apodos, cosa de humanos (parte II)

Samuel, alias “Vampiro” por sus dientes incisivos quebrados, se levanto como resorte, pues dormía con ropa, y salió a la acera a bailar sin zapatos al ritmo de la bulla.

 

 

 

Por: Dr. Ranulfo Oswaldo Araya Rodas

Ilustración: Pixabay.com.

ERRAR DE HUMANOS ES, PORQUE DE LOS ANIMALES, TAMBIÉN. Una madrugada la banda regimental despertó a toda la colonia San Anselmo con un súbito y monstruoso ruido de tubas, saxofones, trompetas, bombos, platillos y redoblantes, tocando y soplando las cumbias: “ La pollera colora’a” y “La negra Tomasa”.

Era otra vez el inicio de las fiestas patronales en honor de la Virgen del Tránsito. Iban uniformados de verde olivo y quepis de almirantes, caminando con sus abdómenes prominentes, sus botas de soldados rasos en las calles rellenadas con ripio, tuercas, partes de camiones viejos y basura; les seguía un grupo de borrachos vestidos de mujer, bailando al son y ton, con rótulos mal hechos con nombres de actrices mexicanas; atrás de ellos una retahíla de perros aullando.

Samuel, alias “Vampiro” por sus dientes incisivos quebrados, se levanto como resorte, pues dormía con ropa, y salió a la acera a bailar sin zapatos al ritmo de la bulla. No pasaba aún de los 12 años de edad pero más vivido que uno de 40. Mucho antes que se descubriera que no iba a la escuela, se le permitía llevar en hombros la cama plegadiza de lona y maderos a la sala de la casita pobre a la orilla de la barranca hedionda por las aguas del Rastro.

Algunos lo llamaban “Dimas” o “Gestas con la cruz a cuestas”. Pero más conocido como “Vampiro”.

Aún estaba oscuro, eran las cuatro de la mañana, pero don “Múcura”, el vecino borracho pero buena gente, nos convidaba a tomar con él en ayunas, estaba sentado en la grada de su casa comiendo mangos verdes con sal y bebiendo licor de bagazo de caña. En casi todas las casas encendieron una luz de candil.

Al pasar la trifulca de los músicos desafinados y los borrachos contratados como “Viejos de Agosto”, a cambio de comer y beber, sólo quedó la bulla de los perros aulladores y el sabor amargo de despertar a los cristianos con métodos de moros, según dijo la señora “Huangocha” de 80 años, que se levantó con un zapato de uno y otro de otro, un gabán de golilla y despeinada, agarrando una escoba.

A lo lejos se oía que volvieron a tocar y soplar con ganas “La vaca vieja” para despertar al alcalde don Manuel Cardenio Valdez del partido oficial.

– ¡Cierra la puerta Samuel, duérmete!. Mañana habrá mucho por hacer, dijo la señora Pavlova.

Samuel volvió a acostarse y se durmió. Pero uno de los hijos de la señora Pavlova, se levantó con ardor al orinar, por el calor; se cubrió con una manta por los mosquitos, se quedó en el dintel de la puerta que daba al corredor y a la cocina. Orinaba gotas calientes cada cinco minutos .

Ahí se quedó parado dormitando mientras la puerta golpeaba en los topes de madera por el viento de la madrugada.

– ¡Levántate a cerrar la puerta Samuel!, dijo la señora Pavlova, molesta porque el ruido de la puerta la volvió a despertar.

“Vampiro” se levantó con los ojos cerrados, casi dormido; agarró la puerta y muy despacio la fue cerrando. El muchacho que estaba con ardor al orinar, se acercó a la mocheta para no quedar afuera en el corredor con los millones de mosquitos.

“Vampiro” siguió cerrando la puerta hasta que topó en blandito; la sábana blanca se movía por el viento, abrió los ojos y miro el bulto tapado de la cabeza y no se le veía cuerpo, vampiro gritó:

– ¡Mamaaaa!…

¡¿Qué quieres hijo de puta?!, dijo sobresaltada la señora Pavlova.

El muchacho de la sábana se puso a reír al ver la cara que hizo vampiro, y cerró la puerta, riéndose en silencio. Al ceder el ardor para orinar se fue a dormir de nuevo.

El “Vampiro” se acostó, pero estaba con deseos de defecar y no iba por miedo a la oscuridad. Comenzó a dejar salir ruidos frecuentes, en tono ascendente, tal parecía que rompió la lona de la cama.

– ¡Cuidado!, dijo la señora Pavlova desde su cama. Y más ruidos se oían.

Te vas a deshacer hombre!… dijo ella.

Más ruidos hacía, parecía una trompeta de la regimental.

– ¡Te vas a hacer en la cama, te digo! ¡te levantas… o te levanto?

Debido a los temores a la oscuridad y sus prejuicios vampiro estaba esperando a que amaneciera para ir al sanitario. Pero era más intenso el retortijón y dejó ir un ruido desafinado más fuerte que los de don Edetenato Castidad, el señor sordo que dormía en el último cuartito con el perico.

A este señor lo habían recibido por recomendación de su hija Rosa de la Castidad que se fue para New York a trabajar, con la promesa que enviaría dinero por los gastos en comida y cobijo, pero solo eran recados y cartas enviadas a través de un homosexual llamado Manuel de la Cruz, que vendía mangos, ajos y atole de chilate en el mercado de San Miguelito.

Vestía pantalones floreados, blusa rosada y un enorme moño con una chonga morada.

– ¡Levántate Samuel que vas a untar la cama y la ropa! – gritó la señora Pavlova.

Don Francisco, su marido, por la bulla agarrando fuerzas y la toalla se puso las babuchas, se dirigió a bañarse.

Al oír eso el vampiro se levantó y alcanzó a llegar a la orilla del corredor, se colocó de cuclillas para hacer de las suyas. Salió don Francisco que era muy alto, y un poco cegaton, con la barba canosa de tres días. Cuando “Vampiro” lo vio enorme, con la toalla y en calzoncillos, comenzó a correr para llegar al sanitario, tropezó en la grada muy cerca de la pila para lavar la ropa; había un estrecho corredor de ladrillos ajedrezados muy lisos hacia el baño y por último al fondo el sanitario de lavar con agua, iba dejando un rastro de su propio perfume, de manera que se deslizó y cayó de espaldas, no le respondieron los muslos, salpicando paredes hasta el techo de tejas de barro.

Don Francisco dijo; ¡A la puta! casi vomitando. Con la cara colorada y una expresión de ver gusanos fritos.

Se escuchó después a la señora Pavlova gritando:

– ¡Más agua y jabón!

Si… Abuelita, murmuraba.

Se oía el chorro del agua cayendo a la pila y el ruido de las cubetadas con agua y la escoba que se frotaba ¡allá también…!

– Sí abuelita.

No sé cómo hizo este muchacho … pero hasta el techo tiene manchas, dijo don Francisco. Y se fue con un pañuelo casi corriendo.

Dale un par de Yodoclorinas!, una “ Mejoral”, y agua bendita, no vaya a ser…, dijo desde la calle.

-Te lo dije!… espetó la señora Pavlova, ¡imagínate comiendo pupusas y cosas de las fiestas de Agosto, yuca y panes con cerdo con mosca de la calle!… faltaba no más, decía mientras barría el agua hacia el resumidero de aguas lluvias.

Pasaron cinco días regando con lejía, creolina, cal y agua caliente.

La siguiente noche, aún “pasoso”, decidió dormir con pantalones, esta vez no hizo ruidos, pero amaneció hecho un becerro.

Le tocó que lavar en la calle la cama de lonas y los pantalones.

– ¡Estas anegado!, dijo la señora Pavlova. Samuel sacó la cama a la calle para lavarla en el instante en que volvieron los borrachitos “Viejos de Agosto”, bailando con la música de un tambor y una flauta de bambú.

Samuel “Vampiro” se puso a bailar con los borrachos hasta que comenzaron a desplazarse a otra esquina. La señora Pavlova lo metió a la casa agarrándolo de una oreja.

Esa mañana la señora Pavlova lo envió a dejar una encomienda a un familiar. En el camino compró dos paletas y desajustó lo de los pasajes, pero iba contento de caminar descalzo.

Cerca del hospital para niños pobres se le acercó una señora de buen vestir y bonita con olor a rosas, pero ansiosa, y le dijo:

– Joven… detenga por favor un taxi que voy de prisa para el aeropuerto…

La calle era de dos carriles de sentidos opuestos. “Vampiro” miró hacia atrás y detuvo al primer taxi que iba disponible. Al volverse hacia dónde estaba la señora, ella iba subiendo con una maleta de tela rosada a otro vehículo en rumbo contrario…

El taxista que se detuvo frente a “Vampiro”, le dijo:

– ¿Adonde lo llevo amigo?…

Lo que se le ocurrió primero fue preguntarle la hora.

– Hártate una papelada, Pendejo!

“Vampiro” siguió caminando, hizo el mandado y regresó a casa de la señora Pavlova y nos comentó los pormenores, además que un tío suyo, don Concho, le regaló unos zapatos usados de cuero volteado, “peluditos”, se reía por tener zapatos peludos.

Esa noche estuvo entretenido con su confidente, el futbolista “Fuhrer”, ambos haciendo competencia de comer chiles rojos muy picantes con frijoles y queso. Les quitaron las semillas con los dedos, una hora más tarde, a las ocho de la noche escuchamos que alguien se bañaba y, en vez de cantar, lloraba.

Nos acercamos y movimos la cortina, fue cuando lo vimos que fue a orinar untado de chiles sin lavarse las manos.

Tenía nueve días de fallecido don Francisco, eran los días de ventisca de noviembre. Los árboles de San Andrés muy floridos, inexplicablemente dejaron caer enormes cantidades de flores, más que otros años y cubrieron el techo de la casita, se metían debajo de la puerta, se introducían en las gavetas, ollas, peroles y taparon la alcantarilla, además sofocaban al perico, fue cuando la señora Pavlova lo guardó en la bolsa para las tortillas.

Entre más barrían las flores y hojas, más volvían a meterse. En ese momento se escuchó una canción a todo volumen en medio de las flores y la brisa, decía algo de un italiano enamorado de una joven en una casa de campo y un arco iris de duendes, cantaba Nicola di Bari.

La música era de una radio de un señor vecino, tuerto por mirar los eclipses, y algo sordo. En ese momento lo llamó la hermana, una señora muy mayor.

– ¡Joaquín, ya está la sopa de mondongos! y amarró a una perra café con manchas blancas cerca de un recipiente con sopa muy condimentada.

– Toma la sopa “Mortadela”, dijo a la perra y se fue a la cocina a cortar el pan. La perra solo la olfateo. El olor de la sopa se esparció con la brisa en medio de las flores y la música, nos dio más apetito y un poco de envidia por la perra.

La pobreza se sentía a tal punto de llegar a la miseria. La señora Pavlova recogió unos sobres de sopa, fideos, panes duros y unas monedas, alguna ropa y le recomendó a Samuel regresara a casa de sus padres debido a las circunstancias.

Pero era tanto el apego a la colonia San Anselmo, los amigos y la nostalgia de agarrarse a pedradas con un mozo de la fábrica de ladrillos, al que llamaban el “Gorila”, pues eso parecía; así que busco a su mejor aliado de apodo: “Camellito”.

Ambos se fueron. Todos pensamos que se había ido a su casa pues salió a las once de la mañana. Como a las siete de la noche apareció a la hora de comer. Dijo que se había ido a un campo en donde comerciaban marihuana y romances entre los bordos de tierra con matorrales y estaba ubicada en una cancha de fútbol, lavaron una lata vacía, pidieron agua, con las monedas compraron papas, tomates y tortillas de maíz, ahí pasaron tomándose las sopas y riéndose de la vagancia.

Entonces lo ubicaron en la última habitación con don Edetenato Castidad, comenzó a dormir con el perico, porque tenía miedo hasta de los ronquidos de don Edetenato.

Una madrugada, el perico se soltó y pasó volando sobre la cabeza de don Edetenato, siendo otro supersticioso y sordo, dijo que un fantasma se sentó en su cabeza y le hablo al oído diciéndole: “pareces un caballo de palo”; entonces se vistió de prisa, agarró una varilla de tres cuartos y un tanate con ropa, salió de la habitación con la voz temblorosa y a través de unas celosías que daban a la habitación de los muchachos, hablaba con voz deforme por el miedo, pedía una rodaja de limón para los nervios. Pero se escuchaba que decía: “una limosna señora Pavlova, una limosnaaa…”, con la voz cavernosa a las tres de la mañana.

Y no se sabía si hablaba desde la calle o de la barranca, no hubo manera ni nadie que le contestara pues él era el que parecía fantasma. “Vampiro”, en lo oscuro, buscó al perico y lo abrazó mucho por el miedo, tanto que cuando amaneció la pobre ave tenía un ojo hinchado y una pata doblada.

Cuando la señora Pavlova abrió la puerta hacia el corredor, salió Samuel “Vampiro” y don Edetenato corriendo y no se detuvieron hasta llegar uno a la colonia Luz y el viejo sordo (“Pedorrín) a casa de un hermano en Cuscatancingo.

Dejaron tirado al perico en los calcetines del “Caballo de palo”.

Las festividades navideñas llegaron con las canciones de John Denver, “Country Roads Take me Home”, “Adiós chico de mi barrio” y la música alegre y a la vez triste con el porro “El Año viejo” de Tony Camargo, “Aquellos diciembres” y “Campanitas”.

No hubo pavo, ni gallina esa Navidad; pero sí, unos panes con carne y refrescos de gaseosa que llevó un buen amigo muy humano. Además hubo luz de candil, pues cortaron la energía y el agua por falta de pago.

Del “Vampiro” solamente quedaron sus hazañas que parecen mentiras pero muy ciertas. Podemos decir con lujo de detalle que no se extravían ni un punto de lo que pasó en las últimas fiestas de Agosto, cuando “Vampiro” bailó descalzo al son de la regimental de la Primera Brigada de Artillería en la Alcaldía de San Anselmo.

Cuando iba al cine Balboa acompañado de otros once amigos y a él le tocó la butaca sin sentadero y se fue pasando hasta el suelo en donde pasaban las enormes ratas que se comían a los gatos.

La vez que fue al mercado y lo besó un homosexual llamado “Chunga”, que vendía comidas, a cambio de un fajo de billetes y, al salir a donde había luz, se encontró con un manojo de papel periódico.

Tantas son las historias que están en el tintero, aunque parecen mentira o inventos, como cuando el padre Manuel estaba rifando un cerdo, el número premiado lo tenía el “Vampiro” pero el padre al verlo con su cara de malvado sin confesión   decidió dejar desierta la rifa y le dio como regalo de consolación el lazo del cerdo, argumentando que estaba bendito y era bueno como cincho de los pantalones.

Y la vez que lo siguió la Policía por hurtar marañones japoneses en casa de un alemán, brincaba descalzo en las piedras calientes.

Fueron los días de felicidad en los años jóvenes con apodos, bandas regimentales ruidosas y las vacas junto a los zopilotes del rastro, los panes con frijoles fritos y las madrugadas viendo las estrellas con un mango maduro en las manos.

Sí, del “Vampiro” puede decirse mucho y siempre será poco. Cuentan que aún baila con un palo de carrizo como cachiporra y ha comprado discos de música de bandas regimentales de El Salvador soplando melodías en los cobres como en las fiestas patronales de Mejicanos cada Agosto, recordando las manzanas con caramelo y los panes con frijoles fritos, además la cuerda bendita que le dio el Padre Manuel Tercero en vez del cerdo negro y peludo de la rifa de diez centavos, y sus primeros zapatos de cuero volteado, los “peluditos”.

(Cualquier similitud o parecido es coincidencia) aunque algunas cosas pasen de esa manera ciertamente, en algún lugar.

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